UNA ACLARACIÓN MUY OPORTUNA

Ponemos en el conocimiento de nuestros amables lectores que todo el material que ofrecemos como posts en este blog ha sido extraído de la obra LOS FUNDAMENTOS DEL ESPIRITISMO, previa autorización de su autor nuestro distinguido amigo Prof. Jon Aizpurua.

No nos atreveríamos a divulgar este precioso e invaluable material doctrinario y de divulgación de la cultura espírita si no tuviésemos de antemano la autorización expresa de su autor, de lo contario incurriríamos en el plagio, actitud que nos despierta repugancia tan sólo con mencionar el término.

Hemos escogido esta obra, LOS FUNDAMENTOS DEL
ESPIRITISMO, porque estamos seguros que ella constituye la exposición más actualizada de los postulados doctrinarios expresados por el Codificador Allan Kardec, enmarcados en nuevo contexto paradigamático; el vigente en estos tiempos que corren.

En LOS FUNDAMENTOS DEL ESPIRITISMO el autor reinvidica el verdadero carácter de la Doctrina Espírita, como un sistema de pensamiento laico, racionalista, e iconoclasta, alejado de todo misticismo religioso, tal como fue codificada la Doctrina por el Maestro Allan Kardec en el siglo diecinueve.

Esta obra es eminentemente didáctica, porque está escrita en un estilo ágil y ameno, sin que por ello pierda consistencia en su brillante exposición de ideas, llegando a toda clase de público lector, desde el estudioso del Espiritismo hasta aquellas personas que se encuentran en la búsqueda de una filosofía racional que les ayude a pensar al mundo y a sí mismos.

René Dayre Abella
Nos adherimos a los postulados doctrinarios sustentados por la Confederación Espiritista Panamericana, que muestran a la Doctrina Espírita como un sistema de pensamiento filosófico laico, racionalista e iconoclasta. Alejado de todo misticismo religioso. Apoyamos la Carta de Puerto Rico, emanada del XIX Congreso de la CEPA en el pasado año 2008.

domingo, 24 de noviembre de 2013


FENÓMENOS PSÍQUICOS Y MEDIÚMICOS ENTRE LOS GUANCHES, LA POBLACIÓN ABORIGEN DE LAS ISLAS CANARIAS

IslasCanarias mapa antiguo
Conocimiento de las Islas Canarias en la Antigüedad
Las Islas Canarias entraron definitivamente en la Historia en el siglo XV; sin embargo, el conocimiento de su existencia es mucho más antiguo. Las primeras referencias que las mencionan proceden de textos grecolatinos en los que, generalmente de forma imprecisa y velada, se habla de la existencia de ciertas islas en el Atlántico y de las Makaron-Nesoi, es decir, las “Islas Afortunadas”. Es Plinio el Viejo (Siglo I d. d. C), en su obra Naturalis Historia, quien hace mención concreta del Archipiélago Canario, refiriéndose al conocimiento que del mismo tuvo el rey Juba II de Mauritania. Antes, Heródoto menciona en sus obras una expedición de los egipcios, durante el reinado del faraón Neko o Nekao – en torno al año 610 a. d. C. -, que en su circunnavegación de Africa partiendo desde el Mar Rojo conoció, probablemente, las Canarias.
