UNA ACLARACIÓN MUY OPORTUNA

Ponemos en el conocimiento de nuestros amables lectores que todo el material que ofrecemos como posts en este blog ha sido extraído de la obra LOS FUNDAMENTOS DEL ESPIRITISMO, previa autorización de su autor nuestro distinguido amigo Prof. Jon Aizpurua.

No nos atreveríamos a divulgar este precioso e invaluable material doctrinario y de divulgación de la cultura espírita si no tuviésemos de antemano la autorización expresa de su autor, de lo contario incurriríamos en el plagio, actitud que nos despierta repugancia tan sólo con mencionar el término.

Hemos escogido esta obra, LOS FUNDAMENTOS DEL
ESPIRITISMO, porque estamos seguros que ella constituye la exposición más actualizada de los postulados doctrinarios expresados por el Codificador Allan Kardec, enmarcados en nuevo contexto paradigamático; el vigente en estos tiempos que corren.

En LOS FUNDAMENTOS DEL ESPIRITISMO el autor reinvidica el verdadero carácter de la Doctrina Espírita, como un sistema de pensamiento laico, racionalista, e iconoclasta, alejado de todo misticismo religioso, tal como fue codificada la Doctrina por el Maestro Allan Kardec en el siglo diecinueve.

Esta obra es eminentemente didáctica, porque está escrita en un estilo ágil y ameno, sin que por ello pierda consistencia en su brillante exposición de ideas, llegando a toda clase de público lector, desde el estudioso del Espiritismo hasta aquellas personas que se encuentran en la búsqueda de una filosofía racional que les ayude a pensar al mundo y a sí mismos.

René Dayre Abella
Nos adherimos a los postulados doctrinarios sustentados por la Confederación Espiritista Panamericana, que muestran a la Doctrina Espírita como un sistema de pensamiento filosófico laico, racionalista e iconoclasta. Alejado de todo misticismo religioso. Apoyamos la Carta de Puerto Rico, emanada del XIX Congreso de la CEPA en el pasado año 2008.

sábado, 1 de noviembre de 2014






De una creación impulsada por
la divinidad, a una progresión
evolutiva hacia la divinidad,
para una comprensión absoluta
de la divinidad

“Amad toda la creación de Dios, en su conjunto, hasta el
mínimo polvo. Si amáis cada cosa, comprenderéis el misterio
de Dios en las cosas”. F. Dostoievski


