UNA ACLARACIÓN MUY OPORTUNA

Ponemos en el conocimiento de nuestros amables lectores que todo el material que ofrecemos como posts en este blog ha sido extraído de la obra LOS FUNDAMENTOS DEL ESPIRITISMO, previa autorización de su autor nuestro distinguido amigo Prof. Jon Aizpurua.

No nos atreveríamos a divulgar este precioso e invaluable material doctrinario y de divulgación de la cultura espírita si no tuviésemos de antemano la autorización expresa de su autor, de lo contario incurriríamos en el plagio, actitud que nos despierta repugancia tan sólo con mencionar el término.

Hemos escogido esta obra, LOS FUNDAMENTOS DEL
ESPIRITISMO, porque estamos seguros que ella constituye la exposición más actualizada de los postulados doctrinarios expresados por el Codificador Allan Kardec, enmarcados en nuevo contexto paradigamático; el vigente en estos tiempos que corren.

En LOS FUNDAMENTOS DEL ESPIRITISMO el autor reinvidica el verdadero carácter de la Doctrina Espírita, como un sistema de pensamiento laico, racionalista, e iconoclasta, alejado de todo misticismo religioso, tal como fue codificada la Doctrina por el Maestro Allan Kardec en el siglo diecinueve.

Esta obra es eminentemente didáctica, porque está escrita en un estilo ágil y ameno, sin que por ello pierda consistencia en su brillante exposición de ideas, llegando a toda clase de público lector, desde el estudioso del Espiritismo hasta aquellas personas que se encuentran en la búsqueda de una filosofía racional que les ayude a pensar al mundo y a sí mismos.

René Dayre Abella
Nos adherimos a los postulados doctrinarios sustentados por la Confederación Espiritista Panamericana, que muestran a la Doctrina Espírita como un sistema de pensamiento filosófico laico, racionalista e iconoclasta. Alejado de todo misticismo religioso. Apoyamos la Carta de Puerto Rico, emanada del XIX Congreso de la CEPA en el pasado año 2008.

