UNA ACLARACIÓN MUY OPORTUNA

Ponemos en el conocimiento de nuestros amables lectores que todo el material que ofrecemos como posts en este blog ha sido extraído de la obra LOS FUNDAMENTOS DEL ESPIRITISMO, previa autorización de su autor nuestro distinguido amigo Prof. Jon Aizpurua.

No nos atreveríamos a divulgar este precioso e invaluable material doctrinario y de divulgación de la cultura espírita si no tuviésemos de antemano la autorización expresa de su autor, de lo contario incurriríamos en el plagio, actitud que nos despierta repugancia tan sólo con mencionar el término.

Hemos escogido esta obra, LOS FUNDAMENTOS DEL
ESPIRITISMO, porque estamos seguros que ella constituye la exposición más actualizada de los postulados doctrinarios expresados por el Codificador Allan Kardec, enmarcados en nuevo contexto paradigamático; el vigente en estos tiempos que corren.

En LOS FUNDAMENTOS DEL ESPIRITISMO el autor reinvidica el verdadero carácter de la Doctrina Espírita, como un sistema de pensamiento laico, racionalista, e iconoclasta, alejado de todo misticismo religioso, tal como fue codificada la Doctrina por el Maestro Allan Kardec en el siglo diecinueve.

Esta obra es eminentemente didáctica, porque está escrita en un estilo ágil y ameno, sin que por ello pierda consistencia en su brillante exposición de ideas, llegando a toda clase de público lector, desde el estudioso del Espiritismo hasta aquellas personas que se encuentran en la búsqueda de una filosofía racional que les ayude a pensar al mundo y a sí mismos.

René Dayre Abella
Nos adherimos a los postulados doctrinarios sustentados por la Confederación Espiritista Panamericana, que muestran a la Doctrina Espírita como un sistema de pensamiento filosófico laico, racionalista e iconoclasta. Alejado de todo misticismo religioso. Apoyamos la Carta de Puerto Rico, emanada del XIX Congreso de la CEPA en el pasado año 2008.