Petroglifos de barcos prehistóricos en El Cercado (Garafía, Isla de La Palma)Petroglifos con barcos prehistóricos en El Cercado (Garafía, Isla de La Palma)
Estas Islas, situadas en los confines occidentales del mundo conocido por las grandes civilizaciones que florecieron en torno al Mediterráneo y en el Próximo Oriente, en las que muchos pueblos situaban o localizaban los paraísos reservados para sus héroes dada la excelencia de su clima y otras condiciones naturales, sus tierras ideales e islas de los bienaventurados, islas descubiertas y vueltas a olvidar, siempre envueltas entre los velos del misterio y el mito, fueron identificadas por los griegos con los Campos Elíseos y el Jardín de las Hespérides. Fenicios, cartagineses y romanos las conocieron, posiblemente también los cretenses, y en un pasado más remoto aún, es más que probable que constituyeran paso intermedio prácticamente ineludible, dado el régimen de vientos y corrientes marinas del Atlántico, para las antiquísimas rutas de las navegaciones transatlánticas de la Edad del Cobre y del Bronce que partían desde el Mediterráneo, rutas hasta hace poco consideradas no sólo hipotéticas sino hasta improbables, pero que trabajos e investigaciones como las llevadas a cabo por el antropólogo, arqueólogo y explorador Thor Heyerdhal – uno de mis héroes de niñez y adolescencia, a quien tuve el placer de conocer personalmente y de ser su guía por la isla – y otros estudiosos del desarrollo de la más antigua minería (1), vienen demostrando en las últimas décadas.
También se ha querido ver en ellas parte de los últimos restos del mítico continente hundido de la Atlántida, al que Platón alude en sus obras Timeo y Critias, según los datos que los sacerdotes egipcios dieron a conocer al griego Solón.
Los antiguos canarios, un pueblo singular
En el año 1496 finalizó la conquista de la isla de Tenerife, con lo cual el Archipiélago Canario quedó completamente incorporado al reino de España, culminando un proceso que había comenzado noventa años antes de la mano del caballero normando Jean de Bethencourt, barón de San Martín de Gaillard, quien se puso al servicio de Enrique III, Rey de Castilla.
Pero a la llegada de los españoles las Islas Canarias no estaban deshabitadas. En ellas vivía desde tiempos indeterminados un pueblo al que poco después se empezó a conocer con el término genérico de guanches, aunque originalmente este nombre sólo identificaba a los primitivos habitantes de Tenerife (2).
Este pueblo sorprendente, enigmático por su origen, aunque de manera generalizada se admita actualmente, como hipótesis más probable, que procedían del Norte de África, supuestamente emparentados con los pueblos bereberes que desde el neolítico poblaban esas zonas, pueblos de raza blanca que habían llegado a esas tierras siguiendo las rutas de remotas migraciones, ha venido siendo considerado durante mucho tiempo como un ejemplo de sobrevivencia de la antiquísima raza de los cromañones, con los cuales coincidían por sus estructuras anatómicas y craneales, según revelaron los primeros estudios antropológicos de Rene Verneau (3).
Guanche5
En cuanto a su aspecto físico y características psicológicas, sorprendió a los conquistadores su altura corporal – claramente superior, por término medio, a la de sus conquistadores -, vigor, agilidad, inteligencia y adaptabilidad, como reconocieron desde el primer momento Bontier y Le Verrier, historiadores de la expedición de Bethencourt, con estas palabras:
“Id por todo el mundo y casi no hallaréis en ninguna parte personas más hermosas ni gente más gallarda que la de estas islas, tanto hombres como mujeres, además de ser de buen entendimiento si hubiese quien los cultivase”.
Guanche15Otro curioso hecho que ha suscitado en ciertos investigadores determinadas interrogantes sobre su origen, es el importante porcentaje de individuos de pelo rubio y pelirrojo que había entre ellos, según las crónicas, lo que puede comprobarse todavía hoy en los restos de cadáveres momificados que se conservan. Esto dio pie a que algunos autores planteasen la hipótesis de la arribada a las islas de pueblos procedentes del norte de Europa, vikingos concretamente. Sin embargo este hecho, así como otro notable descubrimiento realizado más recientemente, después de los estudios efectuados sobre los restos de las antiguas momias, como es la preponderancia extraordinaria entre los guanches del grupo sanguíneo “O” (+90%), se suele presentar también entre las actuales poblaciones bereberes que viven en el Alto Atlas.
