UNA ACLARACIÓN MUY OPORTUNA

Ponemos en el conocimiento de nuestros amables lectores que todo el material que ofrecemos como posts en este blog ha sido extraído de la obra LOS FUNDAMENTOS DEL ESPIRITISMO, previa autorización de su autor nuestro distinguido amigo Prof. Jon Aizpurua.

No nos atreveríamos a divulgar este precioso e invaluable material doctrinario y de divulgación de la cultura espírita si no tuviésemos de antemano la autorización expresa de su autor, de lo contario incurriríamos en el plagio, actitud que nos despierta repugancia tan sólo con mencionar el término.

Hemos escogido esta obra, LOS FUNDAMENTOS DEL
ESPIRITISMO, porque estamos seguros que ella constituye la exposición más actualizada de los postulados doctrinarios expresados por el Codificador Allan Kardec, enmarcados en nuevo contexto paradigamático; el vigente en estos tiempos que corren.

En LOS FUNDAMENTOS DEL ESPIRITISMO el autor reinvidica el verdadero carácter de la Doctrina Espírita, como un sistema de pensamiento laico, racionalista, e iconoclasta, alejado de todo misticismo religioso, tal como fue codificada la Doctrina por el Maestro Allan Kardec en el siglo diecinueve.

Esta obra es eminentemente didáctica, porque está escrita en un estilo ágil y ameno, sin que por ello pierda consistencia en su brillante exposición de ideas, llegando a toda clase de público lector, desde el estudioso del Espiritismo hasta aquellas personas que se encuentran en la búsqueda de una filosofía racional que les ayude a pensar al mundo y a sí mismos.

René Dayre Abella
Nos adherimos a los postulados doctrinarios sustentados por la Confederación Espiritista Panamericana, que muestran a la Doctrina Espírita como un sistema de pensamiento filosófico laico, racionalista e iconoclasta. Alejado de todo misticismo religioso. Apoyamos la Carta de Puerto Rico, emanada del XIX Congreso de la CEPA en el pasado año 2008.

