UNA ACLARACIÓN MUY OPORTUNA

Ponemos en el conocimiento de nuestros amables lectores que todo el material que ofrecemos como posts en este blog ha sido extraído de la obra LOS FUNDAMENTOS DEL ESPIRITISMO, previa autorización de su autor nuestro distinguido amigo Prof. Jon Aizpurua.

No nos atreveríamos a divulgar este precioso e invaluable material doctrinario y de divulgación de la cultura espírita si no tuviésemos de antemano la autorización expresa de su autor, de lo contario incurriríamos en el plagio, actitud que nos despierta repugancia tan sólo con mencionar el término.

Hemos escogido esta obra, LOS FUNDAMENTOS DEL
ESPIRITISMO, porque estamos seguros que ella constituye la exposición más actualizada de los postulados doctrinarios expresados por el Codificador Allan Kardec, enmarcados en nuevo contexto paradigamático; el vigente en estos tiempos que corren.

En LOS FUNDAMENTOS DEL ESPIRITISMO el autor reinvidica el verdadero carácter de la Doctrina Espírita, como un sistema de pensamiento laico, racionalista, e iconoclasta, alejado de todo misticismo religioso, tal como fue codificada la Doctrina por el Maestro Allan Kardec en el siglo diecinueve.

Esta obra es eminentemente didáctica, porque está escrita en un estilo ágil y ameno, sin que por ello pierda consistencia en su brillante exposición de ideas, llegando a toda clase de público lector, desde el estudioso del Espiritismo hasta aquellas personas que se encuentran en la búsqueda de una filosofía racional que les ayude a pensar al mundo y a sí mismos.

René Dayre Abella
Nos adherimos a los postulados doctrinarios sustentados por la Confederación Espiritista Panamericana, que muestran a la Doctrina Espírita como un sistema de pensamiento filosófico laico, racionalista e iconoclasta. Alejado de todo misticismo religioso. Apoyamos la Carta de Puerto Rico, emanada del XIX Congreso de la CEPA en el pasado año 2008.