El contacto con los conquistadores tuvo dramáticas consecuencias para el pueblo guanche. La introducción de enfermedades para las que su sistema inmunológico no estaba preparado, la venta de esclavos y deportaciones, las matanzas ocasionadas por el proceso de la conquista o las derivadas de las represalias a que se vieron sometidos a raíz de las sublevaciones que protagonizaron, lo diezmaron peligrosamente. Sin embargo, la vitalidad de este pueblo, su adaptabilidad y la estrategia de sobrevivencia que adoptaron, como fue el silencio, callando todo lo que se refería a su cultura, ante la tenaz persecución de sus manifestaciones por parte de los conquistadores, hizo que rápidamente se mezclaran con la población ocupante. Hoy en día los modernos estudios antropológicos han evidenciado la pervivencia de su raza entre la población canaria actual, de la que constituye su base fundamental, especialmente en algunas zonas.
Deportes autóctonos
La lucha canaria, el juego del palo y el salto del pastor, tres deportes autóctonos  procedentes de los aborígenes canarios
Su cultura, sin embargo, en la práctica casi desapareció en su integridad, empezando por su lengua y continuando con sus creencias, costumbres, tradiciones, etc. Datos y referencias sobre elementos dispersos de la misma se conservaron en textos e informaciones procedentes de los cronistas de la conquista o en los relatos de antiguos viajeros y exploradores. Junto a ello, últimamente se están empezando a valorar en su justa medida ciertos trabajos de campo realizados en el siglo pasado, que han demostrado que un buen número de tradiciones populares en las islas proceden del mundo aborigen, habiendo logrado sobrevivir entre las poblaciones campesinas al ser transmitidas oralmente hasta tiempos relativamente recientes.
Entre los diferentes aspectos de la cultura guanche sobre los que poseemos alguna información, ciertamente escasa, está su mundo mágico, religioso y espiritual. A pesar de esa escasez y fragmentariedad, disponemos de un conjunto de interesantísimos datos que nos permiten abordar, con la debida cautela, la tarea de intentar comprender la vida espiritual de este pueblo. Eso es lo que procuraremos hacer en las líneas que siguen, circunscribiéndonos especialmente en todo aquello que se refiera a sus concepciones sobre la muerte y el más allá, así como en las informaciones que nos muestren el rastro entre ellos de fenomenologías espirituales, psíquicas y mediúmnicas. 
La muerte y el Más Allá entre los aborígenes
Si bien hay algunos cronistas que se contradicen, son muchas las referencias que confirman que el pueblo guanche admitía la continuidad de la vida más allá de la muerte y una existencia espiritual que estaba relacionada con la índole de la vida que el muerto había llevado. En torno a este tema, el escritor Tomás Marín de Cubas refiere lo siguiente para la isla de Gran Canaria, aunque la misma información puede hacerse extensiva al resto del Archipiélago:
“A el alma decían que era hija de el sol, i a los fantasmas llamaban magios, que significan encantados u ocultos que tenían allá otra vida de penas y afanes congojosa de lo qual andaban llevándoles de comer a las sepulturas” (4).
Los lugares de enterramiento que empleaban eran las cuevas, muy abundantes en estas islas de naturaleza volcánica, tapiadas o sin tapiar, y los túmulos. Los cadáveres eran en muchos casos sometidos a un procedimiento conocido como “mirlado”, un sistema en cierta forma equivalente a la momificación realizada por los egipcios. Según las crónicas, cuando se producía la muerte de un individuo, especialmente si era de alto rango social, unos personajes especiales a los que estaba encomendada esa tarea -siempre del mismo sexo que el muerto- se encargaban de preparar el cadáver. Primeramente lo lavaban, luego le extraían las vísceras -no en todos los casos-, tras lo cual lo embutían con diversas substancias vegetales y minerales y lo ponían a secar al sol, prolongándose el proceso durante al menos quince días. Seguidamente envolvían el cadáver “mirlado” con varias capas de pieles de cabra gamuzadas, que cosían primorosamente y marcaban con diversos signos para luego poder identificar los cuerpos. Por fin, llevaban el cadáver mirlado a las cuevas que usaban para enterramientos, algunas de las cuales eran comunales, donde lo ponían sobre unas parihuelas de madera, tablones, yacija vegetal o arrimados a las paredes.