El Libro de los Espíritus de Allan Kardec plantea los
principios esenciales del espiritismo sobre la base de
preguntas y respuestas intercambiadas con los espíritus en
sesiones espíritas y agrupados en un conjunto coherente
y estructurado para convertirse en lo que se llamó la
“doctrina espírita”. El pilar fundamental del espiritismo es la
existencia de una fuerza suprema y creadora, todopoderosa
y omnipresente, y origen de todas las cosas: Dios.
La noción de Dios
Antes de desarrollar la noción de un ciclo divino,
detengámonos un poco en esta fuerza suprema. A falta de
un chisme de mostrador al estilo de “¡Dios es el tipo más
célebre del mundo y sin embargo nadie lo ha visto nunca!”,
antes de preguntarse “quién es Dios”, sería necesario
interrogarse sobre “qué es Dios”. Como principio primero del
espiritismo, que por lo demás supera a todos los otros, y del
cual derivan estos últimos, esta idea de Dios lógicamente es
abordada desde la primera pregunta de la obra emblemática
de Allan Kardec (Libro Primero - Las Causas Primeras,
Capítulo Primero - Dios): Pregunta 1: “¿Qué es Dios?” –
Respuesta: “Dios es la inteligencia suprema, causa primera
de todas las cosas”. Un criterio de infinidad es atribuido
entonces a Dios: Pregunta: “¿Podría decirse que Dios es el
infinito?” – Respuesta: “Definición incompleta. Pobreza de
la lengua de los hombres que es insuficiente para definir
las cosas que están por encima de su inteligencia”. Muy
pronto, se ha planteado de entrada una limitación en la
incapacidad de nuestro lenguaje, nuestra inteligencia,
nuestra reflexión, o nuestro razonamiento, para aprehender
de manera directa la noción de la divinidad. Sin embargo,
puesto que a nuestro nivel Dios es indefinible, sigue siendo
posible ejercer ese mismo razonamiento yendo a buscar el
sentido de la divinidad en los “síntomas” de la divinidad, a
saber la armonía del universo, de las cosas y de la vida. De
allí, surge el postulado esencial del proceso de Allan Kardec:
“Todo efecto tiene una causa. Todo efecto inteligente tiene
una causa inteligente. El poder del efecto está en razón
del tamaño de la causa”. Se remonta entonces a la causa
original, es decir a Dios, por la observación de sus efectos.
Así prosiguen las primeras líneas de El Libro de los Espíritus:
Pregunta: “¿Dónde puede encontrarse la prueba de la
existencia de Dios?” – Respuesta: “En un axioma que aplicáis
a vuestras ciencias: no hay efecto sin causa. Buscad la causa
de todo lo que no es obra del hombre, y vuestra razón os
responderá”. Como lo recomiendan los espíritus, para llegar
a Dios, basta pues con volver los ojos hacia las obras de la
creación divina. El universo existe, tiene pues una causa.
Dudar de la existencia de Dios, sería negar que todo efecto
tiene una causa, y plantear que “nada” ha podido hacer
“algo”. Otra pregunta, otra respuesta: Pregunta: “¿Qué
consecuencia puede extraerse del sentimiento intuitivo
que todos los hombres llevan en sí mismos de la existencia
de Dios?” – Respuesta: “Que Dios existe, pues, ¿de dónde le
vendría este sentimiento si no descansara en algo? Esto es
también una consecuencia del principio de que no hay efecto
sin causa”. La demostración lleva entonces a considerar que
todo lo que existe no puede ser fruto del azar, sino que
necesariamente tiene una causa primera. Realmente hay
una voluntad inteligente en la organización armoniosa y
estable de las cosas, desde lo infinitamente pequeño hasta
lo infinitamente grande. Con gran frecuencia, al cometer
el error de atribuir la formación primera de las cosas a las
propiedades íntimas de la materia, tomamos el efecto por la
causa, mientras que esas propiedades son ellas mismas un
efecto que debe tener una causa. Y atribuir esa formación
primera a algo fortuito y aleatorio, a la imagen del azar y la
necesidad, se convierte entonces en un contrasentido: ¡un
azar inteligente ya no es azar!
Los atributos de la divinidad
A partir de allí, Allan Kardec definió por deducción lógica y
razonando por lo absurdo todo un conjunto de atributos que
caracterizan la noción de Dios, cualidades necesarias que hay
que relacionar con el hecho de sus obras:
“Dios es ‘eterno’: si hubiera tenido un comienzo, habría salido
de la nada, o bien habría sido creado por un ser anterior.
Es así como de pariente en pariente nos remontamos al
infinito y a la eternidad.
Dios es ‘inmutable’: si él estuviera sujeto a cambios, las
leyes que rigen el universo no tendrían ninguna estabilidad.
Dios es ‘inmaterial’: es decir que su naturaleza difiere de
todo lo que llamamos materia, de otra manera no sería
inmutable, pues estaría sujeto a las transformaciones de
la materia.
Dios es ‘único’: si hubiera varios Dioses, no habría unidad
de puntos de vista, ni unidad de poder en la ordenación del
universo.
Dios es ‘todopoderoso’: porque es único. Si no tuviera el poder
soberano, habría algo más poderoso o tan poderoso como él.
No habría hecho todas las cosas, y las que no hubiera hecho
él serían obra de otro Dios.