lunes, 29 de abril de 2013

                                                SIR ALFRED RUSSEL WALLACE

LAS TEORÍAS DE LA EVOLUCIÓN
POR IGOR MANOUCHIAN
LE JOURNAL SPIRITE N° 92 AVRIL 201


La evolución del hombre está inscrita y se ubica en un
tiempo relativamente reciente respecto a los cinco mil
millones de años que cubren la edad de la Tierra. En
efecto, los primeros humanos nacieron hace seis o siete
millones de años y el Homo Sapiens apareció hace apenas
195.000 años. Así pues, en este período corto y largo a la
vez, el hombre ha evolucionado y se ha adaptado a los
diversos entornos y cambios climáticos inherentes a la
progresiva metamorfosis del planeta. A medida que se
desarrolla, la ciencia ha hecho descubrimientos sobre el
origen del hombre por medio de los fósiles y los dibujos
y pinturas rupestres; luego, más cerca de nosotros, sobre
la célula viva y un poco más tarde sobre el ADN. Las
teorías sobre la evolución humana comienzan a partir
del momento en que la ciencia se aplica a determinar
los hechos por medio de la observación, el estudio y la
deducción. Pero antes de la exploración sobre la naturaleza
del hombre, fueron los animales los que ocuparon el
campo de la investigación.
Jean-Baptiste Lamarck
(1744-1829), naturalista
francés, se dedicó a
demostrar por la teoría
transformista los dos principios
siguientes:
1 - La creciente complejidad
de la organización de los
seres vivos por efecto de la
dinámica interna propia de
su metabolismo.
2 - la diversificación o
especialización de los seres
vivos en múltiples especies, por efecto de las variadas
circunstancias a las que son enfrontados en los diversos
medios y a los cuales son obligados a adaptarse, modificando
su comportamiento o sus órganos, para responder
a sus necesidades. (No siendo esa modificación producto
de su voluntad o de su deseo, sino siempre de esa dinámica
interna propia de la vida, concebida aquí como un proceso
donde los flujos de materia necesarios para la vida estructuran
la materia viva y, por consiguiente, los organismos).
Es así uno de los primeros naturalistas en comprender
la necesidad teórica de la evolución de los seres vivos,
explicando que los cuerpos se transforman a partir de
los cambios climáticos y geológicos y que entonces
un órgano puede modificarse para responder a una
necesidad. Para apuntalar su tesis, cita como ejemplo el
cuello de la jirafa que se ha alargado para alcanzar las
ramas altas de los árboles. Estos cambios se realizan en
períodos más o menos largos y no son controlados. Este
enfoque mecanicista y materialista de Lamarck no pudo
ser demostrado, sin embargo él fue uno de los primeros
en defender la idea de la evolución.
Más tarde, Charles Darwin
(1809-1882) desarrolló
una teoría diferente del
evolucionismo: “La Tierra
ha sido colonizada poco a
poco por las plantas, organismos
unicelulares que,
de mutación en mutación,
han evolucionado hacia
seres más complejos: los
animales (entre ellos el
hombre). La evolución
se produce por selección
natural, son los animales más adaptados a su medio los
que sobreviven. Son pues ellos los que tendrán más oportunidad
de reproducirse, y por tanto de transmitir sus genes.
Un animal que tenga una anomalía genética, por ejemplo,
más pelo que sus congéneres, tendrá más oportunidad
de sobrevivir en un entorno más frío. Podrá transmitir
entonces esta “anomalía positiva” a toda su descendencia.
Esta mutación se difundirá rápidamente entre todas las
nuevas generaciones de esta especie”.
Tenemos entonces, por un lado a Lamarck que habla de
adaptación al medio y a Darwin que profesa la selección
natural para comentar la evolución de la naturaleza
viviente. Otros científicos, y más particularmente los
genetistas, estudian una herencia de carácter evolutivo
por la transmisión de los genes. Gregor Johan Mendel
(1822-1884) será el primero en explicar la transmisión
de los caracteres innatos
(Teoría mendeliana
publicada en 1866), es el
comienzo de la genética.
Mendel cataloga tres principios
mayores:
- La evolución es gradual y
se produce por variaciones
continuas…
- La selección natural es el
motor principal de la evolución,
privilegiando a las
especies mejor adaptadas
a su entorno.
- El cambio evolutivo por mutación puede hacerse de dos
maneras: la anagénesis (una línea descendiente reemplaza
en la continuidad a una línea ancestral) y la cladogénesis
(una línea ancestral se divide en dos líneas descendientes).
Así, dos teorías parecen complementarse: la de la evolución
y la de la genética. Aparecen leyes, las de la herencia
y las de la transmisión de los caracteres relacionados
con el medio ambiental. No obstante, sigue siendo
cierto que si consideramos la lenta transformación de
los cuerpos, es preciso entrever al mismo tiempo otro
aspecto de la vida inteligente, el de la conciencia.
Otro investigador y naturalista, Alfred Russel Wallace
(1823-1913), postula
que la selección natural
no es en nada responsable
del desarrollo de la
conciencia en el hombre.
Para él, el hombre prehistórico
ya poseía una masa
cerebral y un potencial
físico casi idéntico al que
conocemos hoy en día.
Sin embargo, no le servía
sino para pocas cosas y
es entonces, por la experiencia
de la vida en el transcurso del tiempo, que él
explota cada vez más ese capital determinado por la
naturaleza. A Wallace se le reprochó la forma demasiado
esotérica de plantear la cuestión evolutiva del hombre
a través de la intervención de un poder externo dentro
de una visión finalista de la evolución global. Si Wallace
evoca una fuerza inteligente representativa de una
dinámica interior que impulsa al ser viviente a mejorar,
es porque, paralelamente a esas investigaciones científicas,
él cree en el mundo de los espíritus.
Charles Lyell (1797-1875) amigo de Wallace y de Darwin,
toma partido por el primero: “Acepto de buena gana la
sugestión de Wallace según la cual quizás hay una suprema
voluntad y poder que puede guiar las fuerzas y las leyes de
la naturaleza”. Wallace no se limita a la intervención de un
Dios sino que ve allí la de otras inteligencias: “El hombre
no parece demasiado
alejado de su ancestro
animal, si bien ve en la obra
humana el trabajo interno
de una naturaleza superior
que no se ha desarrollado
en medio de la lucha por