Enterramiento con momia guanche
Enterramiento con momia guanche, Museo arqueológico de santa Cruz de Tenerife
En las islas de Tenerife y Gran Canaria, cuando un rey moría, sus vísceras eran colocadas en una cesta de hojas de palmera. Entonces, un joven voluntario iba con ellas a un alto risco, desde donde se tiraba en una suerte de autoinmolación, no sin antes recoger los mandatos o recados que le encargaban llevar al más allá, al estilo de: “(…) dile que sus cabras están muy gordas o flacas, o si se han muerto o no. Y todas las noticias que saben de sus reyes y parientes les envían a sus reyes y parientes difuntos por medio de aquel que se arroja…” (5).
Al cadáver llamaban los guanches “xaxo”. Según el doctor Juan Bethencourt Alfonso (6), autor de la monumental obra Historia del Pueblo Guanche, estos creían en la existencia de dos xaxos en el ser humano, uno interno y otro externo. Creían también que las almas tenían distintos destinos en el más allá, al menos temporales, según se hubieran portado bien o mal en vida:
“En otro lugar que llaman campos o vosques de deleite están los encantados llamados maxios i que allí están vivos i algunos están arrepentidos de lo mal que hicieron contra sus próximos y otros desvaríos. Esto decían los mas avisados faizanes” (7).
Comunicaciones con los espíritus entre los guanches
Las fuentes etnohistóricas nos siguen aportando datos de sumo interés. En cuanto a la comunicación de entidades espirituales en el mundo aborigen, se dice:
“Tenían los de Lançarote y Fuerteventura unos lugares o cuebas a modo de templos, onde hacían sacrificios o agüeros según Juan de Leberriel, onde haciendo humo de ciertas cosas de comer, que eran de los diesmos, quemándolos tomaban agüero en lo que havían de emprender mirando a el jumo, i dicen que llamaban a los majos que eran los spiritus de sus antepasados que andaban por los mares y venían allí a darles aviso cuando los llamaban, i estos y todos los isleños llamaban encantados, i dicen que los veían en forma de nuvecitas a las orillas del mar, los días maiores del año, quando hacían grandes fiestas aunque fuesen entre enemigos, i veianlos a la madrugada el día de el maior apartamento del sol en el signo de Cáncer, que a nosotros corresponde el día de S. Juan Bautista” (8).
Estas tradiciones todavía se conservaban vivas a fines del pasado siglo. Bethencourt Alfonso comenta que en Fuerteventura, en el sitio conocido como Malpaís Grande, había un lugar que llamaban “iglesia de los maxios”, y en el Malpaís Chico otro punto que era conocido como “oratorio de los maxios”. Seguramente eran esos lugares algunos de los enclaves donde antiguamente se realizaban estas prácticas y ceremonias de contactos espirituales (9).
Pero no solamente evocaban los aborígenes canarios a los espíritus de sus antepasados muertos, sino incluso a los vivos mediante lo que hoy podríamos denominar un “llamado telepático”. A través de la concentración mental y el concurso de ceremonias especiales y frases mágicas, obligaban a comparecer al ser llamado, no sabemos si espiritualmente o corporalmente. Aunque los dos casos son posibles, nos inclinamos por la segunda opción, según se desprende de las siguientes palabras de Marín de Cubas:
“Otros ponían el cuerpo tendido boca abajo hablando algunas palabras dentro de un hoyo y así llamaban al ausente, aunque fuese de muy larga distancia” (10).
El Dr. Bethencourt Alfonso da una idea sintética de la visión que los aborígenes tenían del mundo invisible y su relación con nuestro plano existencial, cuando expresa:
“Vivían en un mundo imaginario poblado de fenómenos y seres extraños como eran los encantamientos, los maxios o fantasmas, miedos, xaxos de ultratumba y las apariciones de Guayota en múltiples transformaciones, a menudo en forma de perros lanudos” (11).
