UNA ACLARACIÓN MUY OPORTUNA

Ponemos en el conocimiento de nuestros amables lectores que todo el material que ofrecemos como posts en este blog ha sido extraído de la obra LOS FUNDAMENTOS DEL ESPIRITISMO, previa autorización de su autor nuestro distinguido amigo Prof. Jon Aizpurua.

No nos atreveríamos a divulgar este precioso e invaluable material doctrinario y de divulgación de la cultura espírita si no tuviésemos de antemano la autorización expresa de su autor, de lo contario incurriríamos en el plagio, actitud que nos despierta repugancia tan sólo con mencionar el término.

Hemos escogido esta obra, LOS FUNDAMENTOS DEL
ESPIRITISMO, porque estamos seguros que ella constituye la exposición más actualizada de los postulados doctrinarios expresados por el Codificador Allan Kardec, enmarcados en nuevo contexto paradigamático; el vigente en estos tiempos que corren.

En LOS FUNDAMENTOS DEL ESPIRITISMO el autor reinvidica el verdadero carácter de la Doctrina Espírita, como un sistema de pensamiento laico, racionalista, e iconoclasta, alejado de todo misticismo religioso, tal como fue codificada la Doctrina por el Maestro Allan Kardec en el siglo diecinueve.

Esta obra es eminentemente didáctica, porque está escrita en un estilo ágil y ameno, sin que por ello pierda consistencia en su brillante exposición de ideas, llegando a toda clase de público lector, desde el estudioso del Espiritismo hasta aquellas personas que se encuentran en la búsqueda de una filosofía racional que les ayude a pensar al mundo y a sí mismos.

René Dayre Abella
Nos adherimos a los postulados doctrinarios sustentados por la Confederación Espiritista Panamericana, que muestran a la Doctrina Espírita como un sistema de pensamiento filosófico laico, racionalista e iconoclasta. Alejado de todo misticismo religioso. Apoyamos la Carta de Puerto Rico, emanada del XIX Congreso de la CEPA en el pasado año 2008.

jueves, 26 de noviembre de 2015


                                                             SIDDARTA GAUTAMA

LA REENCARNACIÓN a través los tiempos
REENCARNACIÓN - LAS PRUEBAS
por  KADIA HAMADOU 
LE JOURNAL SPIRITE N° 102 octobre 2015


Desde la Prehistoria, encontramos la creencia en la migración de las almas. Desde la India ancestral hasta el cristianismo primitivo, los hombres creyeron que las almas eran eternas y que solamente los cuerpos eran perecederos. Viajemos a través del tiempo y recorramos juntos diferentes comarcas de culturas muy diversas y en las cuales, sin embargo, se encuentra esta misma creencia en la reencarnación.

EN LA INDIA SAGRADA
 La India es terreno abonado para la espiritualidad, el hinduismo es la confluencia de diferentes doctrinas espirituales: shivaísmo, jainismo, vedismo, brahmanismo, budismo, todas estas religiones y filosofías han coincidido en diferentes creencias y dogmas: la India carga la historia de todos estos hombres que han pisado su tierra en busca de certeza, como Siddarta Gautama. ¿Por qué sufrimos, y cómo no sufrir más? Fue a través de estos cuestionamientos y las respuestas que encontró, que el rey Siddarta se convirtió en el Buda, el que despertó. La India es para
muchos una tierra de despertar que, desde la antigüedad hasta nuestros días, ha inspirado a diferentes civilizaciones europeas. Actualmente, podemos observar una influencia de Asia en la noción de karma, a través de las preguntas que el público nos hace en las conferencias sobre reencarnación. Si remontamos el tiempo, encontramos los primeros rastros de reencarnación en los antiguos textos religiosos indios, llamados Vedas. Estos conjuntos de textos, transmitidos al principio oralmente, hacia el siglo XV a.C. por sabios védicos considerados videntes, fueron reunidos por escrito a partir del siglo V a.C. En este libro religioso pueden encontrarse pasajes como este: “Así como un hombre desecha los trajes usados para vestirse con nuevos, el ser encarnado abandona los cuerpos usados para entrar en nuevas formas”. De esa manera, según la doctrina védica, las almas son inmortales y cuando “…han alcanzado la perfección suprema, no entran más en esta vida perecedera, morada de los males”. El hombre es pues sometido a un ciclo de reencarnaciones, samsara en sánscrito, donde experimentará el sufrimiento debido a su ignorancia, o más bien a lo que se llamaría su karma antes de alcanzar una liberación final, conocida por la palabra “moksha” o “nirvana”. Encontramos estas creencias tanto en los hinduistas como en los budistas, pero Asia no es la única tierra donde la reencarnación se había convertido en una evidencia. No las mezclemos con las de los celtas, que creían igualmente que las almas regresaban a la Tierra para cumplir lo que no había sido realizado durante la vida anterior.