miércoles, 31 de octubre de 2012

                                                            DEMÓCRITO
S É B A S T I E N  DA M I N
UN OJO SOBRE
LOS ORÍGENES
DEL MATERIALISMO
LE JOURNAL SPIRITE N° 90 OCTOBRE 2012

Generalmente, cuando se habla a alguien de espiritismo
por primera vez, uno se ve enfrentado a la misma
respuesta: “Soy muy cartesiano, tengo los pies sobre
la tierra” o hasta: “He tenido una formación científica”.
De hecho el espiritismo es referido a lo irracional, a una
forma de creencia subjetiva, una superstición. Eso revela
un desconocimiento del asunto, pero igualmente una
tendencia ampliamente extendida en nuestra cultura
de juzgar a priori, a partir de una concepción imprecisa
y materialista del mundo. Cuando hoy uno se reivindica
cartesiano, se sobrentiende implícitamente que se es
materialista y se sirve de ese término para condenar
todo lo que se relacione de cerca o de lejos con el espiritualismo
filosófico. El término “cartesiano” tiene dos
acepciones:
- “Partidario de la filosofía de Descartes”. Esta definición
no refleja precisamente el uso que se hace actualmente
de este adjetivo, simplemente porque Descartes era
espiritualista. Si bien utiliza una metodología calificada
de materialista, reconoce la existencia de un alma
distinta del cuerpo y trata por su método de probar la
existencia de Dios en el cuarto capítulo de su famoso
Discurso del Método.
- “Racional y metódico”. Estos términos hacen referencia
directamente a la ciencia, al pensamiento científico. Las
palabras de nuestros interlocutores nos revelan que
creen que la ciencia, cuyos métodos aplican criterios
de racionalidad y objetividad, es necesariamente materialista,
y que esta posición está desprovista a priori de
todo.
El abismo se profundiza con Aristóteles
Es allí donde se ve la necesidad a volver sobre las definiciones,
pues se encuentra aquí una amalgama de
importancia sustentada entre materialismo y ciencia,
de tal suerte que ambos se confunden. ¡La ciencia
es materialista, y sin embargo el materialismo no es
científico! En efecto, el materialismo es un postulado
filosófico, no tiene ninguna realidad científica y nunca
ha sido objeto de alguna demostración objetiva. Parte
del principio según el cual las leyes de la naturaleza se
bastarían a sí mismas y bastarían para explicar todas las
cosas. No hay creación, no hay intervención externa a
la materia. El mundo sería el resultado de mecanismos
materiales sin objetivo ni finalidad, y la consciencia, el
pensamiento y las emociones, en otras palabras, el espíritu,
serían consecuencia de estos procesos.
Lo que ha generado esta amalgama es que esta
concepción materialista ha permitido la aplicación de la
metodología de las ciencias utilizada todavía en nuestros
días. Y para comprender eso, es preciso referirse a
la historia y mirar de qué manera, en el curso del Renacimiento,
el pensamiento científico, al echar las primeras
bases de la ciencia moderna, ha adoptado el materialismo
al mismo tiempo que rechazaba la filosofía de
Aristóteles y las interrogantes sobre las causas primeras
que ella comenzaba a entender.
En resumen, la filosofía aristotélica, transformada en
doctrina oficial de la Iglesia católica romana por Tomás
de Aquino en el siglo XIII, está en la base de toda
reflexión filosófica o científica considerada seria hasta
fines del siglo XV. Se redescubren los textos de la antigüedad
y los conocimientos circulan más fácilmente
gracias a la imprenta, y los mecenas reales (como los
Médicis o hasta Francisco I) crean estructuras de enseñanza
con miras a encontrar soluciones a problemas
concretos. Eso permitirá a ciertos eruditos apartarse de
la enseñanza clásica, dispensada entonces por la Iglesia
y volver a cuestionar las teorías de Aristóteles que
desde entonces pueden confrontar con las de otros
pensadores.
La revolución de las ciencias nacerá en esa época, en
primer lugar por la asociación de las matemáticas y la
física, disciplinas hasta entonces separadas por adhesión
al pensamiento de Aristóteles. Esta matematización
va a permitir la objetivación de las ciencias.
Después de Arquímedes (que dejó numerosos tratados
que mezclan estas dos disciplinas), Galileo asentará los
fundamentos de las ciencias mecánicas que se limitan a
describir los movimientos. Los Mecánicos buscan leyes,
que describan los fenómenos por medio de ecuaciones
matemáticas, sin conceder ninguna importancia a la filosofía.
Pero, al no interesarse sino en el funcionamiento
de los fenómenos físicos, toman las leyes matemáticas
como causa y, quiérase o no, este punto de partida es
ya una toma de posición filosófica que se inscribe en
la continuidad del atomismo antiguo, representado
por Leucipo o Demócrito. Estos últimos pensaban que
el universo estaba constituido por vacío y átomos,
multitud de pequeñas unidades indivisibles. Esta teoría
está en contradicción con la de los cuatro elementos de
Aristóteles según la cual no hay vacío. Rechazan toda
trascendencia, toda finalidad. Son los primeros materialistas
llamados “mecanicistas”, buscan explicaciones
únicamente mecanicistas a los fenómenos de la naturaleza
y darán nacimiento a la tradición naturalista de la
cual derivan las ciencias. Es por esta razón que algunos
consideran a Demócrito como el padre de la ciencia
moderna.
El segundo factor de la revolución científica es la importancia
concedida desde entonces a la experimentación
y allí se profundiza aún más el abismo con Aristóteles.
No es que él no conceda importancia al empirismo,
sino que para él, la mecánica, los fenómenos terrenales
están en el campo de lo corruptible, son por tanto
imperfectos y distintos a la física del Cosmos, incorruptible
y perfecta. Partiendo de allí, él no atribuye verdadero
valor a la experimentación.
La idea que finalmente desacreditará a Aristóteles entre
la comunidad de los eruditos es su concepción geocéntrica
del mundo. Pues una de las mayores consecuencias
de esta revolución científica va a tener lugar en astronomía;
el espacio que hasta entonces se representaba
cerrado y jerárquicamente estructurado con la Tierra
en su centro, se abre y se vuelve infinito. Es una revolución
sin precedentes. ¡El hombre ya no está más en el
centro del mundo! Esta controversia sobre la concepción
heliocéntrica del mundo provocará reacciones
violentas por parte de la Iglesia y también es probable
que se encuentre allí una explicación al rechazo de las
“causas primeras”. La imagen de Dios vendida por la
religión ya no corresponde a la realidad de los hechos.
Con el transcurrir del tiempo, al probar la no existencia
de Dios tal y como era percibido por los religiosos de la
época, los eruditos rechazarán a la vez su existencia y la
noción filosófica a la que está asociada. Al desacreditar
al Dios de la religión, eliminarán progresivamente al
Dios de los filósofos.
Es así como la ciencia de hoy, en un enfoque que no
puede calificarse sino de reduccionista, responde
únicamente en términos de funcionamiento, limitando
la vida a fenómenos físicos y químicos sin ningún objetivo.
“¿Por qué vivimos? Porque tenemos un corazón.
¿Y por qué tenemos un corazón? Para hacer circular
la sangre, etc.” El materialismo está tan arraigado que
cuando se explica un mecanismo, se piensa inconscientemente
que se ha resuelto la cuestión de la causa de
ese mecanismo.
Algunos científicos piensan igualmente que la ciencia es
distinta de la filosofía. Ahora bien, acabamos de ver que
no es así. Dicho de otra manera, ellos son materialistas
aun sin saberlo, o para algunos, sin querer reconocerlo.
Prisioneros de esta concepción materialista, justificada
por el concepto de ciencia, no ven siquiera que están
aceptando un postulado filosófico sin ninguna forma
de razonamiento. Desde este punto de vista, puede
afirmarse que están dentro de una forma de creencia.
En efecto, contrariamente a lo que comúnmente
puede ser admitido, la creencia ya no está vinculada
más particularmente a una idea que a otra, pero sólo
por la manera en la que uno se hace esa idea, es una
convicción que se hace sin pasar por el razonamiento,
y está claro que esa es la forma en que el materialismo
es aceptado globalmente. Pretendiendo que su razonamiento
es independiente de la filosofía, los científicos
tuercen cualquier debate y lo vuelven casi imposible,
pensando que se colocan en la objetividad más total.
Pero, si bien el materialismo ha permitido a la ciencia
tomar el camino de la objetividad, eso no le confiere
el estatus de objetividad absoluta, y por tanto de la
verdad.
Lo que es aún más grave es que por extensión, la población,
que tiene fe en la ciencia y en sus representantes,
se vuelve igualmente materialista sin sospechar que
muchos de estos últimos basan sus certezas en un
concepto filosófico que ni siquiera se han tomado el
trabajo de ponderar, ¡y ni siquiera de pensar que un día
podrían cuestionarlo! Ahora bien, ¿es realmente posible
separar la ciencia de la filosofía? Parece que no, pues el
pensamiento es un todo indivisible. Los epistemólogos
(como Kuhn o Feyerabend) han demostrado que la
racionalidad científica es dependiente del contexto en
el cual se ubica y no es razonablemente factible separar
un objeto del sujeto que lo observa. El argumento filosófico
más extendido que va en contra del materialismo
es que la materia, o hasta las matemáticas, no pueden
existir sin el espíritu que formula el concepto.
Pero entonces, ¿por qué los científicos, materialistas
en su conjunto, quieren evitar esta cuestión de las
causas primeras? Simplemente porque ellos buscan y
estudian las leyes universales, revelan la lógica sobre
la cual descansa la organización del mundo. Ahora
bien, estos términos “leyes, lógica, organización…” son
completamente antinómicos con los conceptos de azar
o de nada, a los cuales hacen referencia implícitamente
cuando declaran que la vida no tiene sentido. Es matemáticamente
imposible probar que la organización
nace del azar o de la nada y la respuesta al porqué
implica necesariamente una voluntad y una causa
primera inteligente, en otras palabras, la existencia de
un Dios. Si se postula que todo efecto tiene una causa
material, los fenómenos que prueban la existencia de lo
inmaterial no pueden existir, entonces no es necesario
tomarse el trabajo de observarlos.
La trayectoria racional del espiritismo