Dios es ‘soberanamente justo y bueno’: la sabiduría
providencial de las leyes divinas se revela tanto en las cosas
más pequeñas como en las más grandes, y esa sabiduría no
permite dudar ni de su justicia, ni de su bondad”.
Todo regresa y se remonta así a una causa primera, a la
fuente, es decir a Dios, definiendo de hecho un principio de
creación como característica esencial y visible de esa fuerza
divina en acción. Se habla entonces de paternidad divina en
las cosas creadas, de lo inerte a lo viviente, de lo material a lo
inmaterial, del mineral al espíritu, pasando por todas las leyes
llamadas naturales que rigen los movimientos de la vida y de
la materia bajo toda naturaleza y bajo cualquier forma que
sea. Detrás de cada cosa, hay pues un gran arquitecto como
lo sugiriera P. Teilhard de Chardin: “En cada partícula, en cada
átomo, en cada molécula, de las células de materia, viven
escondidas y obrando a espaldas de todos, la omnisciencia
del eterno y la omnipotencia del infinito”. Todo lo que revela
vida contiene un ápice de Dios, con la consecuencia del
sentimiento intuitivo de la existencia de Dios que todos
los hombres llevan en sí mismos, cualesquiera que sean las
culturas y las civilizaciones.
La creación divina: espíritu y materia
Dios se manifiesta pues, de manera permanente en todo el
universo a través de su creación que no tiene comienzo, ni
fin, ni límite finito. Esta creación concierne a dos elementos
generales esenciales del universo: el espíritu y la materia.
Ambos llevan en sí un carácter de unicidad y de eternidad,
resultado de un proceso espiritual nacido directamente de
Dios. Ambos siguen siendo consecuencia de una acción de
pensamiento, conducida y dirigida, de manera inmutable
y universal, fuera de todo azar y de todo accidente. Este
impulso creador emana de ese proceso divino y toma su
fuente de un deseo amoroso donde se transmite la idea,
la imagen, el pensamiento que se condensa para crear los
mundos, las cosas, las formas… Hay, pues, un punto de
partida, un comienzo en toda la creación de Dios, pero el
origen de cómo y cuándo fueron hechos el elemento espíritu
y el elemento materia, sigue siendo un misterio: en efecto,
la época y la forma de esa formación son desconocidos
sólo responde al principio de una voluntad divina. Por una
parte la materia es el resultado de un aglomerado atómico
engendrado por fuerzas gravitacionales cuya fuente es
espiritual. Ya sea mineral, vegetal u orgánica, ya sea inerte o
viva, esa materia responde a un principio atómico unitario
nacido de lo que la fuerza creadora ha querido que fuera.
No hay en la materia más que construcción elaborada
de un pensamiento inteligente. Cada elemento de base
está atravesado por la energía del pensamiento divino: en
cada partícula, de la molécula al átomo, del átomo a las
subdivisiones de la física cuántica, se revela una presencia
energética de naturaleza espiritual.
Por otra parte, en cuanto al espíritu, éste es definido en
El Libro de los Espíritus como el principio inteligente del
universo, pues la inteligencia, el pensamiento, es un atributo
esencial del espíritu. El individuo, que al principio no existe
como tal, también nació de un pensamiento divino, se
convirtió en un átomo espiritual para devenir finalmente
en espíritu. Se dice que Dios crea sin cesar espíritus de toda
naturaleza. En ese instante, cada espíritu es —se verá—
creado simple e ignorante como un material bruto que está
por definir, por definirse, pero que lleva en sí el carácter
de la individualidad. En la armonía infinita que caracteriza
la creación divina, esa misma armonía exige entonces
diferencias, a partir de las cuales sabrán encontrarse
diferentes formas, diferentes razones de ser, diferentes
naturalezas espirituales. Así pues, como consecuencia
los diferentes reinos han sido pensados y creados en la
fuente de Dios, que ha querido esas distinciones paralelas
sobre las cuales se establece esa misma armonía. Además,
aunque es incesante una correlación entre los dos, se pone
en evidencia una diferencia entre el mundo espírita (de
los espíritus) y el mundo material: el mundo espírita es
lo principal en el orden de las cosas, es el que preexiste y
sobrevive a todo.
Nota: La creación divina permite entonces distinguir
tres tipos de clases. Ya los seres inanimados formados de
materia sola, sin vitalidad ni inteligencia, son los cuerpos
brutos, la materia inerte. Luego los seres animados no
pensantes, formados de materia y dotados de vitalidad,
pero desprovistos de inteligencia, se incorporan aquí el
vegetal, el unicelular, incluso el mundo de los insectos. Y
finalmente los seres animados pensantes, formados de
materia, dotados de vitalidad y que tienen además un
principio inteligente que les da la facultad de pensar, son los
animales y los seres humanos o extraterrestres. Cuando en
este artículo hablamos de espíritu, como entidad pensante
y activa, es entonces exclusivamente en referencia a esta
última clase que se hace alusión por defecto, considerando
en particular los seres humanos que somos. La distinción
entre los animales y los seres humanos se hace entonces a
nivel de la inteligencia que los anima, que en los animales