Los “xaxos arrimados”
El fenómeno que denominaban “xaxo arrimado” se producía – decían los aborígenes de Tenerife – cuando “Guayota (12) lanzaba a los condenados a encarnar en personas para atormentarles, eligiendo de ordinario a las mejores y más sensibles al bien. Señalada la víctima y estando despierta o dormida, aprovechaba el xaxo como puerta de entrada ‘alguna  herida o rozadura de la piel’ o bien se introducían por uno  de los dedos gordos -pulgares- de los pies y en los casos menos favorables se le echaba encima envolviéndola y “pegándosele como la lapa a laja”. Desde ese momento la persona así invadida sufre, grita, se agita, se enfurece, entra en convulsiones, enloquece. Estos desgraciados, así como los extraños, oían a veces las voces del xaxo que tenían dentro” (13).
Quien esté familiarizado con los estudios del Espiritismo reconocerá fácilmente en la descripción anterior las llamadas “obsesiones espirituales”, que tan magistralmente estudia Allan Kardec en el Libro de los Médiums en sus tres fases de obsesión simple, fascinación y subyugación. Ahora bien, no hay que confundirse: el Espiritismo no admite las llamadas posesiones de carácter diabólico, porque considera esta figura un espantajo alegórico y mítico, sin fundamento ni razón objetiva. Lo que si dice y enseña el Espiritismo es que hay entidades espirituales con distintos grados de progreso, algunos muy bajos, pero sin ser por ello de naturaleza esencialmente maléfica. Por lo mismo, no cree ni en infiernos ni en condenaciones eternas, sino en el infinito progreso del espíritu, el cual va logrando manifestar progresivamente su verdadera naturaleza y expresando mayores grados de amor, sabiduría y capacidad creadora.
juan-bethencourt-alfonso_55Los “xaxados” eran tratados en lugares especiales. Tal era el caso de algunas cuevas destinadas a ese fin, donde eran sometidos a un tratamiento específico mediante conjuros llevados a cabo por aquellos que nacían con dicha potestad. Bethencourt Alfonso dice al respecto:
“Conducidos por la noche los “xaxados”, después de un complicado ceremonial entre ruidos extraños, fórmulas terríficas, imprecaciones y conjuros, iban arrojando a una hoguera sal, resina y otras substancias para concluir por aventar los tizones en un abismo pronunciando terribles anatemas. El resultado dependía del grado de malignidad del “xaxo arrimado” y del poder expulsivo del hechicero. A veces también solían ocurrir situaciones alarmantes, cuando expulsado el “xaxo” la fuerza de expulsión del conjuro no bastaba para reintegrarlo a “chinechi” (14) y quedaba suelto entre los vivientes “viéndolo vagar por las cuevas de los muertos echando chispas, bramando y pidiendo a gritos que lo lleven a sámara o al pico del Teide”. Y añade: “Se creía generalmente que se “arrimaba” el “xaxo” de toda persona muerta por accidente, como desrriscado o ahogado” (15).
En torno a estos personajes especiales encargados del intercambio espiritual con los “dioses”, los antepasados y las fuerzas desconocidas de la naturaleza, respetados y con gran influencia en la sociedad guanche, nos dice Bethencourt Alfonso:
“Los guañameñes, samarines, hechiceros, adivinos, profetas o agoreros cultivaron los augurios, la magia y la nigromancia (16). La influencia social de estos hombres – o mujeres – era tan poderosa como vasta su ciencia. Ignóranse, a la verdad, los principios y la mayor parte de los procedimientos que empleaban en sus artes misteriosas, pero se sabe que hacían agüeros interpretando las direcciones del humo en hogueras preparadas al efecto, por la forma y combinación de las nubes y por las estrellas errantes; deducían auspicios por el vuelo y canto de las aves” (17).
“A pesar de estas facultades extraordinarias, del carácter sacerdotal y de sus curaciones de “ojeados” y otras muchas enfermedades, pues eran famosos médicos, todo quedaba oscurecido ante el poder sobrenatural de que daban muestra expulsando “xaxos arrimados” (18).