miércoles, 31 de octubre de 2012

                                                            DEMÓCRITO
S É B A S T I E N  DA M I N
UN OJO SOBRE
LOS ORÍGENES
DEL MATERIALISMO
LE JOURNAL SPIRITE N° 90 OCTOBRE 2012

Generalmente, cuando se habla a alguien de espiritismo
por primera vez, uno se ve enfrentado a la misma
respuesta: “Soy muy cartesiano, tengo los pies sobre
la tierra” o hasta: “He tenido una formación científica”.
De hecho el espiritismo es referido a lo irracional, a una
forma de creencia subjetiva, una superstición. Eso revela
un desconocimiento del asunto, pero igualmente una
tendencia ampliamente extendida en nuestra cultura
de juzgar a priori, a partir de una concepción imprecisa
y materialista del mundo. Cuando hoy uno se reivindica
cartesiano, se sobrentiende implícitamente que se es
materialista y se sirve de ese término para condenar
todo lo que se relacione de cerca o de lejos con el espiritualismo
filosófico. El término “cartesiano” tiene dos
acepciones:
- “Partidario de la filosofía de Descartes”. Esta definición
no refleja precisamente el uso que se hace actualmente
de este adjetivo, simplemente porque Descartes era
espiritualista. Si bien utiliza una metodología calificada
de materialista, reconoce la existencia de un alma
distinta del cuerpo y trata por su método de probar la
existencia de Dios en el cuarto capítulo de su famoso
Discurso del Método.
- “Racional y metódico”. Estos términos hacen referencia
directamente a la ciencia, al pensamiento científico. Las
palabras de nuestros interlocutores nos revelan que
creen que la ciencia, cuyos métodos aplican criterios
de racionalidad y objetividad, es necesariamente materialista,
y que esta posición está desprovista a priori de
todo.
El abismo se profundiza con Aristóteles
Es allí donde se ve la necesidad a volver sobre las definiciones,
pues se encuentra aquí una amalgama de
importancia sustentada entre materialismo y ciencia,
de tal suerte que ambos se confunden. ¡La ciencia
es materialista, y sin embargo el materialismo no es
científico! En efecto, el materialismo es un postulado
filosófico, no tiene ninguna realidad científica y nunca
ha sido objeto de alguna demostración objetiva. Parte
del principio según el cual las leyes de la naturaleza se
bastarían a sí mismas y bastarían para explicar todas las
cosas. No hay creación, no hay intervención externa a
la materia. El mundo sería el resultado de mecanismos
materiales sin objetivo ni finalidad, y la consciencia, el
pensamiento y las emociones, en otras palabras, el espíritu,
serían consecuencia de estos procesos.
Lo que ha generado esta amalgama es que esta
concepción materialista ha permitido la aplicación de la
metodología de las ciencias utilizada todavía en nuestros
días. Y para comprender eso, es preciso referirse a
la historia y mirar de qué manera, en el curso del Renacimiento,
el pensamiento científico, al echar las primeras
bases de la ciencia moderna, ha adoptado el materialismo
al mismo tiempo que rechazaba la filosofía de
Aristóteles y las interrogantes sobre las causas primeras
que ella comenzaba a entender.
En resumen, la filosofía aristotélica, transformada en
doctrina oficial de la Iglesia católica romana por Tomás
de Aquino en el siglo XIII, está en la base de toda
reflexión filosófica o científica considerada seria hasta
fines del siglo XV. Se redescubren los textos de la antigüedad
y los conocimientos circulan más fácilmente
gracias a la imprenta, y los mecenas reales (como los
Médicis o hasta Francisco I) crean estructuras de enseñanza
con miras a encontrar soluciones a problemas
concretos. Eso permitirá a ciertos eruditos apartarse de
la enseñanza clásica, dispensada entonces por la Iglesia
y volver a cuestionar las teorías de Aristóteles que
desde entonces pueden confrontar con las de otros
pensadores.
La revolución de las ciencias nacerá en esa época, en
primer lugar por la asociación de las matemáticas y la
física, disciplinas hasta entonces separadas por adhesión
al pensamiento de Aristóteles. Esta matematización
va a permitir la objetivación de las ciencias.
Después de Arquímedes (que dejó numerosos tratados
que mezclan estas dos disciplinas), Galileo asentará los
fundamentos de las ciencias mecánicas que se limitan a
describir los movimientos. Los Mecánicos buscan leyes,
que describan los fenómenos por medio de ecuaciones
matemáticas, sin conceder ninguna importancia a la filosofía.
Pero, al no interesarse sino en el funcionamiento
de los fenómenos físicos, toman las leyes matemáticas
como causa y, quiérase o no, este punto de partida es
ya una toma de posición filosófica que se inscribe en
la continuidad del atomismo antiguo, representado
por Leucipo o Demócrito. Estos últimos pensaban que
el universo estaba constituido por vacío y átomos,
multitud de pequeñas unidades indivisibles. Esta teoría
está en contradicción con la de los cuatro elementos de
Aristóteles según la cual no hay vacío. Rechazan toda
trascendencia, toda finalidad. Son los primeros materialistas
llamados “mecanicistas”, buscan explicaciones
únicamente mecanicistas a los fenómenos de la naturaleza
y darán nacimiento a la tradición naturalista de la