está principalmente en forma de instinto: el instinto es
una inteligencia rudimentaria que difiere de la inteligencia
propiamente dicha en que sus manifestaciones son casi
siempre espontáneas, mientras que las de la inteligencia son
resultado de una combinación y de un acto deliberado que se
llama razón. El instinto varía entonces en sus manifestaciones
según las especies y sus necesidades. En los seres que tienen
conciencia y percepción de las cosas exteriores, se une a la
inteligencia, es decir a la voluntad y a la libertad.
El fluido universal,
vínculo entre espíritu y materia
En este estadio, aparece un tercer elemento fundamental
para la continuación de las cosas, el fluido. En efecto, el
espíritu no puede permanecer en el espacio solo, simple
e ignorante, y tiene necesidad de vincularse a la materia
bajo la forma de la encarnación. Para ello, es preciso un
intermediario entre el espíritu y la materia, ese intermediario
es llamado fluido universal. El espíritu va entonces a
penetrarlo para dar nacimiento a la materia periespiritual,
herramienta indispensable de la encarnación. Si no hay un
comienzo para la fuerza del amor, hay un comienzo a la
vida del espíritu, que entonces despierta gradualmente y
poco a poco toma su forma. Extrae entonces del fluido de la
vida su forma futura, que se hará puntual en las secuencias
de su encarnación. Así es la construcción de la periferia
del espíritu, es decir del periespíritu. El principio vital
toma pues su fuente del fluido universal. Éste es el mismo
para todos los seres orgánicos, pero modificado según las
especies; es además lo que les da movimiento y actividad,
y les distingue de la materia inerte, pues el movimiento
de la materia no es en sí mismo la vida: ella recibe ese
movimiento, no lo da. Allí hay aún un error fundamental de
la ciencia en la comprensión del misterio de la vida a través
de las investigaciones en biología, por ejemplo, donde una
vez más se confunde el efecto con la causa. Y esa ciencia
se estrella, todavía hoy, en cuanto a la explicación de lo
viviente… Por otra parte, ¿cómo podría hacerlo de otra
manera dentro de una visión esencialmente materialista
y mecanicista?
¿Qué nos explica El Libro de los Espíritus sobre este fluido
vital? Pregunta: ¿Habría así dos elementos generales del
universo: la materia y el espíritu?” – Respuesta: “Sí, y por
encima de todo eso Dios, el creador, el padre de todas
las cosas. Esas tres cosas son el principio de todo lo que
existe, la trinidad universal. Pero, al elemento material, hay
que añadir el fluido universal que desempeña el papel de
intermediario entre el espíritu y la materia propiamente
dicha, demasiado grosera para que el espíritu pueda tener
acción sobre ella. Aunque, desde cierto punto de vista, se
le pueda ubicar dentro del elemento material, se distingue
por sus propiedades especiales. Si realmente fuera
materia, no habría razón para que el espíritu no lo fuera
también. Está colocado entre el espíritu y la materia. Es
fluido, así como la materia es materia, susceptible, por sus
innumerables combinaciones con ella y bajo la acción del
espíritu, de producir una infinita variedad de cosas de las
que sólo conocéis una pequeña parte. Siendo este fluido
universal, o primitivo, o elemental, el agente que emplea el
espíritu, es el principio sin el cual la materia permanecería
en permanente estado de división y no adquiriría nunca
las propiedades que le da el peso”. Y como escribe Allan
Kardec más adelante: “La vida es un efecto producido por
la acción de un agente sobre la materia. Ese agente, sin la
materia, no es la vida, así como la materia no puede vivir
sin ese agente. Da la vida a todos los seres que lo absorben
y se le asimilan”. A partir de allí, y en particular para los
seres orgánicos, se pone en movimiento el principio de
la vida bajo todas sus formas y diferencias, tal como la
naturaleza nos la puede presentar ya en nuestro planeta.
Y si espíritu y materia parecen tan distintos, hace falta
la unión del espíritu y la materia por el fluido vital para
“hacer inteligente” a la materia y que esta vida, estas vidas,
adquieran entonces el sentido de la evolución. Ese instinto
de evolución, programado por la fuerza divina, impulsará
entonces al espíritu a descender hacia las vibraciones de la
materia. Esa individualidad, marcada con el sello de Dios,
se formará lenta y progresivamente, en el transcurso de las
sucesivas encarnaciones en la materia.
Nota: Como se definió anteriormente, para los seres
vivos no pensantes, como los insectos o los vegetales, el
principio de vida reposa también en esa misma noción de
fluido vital que anima una porción de materia, aunque la
noción de espíritu no se aplique a su situación por estar
ellos efectivamente desprovistos de inteligencia. Se habla
entonces de una manifestación psíquica primaria dentro
de un mecanismo calificado de semi-consciente, sin hablar
por ello de individualidad espiritual. Ese dinamo-psiquismo,
término creado por el Dr. G. Geley en 1914, es atravesado
entonces por la fuerza programadora de la divinidad para
crear formas de vida convenientes en el seno de esos reinos.