Entidades invisibles y apariciones espirituales
En Fuerteventura se conoce todavía con el nombre de “carrera de los maxios” un extraño fenómeno que tiene lugar en la amanecida de ciertos días en un llano, junto a un acantilado que da al mar en Bayuyo, en la costa del pueblo de La Oliva:
“Consiste tal en la formación a ras de la llanura de compañías y batallones de nubecillas, semejando hombres cargando haces de leña, que después de evolucionar en distintos sentidos, como atacándose o persiguiéndose, siempre concluyen por irse arrojando de cabeza al mar unos tras otros; desvaneciéndose tan original fenómeno con la salida del sol, como sobre el terreno nos lo aseguraron algunos” (19).
Para Gran Canaria Marín de Cubas señala:
“Los canarios llamaban encantados a ciertos nublados y vapores levantados de los arroyos a orillas del mar, a la parte de el sur de esta isla de Canaria, que a la verdad duran por tres horas salido el Sol, unos hacen forma de torres, navíos, hombres a caballo, ejércitos de a pie, y conforme corre el viento Norte o Noroeste en tiempos de Otoño que se recogen allí al sotavento de los montes: lo mismo es como causa natural en los ríos, y demás partes donde hay humedades y vapores” (20).
Se decía también que “a veces veían en los remolinos una reunión de xaxos desesperados” (21).
Ante las anteriores tradiciones nos surge la siguiente pregunta: ¿Por qué identificar “nubecillas” y “vapores” con la manifestación de “maxios” o espíritus? ¿No asemejan este aspecto algunas emanaciones ectoplásmicas que se producen en las sesiones de materialización? ¿Vendrá de la manifestación de estos fenómenos en el mundo de los aborígenes canarios esta asimilación?
Personajes con capacidades y poderes singulares
Retomando la información referida a la existencia de esos singulares personajes, que cumplían un papel de gran significado mágico-religioso en la sociedad guanche, veamos algo más sobre ellos:
ViejoGuanche“Los guañameñes, si bien pertenecen a la clase sacerdotal de los indistintamente conocidos por hechiceros, adivinos, profetas, samarines, brujos o agoreros, eran los grandes pontífices o grandes sacerdotes…. En Tenerife, como los faycanes en Canaria y los adivinos en las demás islas, después de los soberanos figuraban en el lugar más preeminente de las naciones” (22).
Tomás Marín de Cubas escribe lo siguiente de estos notables personajes, imbuídos de poderes especiales:
“Pronosticaban la abundancia o esterilidad del año o las mudanzas de su gobierno u otras adivinaciones…”. Al referirse al “almogarem” -especie de adoratorio o templo- de Humiaga refiere: “Aún allí hay tres braseros donde quemaban todo fruto, menos carne y por el humo…. hacían su agüero sobre un paredón a modo de altar de grandes piedras y enlosado en lo alto del monte” (23).
Las crónicas de la conquista y relatos de diversas expediciones anteriores conservan los nombres de algunos de estos a un tiempo sacerdotes, adivinos, agoreros y profetas. Así tenemos a Tibiabín y Tamonante, madre e hija, en Fuerteventura, que vaticinaban los sucesos futuros; Yone, adivino o profeta de la isla de El Hierro; Eiunche, Aguamuje, Miguan y la adivina Aremoga, en la Gomera. En La Palma, Marín de Cubas, hablando de Echedey, rey de Tihuya -uno de los bandos o señoríos en que estaba dividida la isla-, dice que “era hijo de un célebre sacerdote o adivino” (24) el cual, según refiere Fr. J. de Abreu Galindo (25), había pronosticado la ruina de una de las zonas más fértiles y pobladas de la isla por la erupción volcánica de una montaña, que efectivamente se produjo.