viernes, 7 de junio de 2013


EL DUELO Y LA CONSULTA CON
UN MÉDIUM
por
J A C Q U E S P E C C AT T E
E D I TO R I A L

LE JOURNAL SPIRITE N° 89 JUILLET 2012


Como espíritas estamos
sometidos regularmente
a preguntas
como estas: “¿Sus
médiums reciben en
consulta? ¿No conocen un buen médium en mi región?
He perdido a un ser querido y desearía comunicarme
con él, su ausencia me es insoportable… etc.”
Siendo el espiritismo por definición la comunicación con
el más allá, las personas abatidas por un fallecimiento
piensan naturalmente que los médiums espíritas tienen
por función comunicarse con sus seres queridos fallecidos.
El problema es que las demandas son demasiado
numerosas y que la acción espírita conlleva muchas
otras líneas de trabajo en experimentos, enseñanza y la
necesaria difusión, donde no es factible tener listas de
espera de espíritus con quienes cada uno quisiera comunicarse.
Y fue para responder a una fuerte demanda que nacieron
la clarividencia y la mediumnidad profesionales, una
demanda de contactos personalizados para un gran
número de consultantes, lo cual no pueden asumir los
grupos espíritas, por tener otras funciones más orientadas
a la estructuración de una idea y su difusión. Hay
pues un cierto desfase entre lo que se ofrece y lo que la
gente espera: los espíritas proponen una reflexión sobre
la muerte y los profesionales una satisfacción inmediata
de comunicación. El problema no es nuevo pues se ha
planteado desde el comienzo, cuando el propio Allan
Kardec invitaba a sus corresponsales a estudiar primero
la doctrina espírita para comprender la desencarnación,
la reencarnación, los principios de la comunicación, y
para valorar todo su alcance filosófico y moral.
Todavía hoy en día nos encontramos frente a demandas
inmediatas sin que
nuestros interlocutores
tengan una
justa idea de lo que
eso representa. Y
entonces, como se considera que los médiums entran
en contacto con los muertos, al neófito le parece legítimo
pedirles que se comuniquen con el ser querido
que acaba de perder. Y es así como casi a diario se nos
pide, porque parece completamente natural, que en
efecto sea ese el papel del médium: entrar en contacto
con todos los muertos de quien cada uno quisiera tener
noticias. Entonces son los profesionales no espíritas los
que se dedican a este ejercicio para satisfacer lo que se
convierte en una clientela de personas que necesitan ser
tranquilizadas. Y para hacerlo, los médiums improvisados,
cuyas facultades no siempre son comprobadas, se
lanzan a la aventura, con un conocimiento muy incierto
de las complejidades de la comunicación espírita. Así,
muy a menudo se abre la puerta a una mistificación,
consciente o inconsciente, cuando el médium se ve obligado
a percibir el más allá aun cuando no perciba nada.
Uno no se comunica con los espíritus por una simple
solicitud, como si se tratara de pasar una llamada telefónica
sin que la línea jamás esté ocupada. Es necesario
un buen médium y se necesita luego que el corresponsal
sea localizable, es decir que sea captado por el médium,
y que tenga la posibilidad de responder al llamado. Un
espíritu puede estar en una profunda turbación, puede
no estar disponible, a veces puede haber reencarnado,
etc. Y sin embargo, se considera que responde para
que el médium que se encuentra “en la línea” pueda
dar una información a su cliente. Y en ausencia de una
clara percepción del espíritu, es el propio médium quien
hace el trabajo. Sustituye al espíritu, dice lo que cree
adivinar, lanza algunas banalidades habituales, según
lo que imagina de la situación de un espíritu: “Me dice
que los quiere, que no los olvida, que ha encontrado a
los suyos…” Y desde hace mucho tiempo, este tipo de
seudo comunicación se perpetúa según un modelo
idéntico, donde los consultantes siempre han tenido la
buena sorpresa de enterarse de que sus parientes fallecidos
están en la luz, felices y liberados de su condición
carnal sin otra forma de turbación. Sin embargo, en estos
últimos años hemos comprobado que los comentarios
han cambiado algo en este campo profesional: cada
vez más, ciertos videntes tienden a decir que el espíritu
solicitado no está muy bien, que necesita oraciones, que
le hace falta elevarse… Se aprecia entonces muy claramente
que la influencia espírita ha pasado por allí, que
comienza a ser considerada la noción de turbación, y
que entonces el medio profesional ha hecho evolucionar
sus conceptos de la muerte bajo la influencia de lo
que se dice aquí y allá, porque nuestra idea espírita gana
terreno y, aun sin darse cuenta, los videntes y médiums
profesionales son influenciados por los conceptos que
hemos enseñado en el transcurso del tiempo. No es, sin
embargo, que sus percepciones sean más justas, simplemente
se han adaptado a conocimientos más exactos.
He aquí cómo la difusión espírita ha tenido su influencia
para una mejor comprensión de la muerte. Pero el problema
planteado permanece intacto, pues la práctica
profesional no puede responder a las exigencias de la
verdadera mediumnidad con relación a su desarrollo y
los límites de sus posibilidades.
Hacia un enfoque espírita
Por nuestra parte, debemos hacer comprender los
objetivos espíritas, que no consisten en emprender
comunicaciones a gran escala en una suerte de trabajo
en cadena sin fin, donde habría que comunicarse con
todos los espíritus posibles. Los médiums no son los
stakhanovistas (*) productivos de la comunicación, sino
intermediarios que pueden recibir razonablemente
cierto número de espíritus que, por sus consejos y sus
enseñanzas, hacen avanzar la comprensión del más allá.
(*) Del minero Alekseï Stakhanov, que estableció un record de
extracción de carbón en la Rusia stalinista. (N. del T.)
Hay que saber además que existen numerosos espíritus
en turbación después de la muerte, y que no es una
comunicación forzada con estos espíritus lo que necesariamente
les permitirá encontrar la libertad. Por el
pensamiento y por la oración, se puede ayudar a nuestros
seres queridos fallecidos a abreviar su turbación, y
la primera reflexión que se debe hacer ante un fallecimiento,
es pensar en la rápida liberación de los espíritus
que acaban de desencarnar. El hecho de comunicarse
prematuramente con un espíritu que no está liberado
de su turbación, no trae sino confusión por ambas partes,
a menos que se sepa establecer el diálogo necesario