Una necesidad evolutiva a través de la vida
Gracias al fluido universal, el espíritu emprenderá entonces,
a través de múltiples encarnaciones, un proceso evolutivo
que lleva en sí los atributos de la vida. De hecho, esta
evolución responde a la permanente llamada de la fuerza
paternal que, por su carácter atractivo, incita a toda la
creación impulsada a unirse a Dios. Así, los reinos avanzan
juntos en paralelo y prolongan su evolución en el mismo
sentido, el de la perfección divina en un punto omega donde
todas las naturalezas habrán de reunirse, cualesquiera
sean sus formas y modos de evolución. He aquí cómo
podríamos tratar de resumir, dentro de los límites de
nuestro lenguaje y de nuestra comprensión, la necesidad
de esta evolución global hacia Dios a partir de un impulso
creador que prosigue por un principio vital. La vida lleva
pues en sí la noción de construcción, de metamorfosis, de
trascendencia. Es para el espíritu el punto de partida de
una evolución de carácter reencarnacionista, donde de vida
en vida dentro del aprendizaje de lo bello, del bien, de la
verdad, de lo bueno, y con cierta libertad, sabrá unirse a esa
paternidad divina que lo ha creado.
Y un día, más allá de lo carnal, más allá de la vibración
periespiritual y material, el espíritu conocerá poco a poco
en su nueva grandeza el estado de no materia, pues ese
sigue siendo finalmente su origen, aun cuando la evolución
que le atrae hacia Dios le haya impuesto el contacto, la
unión, a la materia. Entonces la reencarnación ya no tendrá
razón de ser, pues se habrá unido a Dios por haberlo
comprendido. Entonces, de manera perpetua e infinita,
cuando los espíritus hayan alcanzado la pureza superior y
hayan trascendido la materia, vendrán otros a eclosionar
en el espacio, impulsados por el mismo soplo inmutable
de Dios para conocer el mismo camino. Así, reunidos en
la comprensión suprema de Dios, en el conocimiento
absoluto, participarán en la creación universal en un acto
de amor infinito. Lejos de un estado de beatitud, ellos
aportarán sus impulsos creadores, proyectando a su vez sus
pensamientos, sus imágenes, sus colores, sus formas y sus
materiales, participando en el equilibrio universal. De esta
proyección del pensamiento extraordinario nacido de la
pureza de los espíritus, nacerán entonces mundos nuevos.
Así se cierra el círculo, y así prosigue y se perpetúa el ciclo
infinito de la vida, el ciclo de Dios.
Progreso de los espíritus
en diferentes grados de avance
En espera de ese estado supremo como fin último de las
encarnaciones sucesivas, la evolución aparece como un
desarrollo lento, muy lento, a menudo difícil y laborioso. El
camino hacia la conciencia divina es largo y sembrado de
numerosas trampas. A semejanza de nuestra vida terrenal,
con frecuencia se nos plantea esta legítima pregunta del
porqué de ese camino tan complicado y doloroso en la
materia. La respuesta sigue siendo un misterio, aun para los
espíritas, pero el hecho es que el sentido de la encarnación
deseada por Dios impone la exigencia de la materialidad
para comprender el amor, para vivir la armonía. Nosotros,
como espíritus hijos de Dios, debemos vivir los unos con
los otros, en contacto unos con otros, sabiendo también
distinguir unos de otros, para aprender a comprenderse y a
amarse. Por ser creados simples e ignorantes, no somos al
parecer lo suficientemente evolucionados en conocimiento
y moralidad para poder vivir en serenidad, en amor y
armonía, en el mundo invisible. Y como el libre albedrío es
el motor esencial de la evolución, nuestro espíritu realiza el
aprendizaje del bien, pero también del mal, ya sea víctima
o verdugo. Y en la falta de evolución, en la parte más baja
de la escala, es sobre todo el mal lo que desdichadamente