Es aquí donde interviene el espiritismo. Al contrario del
materialismo, el espiritismo tiene la particularidad de
que no es un postulado, es el resultado de la comparación
de observaciones científicas basadas en hechos
objetivos. Se han realizado numerosos trabajos, sobre
los cuales volvemos a menudo, por científicos tales
como William Crookes o Gustave Geley que trabajaron
no sin dificultad, en los experimentos más tangibles
que fueron, a saber, la materialización de los espíritus.
Muchos científicos y/o cartesianos que han defendido
el espiritismo, rechazaban al principio la existencia de
los fenómenos que se vinculaban a él, pero revisaron
su punto de vista enfrentándose a la realidad de los
hechos, se puede citar al juez Edmonds, James Mapes
(profesor de física), Cesare Lombroso… El mismo Allan
Kardec no veía en las manifestaciones de mesas giratorias
más que “un cuento chino”. Y este es un dato
importante: ellos no buscaban de entrada demostrar
a priori una opinión o confirmar una hipótesis filosófica.
Sus conclusiones fueron fruto de un razonamiento
lógico que se apoya en un largo trabajo de observación
y experimentación. No es casualidad que el espiritismo
haya nacido en plena época positivista. En todas las
épocas y en todas las civilizaciones se han relatado
hechos calificados de sobrenaturales, que han dado
lugar a diferentes interpretaciones, creencias, religiones
o supersticiones. Su análisis en gran número, efectuado
gracias al método científico, llamado “materialista”, ha
dado a luz el espiritismo y se puede afirmar que contrariamente
al materialismo, el espiritualismo ha sido
demostrado científicamente.
De estas observaciones científicas se han desprendido
consecuencias filosóficas. Tampoco han sido datos
prefabricados. La filosofía espírita es la conclusión
de un trabajo de investigación de los mecanismos y
las leyes que rigen la mediumnidad luego de análisis,
comparación y cotejo de las comunicaciones obtenidas
a través de una multitud de médiums. Sus conclusiones
no surgen de intuiciones emanadas de un solo hombre,
sino del diálogo con la diversidad de espíritus que
pueblan el más allá. Además, la prueba de la existencia
de los espíritus es completamente intelectual. En efecto,
propongan a varias personas no médiums que hagan
escritura automática y descarguen por ese medio su
inconsciente, dudo mucho que un día puedan llegar a
un sistema filosófico complejo, inteligente y coherente,
confrontando los resultados obtenidos. Si esta prueba
no es material, no es por ello menos espectacular.
El espiritismo, trazo entre la ciencia y la filosofía
Sin embargo, esta revolución intelectual y espiritual
parece haber pasado desapercibida a los ojos de
la historia, y sin duda, supone para el pensamiento
humano un choque del mismo orden que el que tuvo
lugar en el Renacimiento. Es decir, que no compromete
al hombre únicamente en su racionalidad, sino
igualmente en su afectividad, lo toca, lo vuelve a cuestionar
colectivamente, pero también personalmente,
en su forma de percibir el mundo y de percibirse a sí
mismo. Las relaciones tan pasionales y esta defensa tan
fuerte del materialismo se basan en el hecho de que el
pensamiento científico con el cual se ha confundido,
ha permitido la emancipación social de los individuos
liberándolos de las desigualdades justificadas por
el derecho divino. Ya al principio, Demócrito, por su
concepción materialista, trataba de liberar al hombre
del miedo a los Dioses y estimularlo a responsabilizarse,
y si ese rechazo a la existencia de una causa primera es
todavía tan fuerte hoy, es porque está acompañado
por una viva emoción de rebelión frente a las injusticias
que esta concepción ha servido, y sirve aún, para
justificar. En un arranque emocional de rechazo, todas
las corrientes espiritualistas de pensamiento, llamadas
“trascendentes”, que designan realidades completamente
diferentes, se amalgaman. De esta manera el
espiritismo se asocia a la mitología, a las supersticiones,
a las religiones y se encuentra reducido a una caricatura
vinculada a su nacimiento: las mesas giratorias.
En general, proponer la existencia de Dios nos vuelve
a enviar automáticamente a una posición reaccionaria,
medieval, si es que no es vista con condescendencia
como una necesidad de aferrarse a cualquier cosa.
Sin embargo, la noción de Dios propuesta por el espiritismo
está vinculada con la filosofía, es decir con la
reflexión y desemboca en consecuencias humanistas y
progresistas.
El espiritismo nos enseña que la evolución es larga,
lenta y difícil. Y si bien la revolución científica ha permitido
un progreso moral, el materialismo no ha puesto
fin a los mecanismos de dominación que rigen las
relaciones humanas. Así como hay que denunciar los
abusos de la religión, no hay que olvidar denunciar los
abusos del materialismo. Los religiosos católicos se han
servido del mensaje de igualdad y fraternidad de Jesús
para asentar su poder, los materialistas de hoy se sirven
de la ciencia, instrumento de objetividad, para imponer
su subjetividad, su creencia en un mundo sin objetivos.
Así como era herético cuestionar la existencia de Dios,
desde ahora es oscurantista proponer su existencia.
Tratando absolutamente de reducir al hombre a un
conjunto de reacciones físicas y químicas, el materialismo
hace, implícita y moralmente aceptable la explotación
del hombre puesto que no es sino una máquina.
Igualmente vuelve políticamente correctas las injusticias
y dominaciones de todo género. Ha permitido, por
ejemplo, el nacimiento de teorías dudosas como la del
“darwinismo social”.
Nuestro objetivo no es imponer nuestra visión del
mundo, no hacemos sino dar testimonio, a quien
quiera escucharlo, de que la muerte no existe, basta
con examinar los trabajos de los precursores del espiritismo
para convencerse. Esta verdad tiene consecuencias
sociales. Retirando al hombre su alma, se le retira
su humanidad y es este el sentido de nuestra lucha.