cual derivan las ciencias. Es por esta razón que algunos
consideran a Demócrito como el padre de la ciencia
moderna.
El segundo factor de la revolución científica es la importancia
concedida desde entonces a la experimentación
y allí se profundiza aún más el abismo con Aristóteles.
No es que él no conceda importancia al empirismo,
sino que para él, la mecánica, los fenómenos terrenales
están en el campo de lo corruptible, son por tanto
imperfectos y distintos a la física del Cosmos, incorruptible
y perfecta. Partiendo de allí, él no atribuye verdadero
valor a la experimentación.
La idea que finalmente desacreditará a Aristóteles entre
la comunidad de los eruditos es su concepción geocéntrica
del mundo. Pues una de las mayores consecuencias
de esta revolución científica va a tener lugar en astronomía;
el espacio que hasta entonces se representaba
cerrado y jerárquicamente estructurado con la Tierra
en su centro, se abre y se vuelve infinito. Es una revolución
sin precedentes. ¡El hombre ya no está más en el
centro del mundo! Esta controversia sobre la concepción
heliocéntrica del mundo provocará reacciones
violentas por parte de la Iglesia y también es probable
que se encuentre allí una explicación al rechazo de las
“causas primeras”. La imagen de Dios vendida por la
religión ya no corresponde a la realidad de los hechos.
Con el transcurrir del tiempo, al probar la no existencia
de Dios tal y como era percibido por los religiosos de la
época, los eruditos rechazarán a la vez su existencia y la
noción filosófica a la que está asociada. Al desacreditar
al Dios de la religión, eliminarán progresivamente al
Dios de los filósofos.
Es así como la ciencia de hoy, en un enfoque que no
puede calificarse sino de reduccionista, responde
únicamente en términos de funcionamiento, limitando
la vida a fenómenos físicos y químicos sin ningún objetivo.
“¿Por qué vivimos? Porque tenemos un corazón.
¿Y por qué tenemos un corazón? Para hacer circular
la sangre, etc.” El materialismo está tan arraigado que
cuando se explica un mecanismo, se piensa inconscientemente
que se ha resuelto la cuestión de la causa de
ese mecanismo.
Algunos científicos piensan igualmente que la ciencia es
distinta de la filosofía. Ahora bien, acabamos de ver que
no es así. Dicho de otra manera, ellos son materialistas
aun sin saberlo, o para algunos, sin querer reconocerlo.
Prisioneros de esta concepción materialista, justificada
por el concepto de ciencia, no ven siquiera que están
aceptando un postulado filosófico sin ninguna forma
de razonamiento. Desde este punto de vista, puede
afirmarse que están dentro de una forma de creencia.
En efecto, contrariamente a lo que comúnmente
puede ser admitido, la creencia ya no está vinculada
más particularmente a una idea que a otra, pero sólo
por la manera en la que uno se hace esa idea, es una
convicción que se hace sin pasar por el razonamiento,
y está claro que esa es la forma en que el materialismo
es aceptado globalmente. Pretendiendo que su razonamiento
es independiente de la filosofía, los científicos
tuercen cualquier debate y lo vuelven casi imposible,
pensando que se colocan en la objetividad más total.
Pero, si bien el materialismo ha permitido a la ciencia
tomar el camino de la objetividad, eso no le confiere
el estatus de objetividad absoluta, y por tanto de la
verdad.
Lo que es aún más grave es que por extensión, la población,
que tiene fe en la ciencia y en sus representantes,
se vuelve igualmente materialista sin sospechar que
muchos de estos últimos basan sus certezas en un
concepto filosófico que ni siquiera se han tomado el
trabajo de ponderar, ¡y ni siquiera de pensar que un día
podrían cuestionarlo! Ahora bien, ¿es realmente posible
separar la ciencia de la filosofía? Parece que no, pues el
pensamiento es un todo indivisible. Los epistemólogos
(como Kuhn o Feyerabend) han demostrado que la
racionalidad científica es dependiente del contexto en
el cual se ubica y no es razonablemente factible separar
un objeto del sujeto que lo observa. El argumento filosófico
más extendido que va en contra del materialismo
es que la materia, o hasta las matemáticas, no pueden
existir sin el espíritu que formula el concepto.
Pero entonces, ¿por qué los científicos, materialistas
en su conjunto, quieren evitar esta cuestión de las
causas primeras? Simplemente porque ellos buscan y
estudian las leyes universales, revelan la lógica sobre
la cual descansa la organización del mundo. Ahora
bien, estos términos “leyes, lógica, organización…” son
completamente antinómicos con los conceptos de azar
o de nada, a los cuales hacen referencia implícitamente
cuando declaran que la vida no tiene sentido. Es matemáticamente
imposible probar que la organización
nace del azar o de la nada y la respuesta al porqué
implica necesariamente una voluntad y una causa
primera inteligente, en otras palabras, la existencia de
un Dios. Si se postula que todo efecto tiene una causa
material, los fenómenos que prueban la existencia de lo
inmaterial no pueden existir, entonces no es necesario
tomarse el trabajo de observarlos.
La trayectoria racional del espiritismo