se expresa, como si éste pareciera “más fácil” que el bien.
Precisemos seguidamente que no se trata de ninguna
justificación del mal, sino más bien la simple aplicación de
la relación de causa a efecto debida a la inferioridad que
caracteriza este estado. De allí los sufrimientos, desdichas,
dificultades, desigualdades, injusticias… por añadidura con
la panoplia de los principales defectos del espíritu humano:
orgullo, egoísmo, falta de respeto, dominio, individualismo,
necedad, intolerancia, celos, ambición, codicia… En efecto,
aquí estamos, ¡en terreno bien conocido en la Tierra!
Entonces los espíritus no parecen todos iguales, por ser
diferentes según el grado de avance al cual han llegado de
manera individual. A semejanza de numerosos espíritus,
esos grados de avance son ilimitados porque no es
posible trazar líneas claras de demarcación, en la medida
en que la evolución se hace de manera muy progresiva
y lineal. Sin embargo, considerando las características
generales, pueden reducirse a tres categorías principales,
tal y como las presentó Allan Kardec: “En el primer rango
pueden colocarse los que han llegado a la perfección:
los espíritus puros. Los del segundo orden han llegado al
medio de la escala: el deseo del bien es su preocupación.
Los del último grado están todavía al pie de la escala: los
espíritus imperfectos. Se caracterizan por la ignorancia,
el deseo del mal y todas las malas pasiones que retardan
su avance”. Para pormenorizar un poco, los espíritus de la
última categoría se caracterizan por el predominio de la
materia sobre el espíritu y una propensión global al mal. La
ignorancia, el orgullo, el egoísmo son defectos extendidos.
Muchos ya no son esencialmente malos: en muchos de ellos
hay mucho más de ligereza, inconsecuencia y malicia que
de verdadera maldad. Unos no hacen ni bien ni mal y otros,
por el contrario, se complacen en el mal. Muchos tienen
la intuición de Dios, pero no lo comprenden, y entonces
sus conocimientos sobre las cosas del mundo invisible
siguen siendo limitados. El Libro de los Espíritus propuso en
su época cinco clases principales por orden más o menos
creciente: espíritus impuros, espíritus ligeros, espíritus
falsos sabios, espíritus neutros, y espíritus golpeadores y
perturbadores. En esta categoría, se encuentran los que
más comúnmente llamamos hoy en día espíritus malos,
espíritus que sufren y espíritus en turbación. Se inscribe
también todo un conjunto de espíritus conscientes que
ya tienen algunas encarnaciones en su activo, pero que
no están lo suficientemente evolucionados como para ser
considerados de pleno derecho buenos espíritus. Debemos
estar tan cerca de ellos…
Los espíritus de la segunda categoría se caracterizan por el
predominio del espíritu sobre la materia y por el deseo del
bien: son los espíritus buenos. Sus cualidades y su poder para
hacer el bien están en razón del grado que han alcanzado:
unos tienen la ciencia, otros sabiduría y bondad, y los más
adelantados reúnen el saber y las cualidades morales.
Muchos ya comprenden a Dios y el infinito. Son felices
con el bien que hacen y el mal que impiden. El amor que
los une es para ellos fuente de una inefable felicidad que
no se altera ni por envidia, ni por remordimientos. Buenos
y bondadosos para con sus semejantes, no son movidos
por el orgullo, ni por el egoísmo, ni por la ambición, y no
experimentan ni odio, ni rencor, ni envidia, ni celos, y hacen
el bien por el bien mismo. Y siempre por orden creciente
en la sucesión de categorías de los espíritus imperfectos,
en El Libro de los Espíritus también fueron propuestos
cuatro grupos principales: espíritus benevolentes, espíritus
sabios, espíritus prudentes y espíritus superiores. En esta