EN EL MUNDO CELTA
Tanto entre los indios como entre los celtas existe un ciclo correspondiente a la reencarnación. La rueda kármica de las vidas sucesivas es mencionada en el primer pueblo mientras que en el segundo, se admiten tres círculos que corresponden cada uno a tres mundos diferentes: el de Keugant: el infinito, Dios, el de Abred: la muerte, las almas que regresan de la muerte, la reencarnación, y el último el de Gwenwed: la felicidad, donde el hombre encontrará su memoria integral, la de todas sus encarnaciones. El pueblo celta vivía en armonía con la naturaleza. Los druidas, guardianes y transmisores del saber, jugaban un papel preponderante en la sociedad celta. Sabios y adivinos, también intervenían mucho en la educación y la justicia, así como en la organización litúrgica. César, como otros de sus contemporáneos, quedó impresionado por la organización de la sociedad celta, pero también por el ánimo del que daban muestras los guerreros galos ante la muerte. Por cierto, escribió en su Comentario sobre la guerra de las Galias: “De lo que ellos (los druidas) tratan sobre todo de persuadir, es de que las almas no perecen, sino que después de la muerte pasan de un cuerpo a otro: eso les parece particularmente apropiado para estimular el coraje, suprimiendo el temor a la muerte”. El poeta Lucano escribió en una de sus recopilaciones, en 49 a.C., a propósito de las creencias celtas: “El mismo espíritu anima un cuerpo en otro mundo y, si sus enseñanzas son exactas, la muerte es el medio de una larga vida, y no el fin”. Los celtas tenían igualmente sus propios poetas, los bardos, que sabían también acompañar la poesía con melodía. En un poema titulado Estancias de Alruna, la reencarnación es cantada en prosa y en verso como una verdad universal: “En el universo en movimiento, todo es sólo repetición. Almas de vuestros antepasados, nosotros regresaremos para vivir”. A miles de kilómetros de allí, en otras civilizaciones que tienen una historia y tradiciones totalmente diferentes, se pensaba igualmente que los antepasados reencarnaban.

EN LA TRADICIÓN AFRICANA
Antes de la llegada del cristianismo en el siglo I y del islam en el siglo VIII, el África negra era en su mayoría animista, cada clan tenía sus costumbres. La expansión del cristianismo y del islam, así como el colonialismo, contribuyeron a caracterizar como
brujería todos los cultos religiosos africanos anteriores. Durante siglos, en el África negra perduraron las tradiciones orales. De generación en generación, se transmitía todo el bagaje histórico de una familia, los griots eran los conservadores de esa memoria. Contaban sus epopeyas y, al igual que los trovadores y juglares, sabían añadir un sentido poético y legendario. En toda África podíamos observar que los antepasados eran honrados y celebrados. En numerosas etnias del África negra, como los Mossi, los Bambara y los Dogones, encontramos la creencia en la reencarnación; para ellos, era evidente que un difunto reencarnaba en su propia familia. En algunas de estas poblaciones, el recién nacido era examinado por los ancianos, para encontrar en sus rasgos o en marcas cutáneas, señales de su vida anterior. Se consultaba también a un adivino para que este último revelara la identidad de aquel que había regresado. Según los Dogones, la mujer y el hombre reencarnaban en el mismo clan durante cinco generaciones: el que había vivido todas sus encarnaciones se convertía en antepasado, un espíritu que podía venir siempre a traer ayuda a sus descendientes como una suerte de guía, o a castigar a aquellos de su familia que cometían faltas. Entre los pueblos del Sahel como los Dogones, cada clan era representado por un tótem, es decir un animal, una planta, un mineral o bien un objeto artesanal que lo simboliza. Los Dogones pensaban que antes de reencarnar, un alma se refugiaba en su tótem. La representación del hombre en un animal o una planta sería la simbología de un estado inicial en su evolución hacia la metamorfosis. Las creencias africanas son tan vastas como diversos son estos pueblos. Del Sahel a las tierras del Nilo, descubrimos muchas diferencias, pero perdura un punto común: la creencia en el renacimiento del alma.