martes, 23 de octubre de 2012






DESDOBLAMIENTO INVOLUNTARIO
PERO CONSCIENTE


El sujeto es un joven de unos treinta años,      artista grabador de gran talento.(1)
1 Dr. Gibier, Analyse des Choses.
“Hace pocos días —me dijo— regresaba a mi casa, por la noche, hacia las diez, cuando me sobrecogió un sentimiento de laxitud extraño que no me expliqué. Decidido, sin embargo, a no acostarme en seguida, encendí la luz y la dejé sobre la mesa de noche, cerca de mi cama. Tomé un cigarro y lo encendí, di algunas chupadas y me tendí en una butaca.
“En el momento en que me tendí, recostándome para apoyar la cabeza sobre el cojín, sentí que los objetos que me rodeaban daban vueltas; experimenté como un aturdimiento, una sensación de vacío; luego, bruscamente, me encontré transportado en mitad del cuarto. Sorprendido de aquel desplazamiento del que no había tenido conciencia, miré en derredor mío y mi asombro creció considerablemente al verme separado de mi cuerpo.
“Ante todo, me hallé tendido apaciblemente, sin rigidez; sólo mi mano izquierda se encontraba elevada sobre mí, con el codo apoyado y sujetando en la mano el cigarro encendido, cuyo resplandor se veía en la penumbra producida por la pantalla de mi lámpara. La primera idea que se me ocurrió fue la de que, sin duda, me había dormido y que lo que experimentaba era el resultado de un sueño. No obstante, me confesé que jamás había tenido uno semejante, ni que tanto se asemejase a la realidad como aquel. Diré más.
Tuve la impresión de que nunca había estado tanto en la realidad. Así, dándome cuenta de que no podía tratarse de un sueño, el segundo pensamiento que se presentó de súbito a mi mente fue que yo estaba muerto. Y, al mismo tiempo, recordé haber oído decir que hay espíritus y me imaginé que me había convertido en uno de ellos.
Todo lo que sabía sobre este asunto se desarrolló extensamente, en menos tiempo que es preciso para pensarlo, delante de mi vista interior. Recuerdo muy bien que me sobrecogía una especie de angustia y de pesar por las cosas inacabadas; la vida se me representó como una fórmula... “Me aproximé a mí, o más bien a mi cuerpo, o a lo que yo creía era mi cadáver.
Un espectáculo, que de momento no comprendí, llamó mi atención; me vi respirando; pero, además, vi el interior de mi pecho; mi corazón latía débilmente, pero con regularidad.
En aquel momento comprendí que debía tener un síncope, como los que no recuerdan lo que les ha sobrevenido durante su desvanecimiento. Y entonces temí no acordarme de lo que me estaba ocurriendo, al recobrar los sentidos. “Sintiéndome un poco tranquilizado, dirigí la mirada a mi alrededor, preguntándome cuánto tiempo iba a durar aquello; luego no me ocupé más de mi cuerpo, del otro yo, que descansaba en la butaca.
Miré mi lámpara, que continuaba ardiendo silenciosamente, y me hice la siguiente reflexión: que estaba muy cerca  de mi cama y podía comunicar el fuego a las cortinas; cogí la llave de la mecha para apagarla, pero, nueva sorpresa para mí; sentía perfectamente la llave con su muelle; percibía, por decirlo así, todas sus moléculas, pero en vano la hacía girar mis dedos; éstos sólo ejecutaban el movimiento, era inútil ejercer presión sobre la llave.
“Me examiné entonces a mí mismo, y vi que aunque mi mano pudiese pasar a través de mí, sentía bien el cuerpo, que me pareció, si mi memoria sobre este punto no me es infiel, como revestido de blanco.
Después me coloqué delante del espejo, frente a la chimenea. En lugar de ver mi imagen reflejada en el cristal, me di cuenta de que mi vista parecía extenderse a voluntad, y la pared, después la parte posterior de los cuadros y de los muebles de casa de mi vecino, y seguidamente el interior de su aposento, aparecieron a mi vista.
Me di cuenta de la falta de luz en aquellas piezas en las que, sin embargo, veía, y distinguí muy claramente como un rayo de claridad que, partiendo de mi epigastrio, iluminaba los objetos. “Me vino la idea de penetrar en casa de mi vecino, a quien, por otra parte, no conocía, y que estaba ausente de París en aquel momento. Apenas tuve deseos de visitar la primera pieza, cuando me encontré transportado, ¿cómo? No lo sé, pero me parece que debí atravesar la pared con la misma facilidad que mi vista la penetraba.
En una palabra; estaba en casa de mi vecino por primera vez en mi vida. Inspeccioné los cuadros, me grabé su aspecto en la memoria, y me dirigí hacia la biblioteca, en la cual observé, muy particularmente, varios títulos de obras colocadas en la misma hilera a la altura de mis ojos.
“Para cambiar de lugar, no tenía más que quererlo, y sin es fuerzo, me encontraba en el sitio adonde quería ir. “A partir de aquel momento, mis recuerdos son muy confusos;
 “Lo que puedo añadir, para terminar, es que me desperté a las cinco de la mañana, rígido, frío, sobre el sofá y teniendo aún el cigarro sin terminar entre los dedos. La lámpara estaba apagada; se había hacinado el tubo.
 Me metí en la cama, sin poder dormir, y me sentí agitado por un escalofrío. Por fin me vino el sueño; cuando me desperté era pleno día: “Mediante una inocente estratagema, induje a mi portero a ver la habitación de mi vecino, y subiendo con él pude ver los cuadros en su sitio, lo mismo que los muebles, así como los libros que había observado atentamente; todo lo que yo había visto la noche precedente. “Me guardé bien de hablar de esto a nadie, por el temor de pasar por loco o alucinado.”
Este relato es eminentemente instructivo. Primero prueba que esta exteriorización del alma no es resultado de una alucinación o recuerdo de un sueño, porque la visión de la habitación vecina, que el grabador no conocía, y en la cual ha penetrado por primera vez durante este estado particular es perfectamente real. En segundo lugar, comprobamos que el alma, cuando está desprendida del cuerpo, posee una forma definida y el poder de pasar a través de los obstáculos materiales, sin experimentar resistencia, bastando su voluntad para transportarla al lugar en que desea encontrarse. En tercer lugar, tiene una vista más penetrante que en el estado normal, puesto que el joven veía latir su razón a través de su pecho.(1)
(1) ¿No es comparable esta visión a la de los sonámbulos? ¿Y no tenemos razón al atribuirla al alma?
La conservación del recuerdo de los acontecimientos sobrevenidos durante el desdoblamiento es en este caso muy clara; pero puede ser mucho menos viva, y entonces el agente, al despertarse, no sabrá si ha soñado, o si su alma ha abandonado su envoltura física; en fin, lo más frecuente es que el espíritu olvide, al entrar de nuevo en su cuerpo, lo que ha pasado durante el desprendimiento.
Hay que guardarse bien de deducir —como se hace demasiado frecuentemente— que esta salida es una manifestación inconsciente del alma; la verdad es que es sencillamente la memoria de este fenómeno la que ha desaparecido; pero mientras se ejecutaba, el alma tenía perfecto conocimiento de él.
Hagamos una última observación a propósito de la imposibilidad para el joven grabador de dar vueltas a la llave de su lámpara, por más que percibía, por decirlo así, su textura íntima. Esta impotencia, que es común a todos los espíritus, depende de la rarefacción del periespíritu; pero puede suceder también que, gracias a un influjo de energía tomado del cuerpo material, la envoltura fluídica adquiera un grado suficiente de sustancialidad para obrar sobre objetos materiales.
La aparición de la madre de Elena tenía esta sustancialidad. Parangonando este relato con el de Cromwell Varley, se comprueba claramente que el alma desprendida del cuerpo goza de las ventajas de la vida espiritual. No son teorías; es la comprobación pura y simple de los hechos. Hasta ahora las apariciones, llamadas telepáticas, de que acabamos de hablar, no han revelado nada acerca de su naturaleza íntima; salvo los movimientos que ejecutan y las puertas que parecen abrir y cerrar a voluntad, se las tomaría por seres verdaderamente inmateriales.

Gabriel Delanne
Extraído del libro "Alma inmortal"


Adaptación: Oswaldo E. Porras Dorta

lunes, 22 de octubre de 2012

 
ERNESTO BOZZANO

EL PERIESPÍRITU 
Y LOS MIEMBROS FANTASMAS
C
arlos Bernardo Loureiro

El profesor Ernesto Bozzano, en su libro "Desdoblamiento - Fenómenos de Bilocación", se refiere a la idea de integridad en los amputados que experimentan la sensación perfecta de la existencia de la parte del cuerpo que les fue retirada.