para dirigir al espíritu turbado hacia su liberación. Lo
que no saben hacer, ni los videntes profesionales, ni los
aprendices de la mediumnidad, que intentan experiencias
arriesgadas con un vaso o una mesa.
Es pues indispensable conocer las realidades del más
allá y de la turbación para abordar la cuestión, y es inútil
esperar con impaciencia la manifestación de un ser querido
fallecido en particular, pues ellos son tan numerosos
que sería absolutamente imposible ser recibidos uno a
uno por los médiums que, en un trabajo ininterrumpido,
perderían su salud física y psíquica. Y fue por esa razón
que el espiritismo debió estructurarse, y ello desde los
comienzos con Allan Kardec, que preconizaba el conocimiento
y el aprendizaje dentro de un marco adecuado y
serio de estudio y reflexión.
Eso no significa, sin embargo, que el espiritismo se
vuelva esencialmente teórico descuidando la práctica,
no, muy por el contrario: por ejemplo, respecto a la
liberación de los espíritus turbados, un grupo espírita
puede tener sesiones particulares de liberación, como
las tenemos nosotros, que permiten liberar grupos de
espíritus sin que por otra parte, tengamos necesariamente
las identidades precisas de estos espíritus.
Hay luego la diversificación de las mediumnidades, que
permite a ciertos espíritus manifestarse por el arte o por
acciones terapéuticas a través de médiums más especializados
en sus potenciales mediúmnicos. Ya no se trata
entonces de tener noticias de todos los espíritus posibles,
sino de trabajar con ciertos espíritus para desarrollar
un campo u otro. Eso no excluye, sin embargo, que
de vez en cuando se tengan noticias de los espíritus de
nuestros parientes desaparecidos, sin que por eso cada
espírita esté esperando informaciones sobre toda su
familia y todos sus amigos fallecidos, lo cual representaría
una multiplicidad de intervenciones espirituales
impuestas a nuestros médiums. Y si en el propio medio
espírita, no todo es posible, tampoco puede serlo para
todos los no espíritas que nos lo solicitan. Y volvemos
así a los fundamentos que Allan Kardec definió en su
tiempo. Antes de querer comunicarse, es preciso estudiar
la filosofía espírita a través de sus diferentes principios,
a fin de conocer las diversas situaciones posibles
del espíritu después de la muerte, a fin de descubrir
todas las complejidades de la mediumnidad y su desarrollo
para, igualmente, tener una visión de conjunto
respecto al sentido de las vidas sucesivas en el proceso
del designio divino de una evolución intelectual y moral
a la vez. Abordar el espiritismo únicamente desde el
ángulo de la comunicación a toda costa, es exponerse
a no comprender nada de la situación de un espíritu.
Si el ser querido difunto se manifiesta en un estado de
turbación, es necesario comprender las razones, es preciso
luego admitirlas y hacer lo necesario por medio de
la oración para liberar al espíritu de su estado. Eso no es
comprendido ni valorado por un público acostumbrado
a los videntes de quienes espera siempre las mejores
noticias posibles como si el más allá fuera un paraíso
encontrado por todos los espíritus.
Es necesario, pues, en este campo, como en otros, pasar
por las fases de la instrucción y la educación, lo cual siempre
ha sido la propuesta de los grupos espíritas. Y si esta
instrucción no es aceptada por los interlocutores, que
creen saber lo suficiente a partir de conocimientos erróneos,
religiosos o esotéricos, no se puede ir más lejos. Los
elementos de definición del más allá que existen, han
sido dados por los propios espíritus, desde Allan Kardec
hasta hoy, y allí está la base fundamental del espiritismo
que no es una filosofía humana sino un conocimiento
dado por los espíritus y sobre el que el humano debe
reflexionar. Por otra parte eso requiere investigaciones
y estudios, pues la revelación espírita en sí misma no es
completa y hay que analizar sin cesar los puntos precisos,
ver cuáles son las aplicaciones científicas, filosóficas,
éticas o morales de tal o cual principio, a fin de dar
al espiritismo todo su lugar y su coherencia frente a los
grandes retos de la humanidad. Al decir esto, uno se aleja
sin duda alguna de los deseos de todos los que esperan
señales personalizadas de un ser querido desaparecido,
para soportar mejor su ausencia. Evidentemente esta
esperanza es legítima desde el punto de vista afectivo,
y cada uno de nosotros ha pasado por allí. Pero es preciso
decirse que el duelo es la suerte común de toda la
humanidad, y partiendo de eso, es muy egoísta esperar
exclusivamente para nosotros la manifestación del único
espíritu que nos interesa, el que se llora y se lamenta,
abstracción hecha de todos los demás humanos que por
su parte también lloran a sus fallecidos.
No es más útil, dentro de la multiplicidad de los sufrimientos,
detenerse no sólo en su propio sufrimiento,
sino emprender una reflexión común a partir de la idea
espírita, a fin de comprender la muerte de otra manera,
en un duelo que se vuelva positivo, y con la idea de que
el espíritu del fallecido también puede sufrir y que tenemos
el medio del pensamiento dirigido para abreviar su
turbación. Y esta es además una enseñanza esencial del
espiritismo: pensar más allá de nuestro propio duelo,
pensar en un espíritu que quizás también esté sufriendo.
Por muchísimo tiempo los profesionales de la videncia
han descuidado esta realidad, y si bien, con frecuencia
tienen un papel consolador para el ser humano, tienden
a desconocer que el espíritu del que dan buenas noticias
a menudo está en una turbación que no ha sido
percibida. Si la comunicación con el más allá debe tener
algún sentido, éste no es sólo para atenuar el sufrimiento
humano del duelo, sino que es también para socorrer
a los desencarnados que sufren igualmente de su lado.
Pocos médiums independientes o clarividentes profesionales
perciben esta realidad, y cuando la perciben
no saben muy bien cómo asumirla y resolverla. En todo
caso debemos insistir en este sufrimiento frecuente de
los desencarnados, que a menudo necesitan de nuestros
pensamientos de afecto y de amor para encontrar el
camino de su libertad en el encuentro con su guía. Todos
pueden pensar en este sentido con motivo de un fallecimiento,
lo que con frecuencia será más fructífero que
consultar a un médium para hipotéticas informaciones.

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