categoría se encuentran, por ejemplo, todos los espíritus
buenos en sentido amplio, los espíritus guías y protectores,
así como los espíritus superiores ya cercanos a la pureza,
a semejanza de ciertos personajes conocidos de la
Historia venidos con un objetivo misionero para iluminar
a la humanidad. Los espíritus encarnados en la Tierra se
reparten así globalmente entre estas dos categorías,
espíritus buenos y espíritus llamados imperfectos, no
obstante con una mayoría evidente de estos últimos… En
cuanto al primer orden de los espíritus puros es una clase
única que reúne a todos los espíritus que han alcanzado
el grado supremo de la perfección. Por haber recorrido
todos los grados de la escala, alcanzado el punto omega
de la evolución y encontrado la fuerza causal, tienen una
superioridad intelectual y moral absoluta respecto a todos
los espíritus de las otras dos categorías. Y como hemos
visto más arriba, ya no están sometidos a los imperativos
de la reencarnación y tienen la vida eterna, participando
entonces en la creación en el seno de Dios.
“Trabajar más para progresar más”
Desde el impulso inicial, los espíritus no son por defecto
ni buenos ni malos: creados simples e ignorantes, son
vírgenes y neutros de toda inclinación, pero tienen la
libertad de manera intrínseca, la de hacer o no hacer, la de
seguir o no seguir, y la de progresar más o menos rápido
en función de las aptitudes, competencias, voluntades o
circunstancias. Esta noción de libre albedrío es un dato
importante en el cual siempre insisten mucho los espíritus
en las comunicaciones recibidas en sesión espírita. El libre
albedrío se desarrolla en la medida en que el espíritu
adquiere conciencia de sí mismo. Ya no habría libertad si la
elección fuera solicitada por una causa independiente de la
voluntad del espíritu. La causa del bien o del mal no está
en él, está fuera de él, en las influencias a las cuales cede
en virtud de su libre voluntad. Somos pues responsables
de nosotros mismos y de nuestro propio avance. Lo que
va a caracterizar el progreso se halla entonces a nivel de
la comprensión, de la reflexión, de la toma de conciencia,
del aprendizaje de conocimientos o de valores por el solo
hecho de una voluntad propia.
Se puede hacer así la analogía con una escuela donde
cada clase corresponde a una encarnación: se puede
progresar rápido trabajando, también se puede repetir,
no se retrocede, pero cada vez se aprende algo que nos
construye y nos da la capacidad de ser cada vez más
libres. Al final, se habrá adquirido y poco importará la
forma en que se adquirió, cada clase superior se beneficia
finalmente con las adquisiciones precedentes sobre la
base de nuestro solo trabajo y esfuerzo personal. Como
lo resume El Libro de los Espíritus: “La sabiduría de Dios
está en la libertad que deja a cada uno elegir, pues cada
uno tiene el mérito de sus obras”. “Trabajar más para
progresar más”, he aquí en suma un adagio moderno
completamente circunstancial, ¡aunque aquí tratemos de
hablar de inteligencia y de moralidad…! A nuestro nivel el
camino todavía es largo, las palabras y las explicaciones
no bastan para expresar los designios divinos que
siguen siendo para nosotros misterios muy difícilmente
aprehensibles. Se intenta aproximarse a un exhaustividad
de la divinidad que lógicamente sólo es posible una vez
alcanzado el objetivo último. Pero finalmente se trata de
principios y hechos contenidos completos en un célebre
aforismo admirablemente sintetizado por Allan Kardec y
que nuestra razón de terrícolas es capaz de comprender:
“Nacer, morir, volver a renacer y progresar sin cesar: ¡tal
es la ley!”. Pues así es el ciclo de Dios.
Publicado por RENE ABELLA


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