En su obra, Bozzano invoca el testimonio de notables fisiólogos, entre los cuales figuran Weir Mitchell, Bernstein y Pitres, que así se manifestaron sobre este importante asunto:

“Las ilusiones de los amputados son  un hecho normal;...”

En efecto, para Piset, que realizó sus investigaciones con soldados de la primera guerra, entre 450 amputados solamente 14 no presentaron el fenómeno de miembro fantasma. La ilusión solamente faltaba en uno cada 30 casos. Casi siempre la ilusión sobrevenía luego de la cirugía; incluso, algunas veces ocurría más tarde, pero siempre en un tiempo bastante próximo.
El profesor William James, Psicólogo, investigó seriamente en ese campo llegando a notables y lúcidas conclusiones, que corroboran aquellas otras hasta entonces afirmadas.
 El profesor James, en sus trabajos, hace referencia a un trecho de una obra del fisiólogo A. Valentim, según el cual se puede admitir que "las sensaciones de integridad” también existe en los casos de deformaciones congénitas de miembros, como por ejemplo:
"Cierta joven de 15 años y un hombre de 40, los cuales sólo poseían una mano normal, ya que la otra presentaba, en lugar de los dedos, ligeras prominencias carnosas, sin huesos, y tenían la sensación precisa de doblar los dedos inexistentes todas las veces que doblaban el muñón informe”.

El profesor Bozzano fue aún más adelante en sus investigaciones sobre los "miembros fantasmas", añadiendo:
“Me resta, demostrar que se llegó también a obtener una  fotografía  del  brazo  fluídico  de un amputado y eso gracias al magnetizador Alphonse Bouvier.

En el ‘Journal du Magnétisme’, julio de 1917, Bouvier publicó la larga relación sobre el modo por el cual llegó a fotografiar un miembro amputado, relación  ilustrada con un buen cliché donde aparece la sombra fluídica de un brazo ausente’, y, diríamos, la presencia de la ausencia”

En los libros: "Gestalt Psychology” (N. Y., 1950) de F. Katz, y "Phantoms in Patients with Leprosy and Elderly Digital Amputers" (N. Y., 1956), de P. Simmel, son relatados casos referentes a amputaciones normales y de miembros en los leprosos.
De acuerdo con las observaciones de los investigadores, los pacientes, después de la amputación de brazos y de piernas, comenzaron a constatar la presencia de la parte amputada, llegando a moverla y a sentir hormigueo en aquel lugar. Y aún más: la percepción puede durar, no sólo largo tiempo, sino también toda la vida.
F. Katz, por su parte, afirma: "Si una persona, con una pierna amputada, llega a una pared, ella parece atravesarla... la ley de la impenetrabilidad de la materia juzgo que no se aplica a este caso”.
Por otro lado, la declaración de P. Simmel no es menos valiosa, cuanto a comprobado la existencia del “periespíritu”: "después de mis experiencias con leprosos, verifiqué que la pérdida gradual de las partes del cuerpo por absorción, por ser lenta y demorada, no produce fantasmas, y lo más notable es que, en una amputación de restos de dedos y pies, estos se reproducen no como las partes que había, pero, sí, perfectas, esto es, como antes de la absorción”.

Cuenta un hecho interesante: "(....) cuando se despertó de la anestesia, procuró agarrarse el pié. La sensación de existencia del miembro amputado persistía, y el paciente olvidándose, intentó pisar y cayó. Decía más tarde, que podía movilizar los dedos fantasmas.

No teniendo en este punto nada más que agregar, a pesar de ser autoridades en su especialidad, ciertos fenómenos escapan del dominio de su raciocinio, ya que se colocan, apenas, al nivel de la materia tangible, sensorial.
 
      Más allá de las experiencias supracitadas,  surgen  otras  más sorprendentes y que vienen a ratificar a este espírita que "las sensaciones, emociones e impulsos no se localizan en el cerebro, como quieren los fisiólogos y psicólogos, y, sí, en el Espíritu”.

En la obra "Espiritismo Dialéctico” (1960), del pensador espírita argentino Manuel S. Porteiro, encontramos hechos asombrosos para los psicólogos, mostrando, claramente, que los individuos con lesiones graves, incluso en los centros nerviosos, continúan comportándose naturalmente:

 1) Caso presentado en la Academia de Ciencias de Paris por el Dr. Aguepin, el 24 de Marzo de 1945: "Después de operar un soldado que había perdido enorme parte del hemisferio cerebral izquierdo (sustancia cortical y blanca, núcleos centrales etc. ), comprobó que el mismo continuó con su comportamiento normal, a despecho de las lesiones y pérdidas de circunvoluciones básicas para las funciones esenciales”.

 2) Tamto Lisboa, llamado el Lusitano, publicó, en su libro "Práctica Médica”, de finales del siglo XVI, el siguiente caso: "Un niño de 10 años recibió un fuerte golpe en el cráneo, que cortó el hueso y la membrana meníngea, con pérdida de masa encefálica.

Al contrario de lo esperado, la herida cicatrizó. Tres años después, moría hidrocéfalo. El cráneo fue abierto y, para espanto de los médicos, no se encontró el cerebro: en su lugar había líquido. Ese hecho fue considerado extraordinario, pues el niño vivió durante tres años en esta situación con  plenitud de sus facultades psíquicas”.

Para explicar éste y otros casos análogos, los materialistas recurren a la hipótesis del fisiólogo francés Pierre Flourens, según el cual un hemisferio cerebral podrá suplir la falta de otro. Y qué dirán en cuanto a la ausencia total de la masa encefálica? Ahí es que el materialismo se ve obligado a ceder terreno a la Ciencia Espírita y, no sólo en esos fenómenos, sino también en otros, estudiados por la Psicología de manera carente o insatisfactoria, como, por ejemplo, la doble personalidad.

Con el Espiritismo, se puede llegar a una conclusión: ir más allá e interpretar lo inexorable, esto es porque la respuesta está en nosotros mismos, en el conocimiento de la esencia del ser humano y de las partes en que está compuesto.