NOTAS
1) Ver la interesantísima obra Los Dioses Reyes y los Titanes, de James Bailey. Editorial Noguer, Barcelona, 1975
2) El nombre que los habitantes aborígenes de Tenerife daban a su tierra era “Achinech”; por otro lado, en su idioma “guan” significaba hombre, de ahí que guan-Achinech o “guanche”, podría traducirse por “hombre de Tenerife”. Asimismo, originalmente, los “canarios” eran los habitantes de “Canaria”, nombre aborigen de la actual isla de Gran Canaria, término que se generalizó después para referirse al conjunto del Archipiélago y a sus habitantes, hasta la actualidad. La Isla de la Gomera parece ser que recibió entre sus primitivos habitantes el nombre de “Gommaria”, del que deriva su actual denominación. La Palma la designaban sus antiguos pobladores como “Benahoare”, que según los cronistas significaba “mi tierra” o “mi país”, y sus habitantes eran los “benahuaritas” o “auaritas”. El Hierro fue conocida como “Esero”, que quería decir “lugar fuerte o fortaleza” y sus habitantes eran los “bimbaches”. Lanzarote la llamaban “Tyterogaka” -palabra que ciertos estudios filológicos han traducido como la “seca” o la “quemada”, en alusión a su aridez- y sus habitantes eran los “mahos”. Fuerteventura recibía el nombre de “Erbania”, y sus moradores se llamaban también “mahos”, palabra de la cual deriva el gentilicio por el que también se conoce hoy a sus moradores, los “majoreros”.
3) Rene Verneau, Cinco Años de estancia en las Islas Canarias, traducción de José A. Delgado, La Orotava (Tenerife), 1981.
4) Tomás Marín de Cubas, Historia de las siete Islas de Canaria, Ed. Real Sociedad Económica de Amigos del País, Las Palmas de Gran Canaria, 1986.
5) Buenaventura Bonnet Reverón, texto latino de la expedición de Diogo Gomes de Cintra referido a Canarias (1460-63), Revista de Historia, 1940.
6) El Dr. Juan Bethencourt Alfonso nació en el pueblo de San Miguel de Abona (Tenerife) el 5 de febrero de 1847, en el seno de una familia acomodada. Cursó los estudios de Medicina y Cirugía en la Universidad de Madrid, obteniendo el título el 16 de enero de 1872. Vinculado a su preparación profesional entrará en contacto con las nuevas corrientes científicas europeas: el higienismo, el desarrollo de la llamada Historia Natural, el acercamiento a la antropología, la asimilación del darwinismo…
Se dedicó a su actividad como médico y a la docencia, como profesor de Segunda Enseñanza, adentrándose también en la política activa, en primer lugar con el partido posibilista, liderado por Castelar y más tarde en el partido fusionista-liberal, liderado por Sagasta, incluyendo una importante actividad periodística, llegando a fundar el periódico La Reforma y El Liberal de Tenerife. Más tarde se retiró de esta actividad política, dedicándose integralmente a su labor profesional e investigadora, en torno a la que publicó también numerosos artículos sobre temas de prehistoria, etnografía y médico-sanitarios, a veces con el seudónimo de Juveal.
Fundó el Gabinete Científico de Santa Cruz de Tenerife, fruto de cuyo trabajo sería la creación del Museo Antropológico y de Historia Natural de esa misma ciudad.
El Dr. Bethencourt Alfonso fue un apasionado de la investigación arqueológica, en la que realizó fundamentales aportaciones que hoy se conservan en varios museos de las Islas. Se le considera también el fundador de los estudios etnográficos y etnológicos en Canarias, realizando un profundo estudio de la tradición oral, que recogió en trabajos que aún permanecen inéditos como Los materiales para el Folk-lore Canario, y otras ya publicadas, caso de Costumbres populares canarias de Nacimiento, Matrimonio y Muerte (Cabildo de Tenerife, 1985). Su obra fundamental, sin embargo, es su enciclopédica Historia del Pueblo Guanche, finalizada poco antes de morir. Por todos estos trabajos fue nombrado socio corresponsal de la Real Academia de la Historia de España. El Dr. Bethencourt Alfonso falleció en 1913.