DEL ANTIGUO EGIPTO A LA GRECIA ANTIGUA
 La muerte parece tener un lugar central en los cultos del antiguo Egipto. Nadie podía escapar a ella, ni siquiera un Dios como Osiris que fue asesinado por su hermano Seth. Luego de este contratiempo, Osiris se convirtió en el Dios de la muerte y el renacimiento; así, dio esperanza a los hombres porque él había vencido a la muerte. El Libro de los Muertos egipcio hace referencia a la reencarnación, su título original es Salida al día, evocando así el camino que lleva de las tinieblas a la luz. Los muertos son momificados y El Libro de los Muertos les hace las veces de guía en su tumba.
Efectivamente, los diferentes hechizos de este antiguo libro de magia les permitirían acceder a la inmortalidad. En los jeroglíficos, la reencarnación está representada por la palabra Kheper, que significa escarabajo, es decir entre los egipcios de la antigüedad: “Convertirse, hacerse, formar o construir de nuevo”. Los egipcios creían en las vidas sucesivas, pensaban que se podía regresar a la Tierra para reparar nuestros errores, pero, si durante el juicio a nuestra alma, nuestro corazón se mostraba tan ligero como una pluma, podíamos continuar nuestras encarnaciones en el cielo. El historiador griego Heródoto afirmaba que la creencia en las vidas sucesivas había pasado de Egipto a Grecia. Los primeros rastros de esta creencia se encuentran en el siglo VI a.C., en una corriente religiosa llamada orfismo. Según los adeptos al orfismo, el alma reencarna indefinidamente en un cuerpo y la muerte es un período de descanso antes del viaje a la materia. Antes de reencarnar, el alma es juzgada en el Hades. El camino que será elegido por los jueces dependerá de la encarnación anterior; después de la elección de un nuevo destino, el alma bebe el agua del Leteo para olvidar su encarnación precedente. A través de los filósofos, la reencarnación se ha convertido en un asunto de reflexión y ya no es solamente una creencia, sino un saber que sigue el hilo lógico de la reflexión. Según Sócrates, el conocimiento que parece innato resulta de un aprendizaje que ya ha tenido lugar. Desde los filósofos de la antigüedad griega hasta el profeta Jesús, perdura esta creencia en un alma eterna que renace para alcanzar un objetivo de orden espiritual
.
DEL CRISTIANISMO PRIMITIVO AL ESPIRITISMO 
Desde hace mil quinientos años, la Iglesia rechaza la creencia en la reencarnación mientras que Jesús había crecido en una civilización donde era admitida. En efecto, en la corriente de los esenios de la que formaba parte Juan el Bautista, así como entre los fariseos, era enseñada la creencia en las vidas sucesivas. Jesús mismo, en sus palabras afirmaba esta creencia. Una noche, durante un intercambio con un fariseo de nombre Nicodemo, le aseguraba: “En verdad, en verdad, te digo, ninguno puede ver el reino de Dios si no nace de nuevo”. En el Antiguo Testamento, El Libro de Malaquías hace referencia al retorno del profeta Elías: “He aquí que os enviaré a Elías, el profeta, antes de que llegue el día del eterno, ese día grande y temible”. En el Evangelio según Mateo, dice Jesús, haciendo referencia a esta profecía: “Es cierto que Elías debe venir, y restablecer todas las cosas. Pero yo os digo que Elías ha venido ya, que no lo han reconocido, y que lo han tratado como han querido”. Algunos siglos después de la muerte de Jesús, la reencarnación aún era admitida entre muchos grandes religiosos cristianos, especialmente entre los Padres de la Iglesia como Orígenes que enseñaba la pluralidad de las existencias, pero igualmente san Jerónimo, doctor de la Iglesia, considerado como uno de los cuatro Padres de la Iglesia latina. Fue mucho más tarde que la reencarnación fue tildada de anatema por la Iglesia, en 553 durante el segundo concilio de Constantinopla convocado por el emperador Justiniano. Más de mil años más tarde, ese concilio perjudicó a uno de sus propios hermanos, el 17 de febrero 1600: Giordano Bruno fue quemado vivo por haber tratado de exponer a la luz de la ciencia lo que la Iglesia ha querido borrar de la historia. Como Giordano Bruno, Allan Kardec quiso dar testimonio de la veracidad de la reencarnación a través de los hechos. Los testimonios de los Espíritus venidos a manifestarse le confirmaron lo que a lo largo de los siglos ya los hombres admitían. La comunicación espírita ha permitido obtener respuestas coherentes y lógicas que explican la reencarnación por las relaciones de causa a efecto, interviniendo en una ley universal de evolución. Entre los pioneros del espiritismo, encontramos científicos como Gabriel Delanne y Albert de Rochas que han demostrado, a través de
hechos coherentes y contundentes, no sólo la supervivencia del alma sino también su retorno a la materia para evolucionar y progresar sin cesar.
A pesar de los siglos transcurridos desde la antigüedad india hasta nuestros días, la creencia en las vidas sucesivas perdura en más de mil millones de seres humanos. Es evidente que si esta creencia fuera del orden de la superstición, hubiera sucumbido al tiempo como muchas creencias irracionales. Después de las investigaciones de numerosos científicos espíritas hasta los años 30, un solo científico dedicó luego sus trabajos a esta idea, en la persona del doctor Ian Stevenson. A pesar de esta desoladora comprobación, sabemos que no hará falta otro siglo antes de que otros científicos se interesen en serio por esta ley, que ha demostrado a través el tiempo su carácter universal.

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