Jornal Mundo Espírita” Octubre de 1998
Traducción Dra. Claudia M. Maglio-Esteban


       Adaptación: Oswaldo E. Porras Dorta

domingo, 21 de octubre de 2012

El capítulo 23: Huellas Dactilares de los Espíritus de los Muertos - Nandor Fodor


El capítulo 23: Huellas Dactilares de los Espíritus de los Muertos
Historia de la Sra. Margery Crandon
- Nandor Fodor-
¡E
l gran misterio de las huellas digitales! Las palabras que encabezan una emocionante historia. Pero no es de ficción. Ésta es una verdadera historia, la más asombrosa del siglo. Es la historia de una mujer que reclama la huella digital de los espíritus de los muertos.
La declaración correcta puede remover a Bertillon en su tumba. Que  Scotland Yard abriera un departamento de huellas digitales en el cielo no es una mala idea. Pero cuando esto viene de una aserción definida, de que la supervivencia de los muertos se puede demostrar por la identificación de las huellas digitales, es perdonado que el lector tenga un principio violento. Él no puede creen en absoluto en la supervivencia. Parece una cosa bastante cierta y es que el cuerpo físico muere ¿Es que el ego que sobrevive conocía algo sobre los pliegues, poros de sudor y cantos papilares de las yemas de sus dedos?¿cómo podría reproducirlos?
¡Esta es la pregunta ¡ ¿Cómo?


Cilindro de succión metapsíquico, invisible e impalpable, fotografiado por lente de cuarzo fundido con Margery Crandon.


Esto parece un hecho establecido por la Sra. Margery Candon, en Boston, al menos en un caso, un muerto reclamó la demostración de la supervivencia impresionando su “ectoplasma” de la huella digital en cera dental. Su nombre era Charles Stanton Hill, un juez del Tribunal de los Estados Unidos, en Boston, miembro del Circulo Margery. Él murió el 2 de septiembre de 1930. Anterior a su muerte, se hizo un registro de huellas digitales de todos los asistentes. Durante la sesión ellos obtuvieron impresiones supernormales en la cera de un espíritu: “Walter”, una entidad que pretendía ser el hermano difunto de Margery. Y esto ocurrió también con una manifestación de un miembro del círculo que había muerto, su supervivencia podía ser demostrada.

El juez Hill fue el primero en aparecer. Seis semanas después de su muerte pretendió comunicarse. Mientras las manos de la médium fueron sujetadas con estricto control el pulgar del fantasma realizó tres impresiones. El Sr. J.W. Fyfe, un experto en huellas digitales de Boston, examinó con cuidado las copias. Él las encontró perfectamente idénticas a las copias hechas por el Juez Hill durante su vida.

Los hechos no han sido cambiados. La evidencia apareció perfectamente. Pero los acontecimientos en la habitación durante la sesión de espiritualismo fueron tan extraños y discrepan tanto con las creencias científicas aceptadas que ninguna cantidad de pruebas podría despertar al mundo ante las conclusiones importantes.

Desde 1926 Walter ha estado entregando cientos de copias de sus dedos fantasmales. Entre los que atestiguaron la recepción supernormal de estas impresiones estaba el Dr. Robin J. Tillyard, principal  Entomólogo de la Mancomunidad Británica de Australia. Él las obtuvo con  Margery, bajo condiciones que no podían ser mejoradas. Por otra parte, los dedos humanos solamente podían impresionar en negativo. Pero Walter, el fantasma, podía producir el repliegue de la cuarta hipotética dimensión, positiva, reflejando el negativo e impresionando en positivo. Él también podía ampliarlos para que apareciera un pulgar gigante. Su ingenio en la idealización de estos experimentos era simplemente inagotable.


El 16 de febrero de 1932, en presencia del Sr. William H. Button, el Presidente de la Sociedad Americana para la Investigación Psíquica, hizo una impresión del pulgar dentro de una caja pesada cerrada y que no podía ser abierta sin que fuera evidente que se abría. Ante dos científicos y un experto en dactiloscopía él demostró su hazaña una y otra vez.


Pero las copias solamente eran propias del testimonio de Walter. Se encontraron sus huellas en una navaja de afeitar, la cual usó cuando estaba en vida, apareció la huella parcialmente. Pero esto no era suficiente para su identificación.

Algún tiempo después del incidente de Hill, fue descubierto que una huella digital no puede ser la evidencia infalible de la identidad de un fantasma. En julio de 1913, Walter produjo las huellas del pulgar del Sr. Oliver Lodge, quien por entonces, estaba en Inglaterra a 3.000 millas de distancia. Las copias fueron enviadas a Inglaterra. El Sr. Bell, de Scotland Yard, hizo un examen cuidadoso y declaró que eran idénticas a las copias del Sr. Oliver.


Diecinueve de tales copias fueron entregadas en Boston por Walter sin que el Sr. Oliver Lodge tuviera la menor idea de que sus huellas digitales fueron “ tomadas prestadas” por este ingenioso fantasma. Ningún molde puede ser hecho de una huella digital de dos dimensiones. Un experto tendría poca dificultad en reconocer una huella digital si está hecha con un molde. Si entonces, las huellas digitales de un hombre vivo pueden ser “robadas” por gente que ha sobrevivido, no puede ser demostrado que las huellas digitales sean únicas. Así que parecía que no había ningún límite para la versatilidad de Walter.


El 9 de marzo de 1932, él hizo una impresión de “ un niño aún no nacido, que esperaba cierta familia”. Esto fue la impresión del pie del bebé. Walter dio los nombre de “Mary Jane" y "Mary and Jane". El bebé nació, pero lamentablemente por motivos de la familia fue imposible obtener la verificación.


Poco después una bomba explotó, los temblores fueron registrados en todas partes del mundo psíquico.

Sr. E. E. Dudley, como principal de las sesiones de Espiritualismo de Crandon, durante años, anunció que las huellas del pulgar de Walter producidas en cera dental eran idénticas a las del Sr. X. de Boston, el dentista de Margery. Para confirmar esta alarmante situación, él apeló a los expertos en huellas digitales de la Policial del Estado de Massachusetts, como a la Oficina de Identificación Criminal de la Ciudad de Nueva York. Los expertos convinieron que los pulgares derechos eran el mismo en los dos casos de Walter y del dentista, pero que él izquierdo era diferente.

La diferencia en los dibujos que el Sr. Dudley encontró en las huella digitales concluyó que los dos hombres no son el mismo, por lo tanto él no era Walter. No hizo ninguna pregunta sobre su formación supernormal ya que no tendría que haberlo hecho, porque llevaba atestiguando el hecho durante años. Pero la investigación ordenada por el Sr. W. H. Button fue llevada durante un largo periodo de tiempo. El Dr. Walter Franklin Price, el Director de la Sociedad de Investigación Psíquica de Boston, se precipitó a decir que ello había sido producido mediante fraude.