la existencia material, y
existiría un Universo invisible,
un mundo del espíritu
al cual el mundo de la
materia está enteramente
subordinado”. Gracias a sus
convicciones espíritas, Wallace le escribió a Darwin: “Mis
opiniones sobre el tema (el origen del hombre) solamente
han sido modificadas por la consideración de una serie
de fenómenos notables, físicos y mentales, que he estado
en capacidad de someter a un control completo y que
demuestran la existencia de fuerzas y de influencias aún no
reconocidas por la ciencia”. Relacionar así la espiritualidad
a la materia física como fuente de evolución, equivale a
reconocer que ante todo hay un origen divino en toda
naturaleza, ya sea ésta viviente o cercana a las manifestaciones
geológicas del planeta.
En el libro La Génesis, los milagros y las predicciones,
Allan Kardec expone la siguiente síntesis: “El hombre
fue incapaz de resolver el
problema de la creación
hasta el momento en que
le fue dada la clave por la
ciencia. Fue necesario que
la astronomía le abriera las
puertas del espacio infinito
y le permitiera incrustar
allí su mirada; que, por el
poder del cálculo, pudiera
determinar con rigurosa
precisión el movimiento,
la posición, el volumen, la
naturaleza y el papel de los cuerpos celestes; que la física le
revelara las leyes de la gravitación, del calor, de la luz y de
la electricidad; que la química le enseñara las transformaciones
de la materia, y la mineralogía los materiales que
forman la corteza del globo; que la geología le enseñara
a leer en las capas terrestres la formación gradual de este
mismo globo. La botánica, la zoología, la paleontología, la
antropología debían iniciarlo en la filiación y la sucesión de
los seres organizados; con la arqueología, ha podido seguir
los rastros de la humanidad a través de las edades; en una
palabra, todas las ciencias, complementándose unas con
otras, debían aportar su contingente indispensable para
el conocimiento de la historia del mundo; a falta de ella, el
hombre no tenía por guía más que sus primeras hipótesis”.
La filosofía espírita aporta nuevas luces sobre el aspecto
de la naturaleza humana que no se define únicamente
por su genética física hereditaria, sino igualmente y
en forma imbricada, por su trayectoria evolutiva en el
proceso de reencarnación. Entonces, para comprender
el origen del hombre, es preciso admitir la realidad
del espíritu. Este último predomina sobre el cuerpo
y se convierte en una conciencia en el interior de otro
cuerpo: el periespíritu. El periespíritu es semi-material,
registra todos los acontecimientos de la experiencia
encarnada. Es él quien impulsa el progreso de acuerdo
con la voluntad del espíritu y su libre albedrío. Con toda
certeza el hombre de hoy fue en otro tiempo uno de los
hombres prehistóricos, esos cuyos rastros fosilizados, o
más concretos de esqueletos exhumados, se descubren
en diversos lugares, y que, con la prueba del carbono
14, nos hablan de la historia y el origen del hombre. El
espiritismo no es una ciencia creacionista que vendría
a contar bellas historias o cuentos bíblicos, sino una
ciencia evolutiva que observa el progreso humano. El
estudio del principio espiritual es uno de los campos en
los que el espiritismo revela que en todos los tiempos el
espíritu sigue al cuerpo material, que le sobrevive más
allá de la muerte para llegar a un mundo paralelo en el
cual se regenera antes del regreso para una nueva existencia
encarnada. De vida en vida, el hombre progresa
y a la escala del mundo, se construyen sociedades que
crean las condiciones para tratar de vivir en colectividad
de manera justa y armoniosa. La evolución de los
cuerpos marcha a la por con la evolución de los espíritus.
Según Allan Kardec, “para el espíritu encarnado, la obligación
de asegurar el alimento del cuerpo, su seguridad,
su bienestar, la obligación de aplicar sus facultades a las
investigaciones, de ejercerlas y desarrollarlas. Entonces su
unión con la materia es útil para su avance; he allí por qué
la encarnación es una necesidad. Además, por el trabajo
inteligente que realiza para su provecho sobre la materia,
ayuda a la transformación y el progreso material del globo
que habita; es así como, progresando él, contribuye en la
obra del Creador de quien es agente inconsciente”. Desde
las primeras épocas de la humanidad, el hombre busca
su camino, su papel y su relación con la naturaleza que
lo rodea. De hecho, trata de encontrar sus orígenes en
el seno de un Universo
perpetuo que traspasa sus
sentidos.
Hoy, las teorías sobre
la evolución se refieren
siempre al evolucionismo
y con los paleontólogos
norteamericanos,
Stephen Jay Gould y
Niles Eldredge, adquieren
un valor de debates de
peritos. La idea de los
equilibrios puntuados es la siguiente: En 1972, Gould y
Eldredge, apoyándose en la teoría de Darwin, desarrollaron
la idea de que la
evolución de las especies
no se realizaba en forma
gradual y continua en el
transcurso de los tiempos.
Por el contrario, parece que
a evolución se hace a través
de períodos puntuales de
intensa actividad evolutiva,
separados por largos
períodos estancados. Hay
pues transiciones rápidas
entre especies, en forma de
“revoluciones genéticas”.
Esto explicaría por qué cuando se estudia una especie no
siempre se encuentran todos los estadios de la evolución:
faltan los individuos intermedios.
Según Gould, es simplemente que esos estadios han sido
tan rápidos (en la escala del tiempo) que no tenemos casi
ninguna oportunidad de encontrarlos.
En el transcurso del tiempo y de los descubrimientos,
la ciencia demuestra que la historia de la vida es como
un pozo insondable. Sin embargo, no puede ni podrá
a largo plazo seguir negando una realidad espiritual, la
que el espiritismo pone en perspectiva, no para rechazar
el progreso humano sino para darle un complemento
inmaterial como suplemento de alma. Quizás se trata
entonces de incluir allí una moral que ya no será más
exclusividad del mundo religioso, sino de otro mundo
invisible, el de los espíritus, como un más allá del
hombre, una extensión perfectible en camino hacia un
mismo punto omega, un mismo Dios reconocido tanto
por el origen como por el objetivo a ser alcanzado.

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