7) “Faizan” o “faican” era el nombre con el que los aborígenes de Gran Canaria designaban a sus sacerdotes. Aquí el autor usa este término para referirse, por extensión, a los sacerdotes de la sociedad aborigen de Tenerife.
8) F. Morales Padrón, Pedro Gómez Escudero, en Canarias, Crónicas de su Conquista, Ed. El Museo Canario, Sevilla-Las Palmas de Gran Canaria, 1978.
9) Historia del Pueblo Guanche, de J. Bethencourt Alfonso, tomo I, pag. 296.
10) Tomás Marín de Cubas, Historia de las siete Islas de Canaria.
11) Historia del Pueblo Guanche, de J. Bethencourt Alfonso, tomo II, pgs. 268-269. Esta creencia, en la que se representaban ciertas fuerzas negativas en forma de “perros lanudos”, era común a todas las islas. En Gran Canaria se llamaban “tibicenas”, y en La Palma “iruene” o “haguanram”. Ello no resulta extraño, ya que su economía giraba fundamentalmente en torno a la ganadería, con sus grandes manadas de cabras -además de ovejas y cerdos- y la presencia de grupos de perros asilvestrados, de los que nos hablan las fuentes etnohistóricas, ocasionaría, de vez en cuando, matanzas entre sus ganados. Las crónicas mencionan que a veces estos perros resultaban peligrosos incluso para los seres humanos.
12) “Guayota” era el nombre que recibía entre los aborígenes de Tenerife una especie de genio maléfico que creían habitada en las entrañas del monte Teide, el gran volcán de cerca de 4.000 metros de altura (exactamente 3.718 m) que se yergue majestuoso en el centro de la isla. Y no era para menos, teniendo en cuenta que seguramente presenciaron y sufrieron a lo largo de los siglos las consecuencias destructivas de varias erupciones de este gigantesco volcán.
13) Historia del Pueblo Guanche, de J. Bethencourt Alfonso, tomo II, pag. 275.
14) Según refiere Fr. Alonso de Espinosa en su obra Del Origen y Milagros de N. S. de Candelaria, este nombre estaba entre los que los guanches daban a su propia isla. Tenía el significado de “lugar a donde los malvados van tras su muerte”, que los aborígenes emplazaban en el volcán Teide, idea que este autor asimila con ligereza al concepto cristiano y habla de “infierno”. Esta sería la razón por la que aventureros desde el siglo XIV denominaran a esta isla indistintamente como Tenerife o Isla del Infierno (para más datos ver nota nº 12).
Nosotros creemos ver aquí una gran confusión por la semejanza de los vocablos “Achinech” (ver nota nº 2), “Echeyde” -nombre aborigen del monte Teide, y del que su denominación actual derivaría, precisamente- y “chinechi”, lo que unido a la mentalidad de los conquistadores y evangelizadores, que todo lo referían a sus creencias, traería consigo una mezcolanza de términos y significados difícilmente deslindables hoy.
15)  Historia del Pueblo Guanche, de J. Bethencourt Alfonso.
16) Arte o práctica de la evocación de los muertos.
17) Historia del Pueblo Guanche, tomo II, ps. 274-275.
18) Historia del Pueblo Guanche, de J. Bethencourt Alfonso, tomo II, pag. 275.
19) Notas del Dr. Juan Bethencourt Alfonso, en Historia del Pueblo Guanche, tomo I, pag. 290.
20) Tomás Marín de Cubas, Historia de las siete Islas de Canaria.
21) Juan B. Alfonso, Historia del Pueblo Guanche, tomo II, pag. 268.
22) Nota del Dr. J. B. Alfonso en Historia del Pueblo Guanche, tomo I, pag. 295.
23) Tomás Marín de Cubas, Historia de las siete Islas de Canaria.
24) Tomás Marín de Cubas, Historia de las siete Islas de Canaria.
25) Fr. Juan de Abreu Galindo, Historia de la conquista de las siete Islas de Canaria, cap. III, Goya Ediciones, S/C de Tenerife, 1977.

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