El compromiso pareció ser demasiado precipitado cuando, a finales de 1933, el anhelado informe de la Sociedad Americana para la Investigación Psíquica con 300 fotografías salió a la luz. Es un monumento de estudio paciente y cuidadoso. Fue presentado por el Sr. Brackett K. Thorogood antiguo instructor en el departamento de Ingienería Mecánica de Harvard, Director de Franklin Union y Consultor de la Sociedad Americana para la Investigación Psíquica. El desechó el trabajo de muchos años,  comenzó de nuevo y dice que estableció sin ninguna sombra de duda que :

1.- No hay ninguna evidencia de fraude, engaño o empleo de cualquier mecanismo normal que tenga que ver con la producción de los fenómenos de huellas digitales de Walter durante las sesiones de Espiritualismo.

2.- Los fenómenos de Walter, definitivamente son demostrados por la evidencia y son de carácter supernormal.

3.-  Walter no enseña la totalidad de sus manos, solamente algunas partes y se demuestra que son diferentes de cualquier persona o personas.


Las fotografías que acompañan el informe son las más impresionantes. Muestran al médium con ambas manos sujetadas, mientras otra mano emitida por su cuerpo está alrededor de su cintura. Ésta era una mano humana viva ya que dio un apretón de manos vigoroso al Dr. Richardson. En vez de dedos, como antes, este hizo impresiones en grandes losas de cera dental, de la palma entera y dedos, para que fuera posible estudiar todas las copias que antes fueron obtenidas. La autenticidad los dedos izquierdos no podía ser reproducidos debido a una cicatriz que cortaba desde el pulgar con un ángulo de 30 grados con la línea de la articulación. Esta cicatriz dijo Walter que fue hecha cuando de muchacho tallaba. De las micro-fotografías de las huellas del pulgar derecho, en la exposición existe diferencias de estructura entre las deltas del dedo derecho de Walter y las deltas del dedo derecho del Doctor X.


Excepto por la acusación de gente de renombre y de la reputación de uno de los fraudes más grandes y descarados del siglo, lo que es cierto es que lejos del hecho del médiumismo físico de Marery, ha soportado las pruebas más ingeniosas que la mente científico a podido idear.


A propósito, tal acusación está implicada en la respuesta del S. P. R. de Boston ( el Boletín XXII), pero la réplica, de agosto , del American S.P.R.  dice lo contrario por la aplastante evidencia, poca esperanza se mantiene para su aceptación, porque incluso de manera general ni los propios investigadores psíquicos están de acuerdo, sino en una apasionada reyerta.

Aún el Gran Misterio de las Huellas digitales es sólo una faceta de la asombrosa personalidad de Margery Crandon. Primero, ella no es una médium profesional. Ella es la esposa del Dr. L. R. G. Crandon, quien era prof. de Cirugía en la Universidad de Medicina en Harvard , durante 16 años y es autor de un manual estándar sobre tratamientos post-operatorio quirurgico. El médiumnismo físico le vino con experimentos emprendidos en su casa, casi en oscuridad, medio en broma. Los fenómenos que sucedieron estaban más allá del poder y control de los asistentes. Ellos trajeron la prueba de la supervivencia humana trayendo misioneros entusiastas para demostrarlo al abusivo y obstinado mundo de la ciencia. Como una epopeya de heroísmo humano poco se puede rivalizar con una historia que ha durado 12 años. Los científicos por lo general prefieren reñir entre ellos antes que alcanzar un veredicto. Pero muchos de ellos descubrieron los horizontes de un nuevo mundo con inmensas vistas de conocimiento. Ninguno de ellos alguna vez ha presentado la prueba final contra la integridad de los Crandons.

Hoy, como consecuencia de las pruebas instrumentales, estupendos hechos golpean las puertas de la ciencia. Ha sido demostrado así como la ciencia es capaz de confirmar que hay algo en ese mundo del Espiritualismo que produce “voz directa” y no es ningún mito, ninguna ilusión de una imaginación febril. B. K. Thorogood construyó una caja cúbica consistente de 7 materiales distintos, forrados por cobre e hierro blando, que pesaba más de 100 libras, completamente insonorizada, cerrada y con candado, conteniendo un micrófono grande, muy sensible, conectado por dos cable que van de la caja a un altavoz que está en una habitación distante. Preguntaron en la habitación si Walter podría hablar por el micrófono de dentro de la caja. Él estuvo de acuerdo. Mientras los asistentes en la habitación donde se hacía la sesión de espiritualismo no oyeron ninguna voz, Walter emitió sus respuestas por el micrófono de la otra habitación, demostrando que tenía su origen dentro de la caja.


Esta era una prueba final concluyente de la independencia de la voz de Walter de la de Margery.


La voz es entera, resonante y masculina; ésta se acerca en la gama, calidad y volumen a la voz humana ordinaria. Éste habla inteligentemente, muestra un gran sentido del humor, las respuestas a las preguntas llevaban el argumento y la conversación iba por el camino que cualquier mortal inteligente habría hecho. La personalidad de Walter es tan humana como la de los asistentes. Él decía que se manifestaba por las fuerzas del organismo de su hermana, Margery. Él no muestra ningún pretexto de santidad y, en ocasiones, jura y maldice en la indignación justificada. Él cogió a Houdini, en el momento de la investigación realizada por Scientific American, en 1923, “resaltando por encima” de Margery, adrede para la Prensa sensacionalista. Usó el lenguaje más temeroso e in publicable que alguna vez se ha emitido desde el  Gran Más Allá. Esto hizo que Houdini se achantara y casi en llanto protestara (1).

(1).- Malcolm Bird: "Margery, the Médium", Londres, 1925.


Walter nunca fingió saber lo que él podía hacer, pero está siempre listo para intentar y aprender.


“No doy ninguna condena sobre el convencimiento del público o de cualquier persona, “ él dijo más de una vez. “Mi público vino aquí porque tienen el gusto de estar con gente y se quedan porque quieren ver trabajar estas cosas malditas.”

Hace unos meses su voz fue difundida en un estudio en Boston, registrada en un gramófono que fue colocado en la habitación de la sesión. Esto comenzó así:

“Está la voz de la oratoria, Walter”

Allí siguió una mezcla de silbidos, amables sin sentidos y desgastadas homilías en verso y prosa. El poema de Longfellow parodiado de esta manera:

"Las vidas de los grandes hombres todas nos son recordadas
Que nosotros podemos tener
Así recordaré esta charla profunda
Y silbaré alguna cosa más."
("Lives of great men all remind us
That we all can be a bore,
So I'll can this deathly chatter
And I'll whistle something more.")


Entonces continuó en serio:

“Mis amigos, he venido por la petición de nuestro grupo, para dejarme oír, el sonido de la voz de un muerto. Hace años, esta situación, la de hablar, habría sido tratada como trabajos del diablo. El Médium habría sido quemado. Usted protesta. Recuerde el primer capítulo de Jeremías, en el verso 19: Te harán la guerra, pero no podrán contigo, pues contigo estoy yo.”