Es aquí donde interviene el espiritismo. Al contrario del
materialismo, el espiritismo tiene la particularidad de
que no es un postulado, es el resultado de la comparación
de observaciones científicas basadas en hechos
objetivos. Se han realizado numerosos trabajos, sobre
los cuales volvemos a menudo, por científicos tales
como William Crookes o Gustave Geley que trabajaron
no sin dificultad, en los experimentos más tangibles
que fueron, a saber, la materialización de los espíritus.
Muchos científicos y/o cartesianos que han defendido
el espiritismo, rechazaban al principio la existencia de
los fenómenos que se vinculaban a él, pero revisaron
su punto de vista enfrentándose a la realidad de los
hechos, se puede citar al juez Edmonds, James Mapes
(profesor de física), Cesare Lombroso… El mismo Allan
Kardec no veía en las manifestaciones de mesas giratorias
más que “un cuento chino”. Y este es un dato
importante: ellos no buscaban de entrada demostrar
a priori una opinión o confirmar una hipótesis filosófica.
Sus conclusiones fueron fruto de un razonamiento
lógico que se apoya en un largo trabajo de observación
y experimentación. No es casualidad que el espiritismo
haya nacido en plena época positivista. En todas las
épocas y en todas las civilizaciones se han relatado
hechos calificados de sobrenaturales, que han dado
lugar a diferentes interpretaciones, creencias, religiones
o supersticiones. Su análisis en gran número, efectuado
gracias al método científico, llamado “materialista”, ha
dado a luz el espiritismo y se puede afirmar que contrariamente
al materialismo, el espiritualismo ha sido
demostrado científicamente.
De estas observaciones científicas se han desprendido
consecuencias filosóficas. Tampoco han sido datos
prefabricados. La filosofía espírita es la conclusión
de un trabajo de investigación de los mecanismos y
las leyes que rigen la mediumnidad luego de análisis,
comparación y cotejo de las comunicaciones obtenidas
a través de una multitud de médiums. Sus conclusiones
no surgen de intuiciones emanadas de un solo hombre,
sino del diálogo con la diversidad de espíritus que
pueblan el más allá. Además, la prueba de la existencia
de los espíritus es completamente intelectual. En efecto,
propongan a varias personas no médiums que hagan
escritura automática y descarguen por ese medio su
inconsciente, dudo mucho que un día puedan llegar a
un sistema filosófico complejo, inteligente y coherente,
confrontando los resultados obtenidos. Si esta prueba
no es material, no es por ello menos espectacular.
El espiritismo, trazo entre la ciencia y la filosofía
Sin embargo, esta revolución intelectual y espiritual
parece haber pasado desapercibida a los ojos de
la historia, y sin duda, supone para el pensamiento
humano un choque del mismo orden que el que tuvo
lugar en el Renacimiento. Es decir, que no compromete
al hombre únicamente en su racionalidad, sino
igualmente en su afectividad, lo toca, lo vuelve a cuestionar
colectivamente, pero también personalmente,
en su forma de percibir el mundo y de percibirse a sí
mismo. Las relaciones tan pasionales y esta defensa tan
fuerte del materialismo se basan en el hecho de que el
pensamiento científico con el cual se ha confundido,
ha permitido la emancipación social de los individuos
liberándolos de las desigualdades justificadas por
el derecho divino. Ya al principio, Demócrito, por su
concepción materialista, trataba de liberar al hombre
del miedo a los Dioses y estimularlo a responsabilizarse,
y si ese rechazo a la existencia de una causa primera es
todavía tan fuerte hoy, es porque está acompañado
por una viva emoción de rebelión frente a las injusticias
que esta concepción ha servido, y sirve aún, para
justificar. En un arranque emocional de rechazo, todas
las corrientes espiritualistas de pensamiento, llamadas
“trascendentes”, que designan realidades completamente
diferentes, se amalgaman. De esta manera el
espiritismo se asocia a la mitología, a las supersticiones,
a las religiones y se encuentra reducido a una caricatura
vinculada a su nacimiento: las mesas giratorias.
En general, proponer la existencia de Dios nos vuelve
a enviar automáticamente a una posición reaccionaria,
medieval, si es que no es vista con condescendencia
como una necesidad de aferrarse a cualquier cosa.
Sin embargo, la noción de Dios propuesta por el espiritismo
está vinculada con la filosofía, es decir con la
reflexión y desemboca en consecuencias humanistas y
progresistas.
El espiritismo nos enseña que la evolución es larga,
lenta y difícil. Y si bien la revolución científica ha permitido
un progreso moral, el materialismo no ha puesto
fin a los mecanismos de dominación que rigen las
relaciones humanas. Así como hay que denunciar los
abusos de la religión, no hay que olvidar denunciar los
abusos del materialismo. Los religiosos católicos se han
servido del mensaje de igualdad y fraternidad de Jesús
para asentar su poder, los materialistas de hoy se sirven
de la ciencia, instrumento de objetividad, para imponer
su subjetividad, su creencia en un mundo sin objetivos.
Así como era herético cuestionar la existencia de Dios,
desde ahora es oscurantista proponer su existencia.
Tratando absolutamente de reducir al hombre a un
conjunto de reacciones físicas y químicas, el materialismo
hace, implícita y moralmente aceptable la explotación
del hombre puesto que no es sino una máquina.
Igualmente vuelve políticamente correctas las injusticias
y dominaciones de todo género. Ha permitido, por
ejemplo, el nacimiento de teorías dudosas como la del
“darwinismo social”.
Nuestro objetivo no es imponer nuestra visión del
mundo, no hacemos sino dar testimonio, a quien
quiera escucharlo, de que la muerte no existe, basta
con examinar los trabajos de los precursores del espiritismo
para convencerse. Esta verdad tiene consecuencias
sociales. Retirando al hombre su alma, se le retira
su humanidad y es este el sentido de nuestra lucha.

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