“Muchos de nuestros asistentes han criticado el hecho de que desde el otro lado no le traemos cosas importantes a sus vidas. En realidad, usted conoce todas las cosas que usted debería saber – cosa para vivir mejor y más completo. Las cosas más simples de la vida son las mejores – el amor, el honor y las cosas que van unidas a la humanidad.”

Las pruebas del poder supernormal de Walter son tan variadas que es difícil escoger de un gran número de manifestaciones. Él dijo que tenía instrumentos metafísicos para alcanzar sus intenciones. En uno de estos experimentos de escala, ante Scientific American, un curioso cilindro semitransparente fue fotografiado con una lente de cuarzo, que era sensible a la luz en el espectro del ultravioleta, cuando nada es visible a la vista normal. Esto fue registrado en siete de doce exposiciones de placas fotográficas. La cazuela estaba arriba. La deducción era que el cilindro era una especie de bomba de succión para mantener la cazuela por encima. Entonces la reclamación de Walter reivindicó su consideración científica.

 
El 17 de marzo de 1928, con luz roja y con los ojos cerrados Margery comenzó a escribir en chino. Ella no conoce el chino, ni tampoco los asistentes. El objetivo, como explicó Walter, era manifestar que hay otras inteligencias diferentes a la del médium y de los asistentes. Walter anunció un experimento en “Correspondencia Cruzada” con el Dr. Henry Hardwicke, un médium en las Cataratas del Niagara, a una distancia de 450 millas de Boston. Se avisó a Malcolm Bird de la Oficina de Investigación en la Sociedad Americana para la Investigación Psíquica para que eligiera una oración que debería dar en chino a Hardwicke. Malcom Brid escogió “Una piedra rodante no coge musgo” (A rolling stone gathers no moss)  Apenas había terminado la sesión cuando un telegrama llegó desde las Catarratas del Niagara. Unos días más tarde esto fue publicado con la copia comprobada de la escritura del Dr. Hardwicke. Ésta mostraba una cruz maltesa dentro de un círculo, un rectángulo que incluía el conocido Kung-fu-tze, los símbolos de  Bird y Hill y un dicho chinesco, el significado general era “Un viajante agitador no acumula ningún oro” (A travelling agitator gathers no gold). Otro análisis reveló en la columna izquierda las palabras en chino: “no estoy muerto, Confucio”. El duplicado de esto se encontró en la columna derecha de la escritura de Margery.



Estos experimentos de correspondencia cruzada fueron repetidos por otros médiums que no sabían ni una palabra en chino.


¿Puede aparecer otra conclusión diferente, a la que se dice, las inteligencias fuera de la carne siguen pensado? Para decir que no hay otra solución se debe construir el mayor rompecabezas que alguna vez ha tenido el hombre que completar.



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sábado, 20 de octubre de 2012

RECORD: Darwin, C. R. and A. R. Wallace. 1858. On the tendency of species to form varieties; and on the perpetuation of varieties and species by natural means of selection. Journal of the Proceedings of the Linnean Society of London. Zoology 3 (20 August): 46-50.
REVISION HISTORY: Digitized and edited by John van Wyhe 2001-8, textual corrections by Sue Asscher 1.2007. Reproduced from Darwin Online. RN7
NOTE: See the bibliographical introduction by R. B. Freeman.
See a whole collection of materials including reviews of this publication and accounts by contemporaries here.

[page] 45
On the Tendency of Species to form Varieties; and on the Perpetuation of Varieties and Species by Natural Means of Selection. By CHARLES DARWIN, Esq., F.R.S., F.L.S., & F.G.S., and ALFRED WALLACE, Esq. Communicated by Sir CHARLES LYELL, F.R.S., F.L.S., and J. D. HOOKER, Esq., M.D., V.P.R.S., F.L.S, &c.1
[Read July 1st, 1858.]
London, June 30th, 1858.    
MY DEAR SIR,—The accompanying papers, which we have the honour of communicating to the Linnean Society, and which all relate to the same subject, viz. the Laws which affect the Production of Varieties, Races, and Species, contain the results of the investigations of two indefatigable naturalists, Mr. Charles Darwin and Mr. Alfred Wallace.
These gentlemen having, independently and unknown to one another, conceived the same very ingenious theory to account for the appearance and perpetuation of varieties and of specific forms on our planet, may both fairly claim the merit of being original thinkers in this important line of inquiry; but neither of them having published his views, though Mr. Darwin has for many years past been repeatedly urged by us to do so, and both authors having now unreservedly placed their papers in our hands, we think it would best promote the interests of science that a selection from them should be laid before the Linnean Society.
Taken in the order of their dates, they consist of:—
1. Extracts from a MS. work on Species*, by Mr. Darwin, which was sketched in 1839, and copied in 1844,2 when the copy was read by Dr. Hooker,3 and its contents afterwards communicated to Sir Charles Lyell. The first Part is devoted to "The Variation of Organic Beings under Domestication and in their Natural State;" and the second chapter of that Part, from which we propose to read to the Society the extracts referred to, is headed, "On the Variation of Organic Beings in a state of Nature; on the Natural Means of Selection; on the Comparison of Domestic Races and true Species."
2. An abstract of a private letter addressed to Professor Asa Gray, of Boston, U.S., in October4 1857, by Mr. Darwin, in which
* This MS. work was never intended for publication, and therefore was not written with care.—C. D. 1858.
1 Darwin's theory of evolution by natural selection was first published in this paper. It, together with the essay by the naturalist and collector Alfred Russel Wallace (1823-1913), were read in the absence of both authors at a meeting of the Linnean Society on 1 July 1858. Both Charles Lyell and Joseph Dalton Hooker were present. See Correspondence vol. 7. Darwin later published his evolutionary views more fully in Origin (1859). The entire article was reprinted as: Three papers on the tendency of species to form varieties; and on the perpetuation of varieties and species by natural means of selection. Zoologist 16 (1858): 6263-6308.
2 This manuscript, CUL-DAR7.(1-189), was later published in Foundations.
3 Hooker seems to have first read the Essay in January 1847. See Correspondence vol. 4, p. 11 note 5.
4 The letter was in fact dated 5 September [1857] as correctly given below.
[page] 46
he repeats his views, and which shows that these remained unaltered from 1839 to 1857.1
3. An Essay by Mr. Wallace, entitled "On the Tendency of Varieties to depart indefinitely from the Original Type."2 This was written at Ternate in February 1858, for the perusal of his friend and correspondent Mr. Darwin, and sent to him with the expressed wish that it should be forwarded to Sir Charles Lyell, if Mr. Darwin thought it sufficiently novel and interesting. So highly did Mr. Darwin appreciate the value of the views therein set forth, that he proposed, in a letter to Sir Charles Lyell, to obtain Mr. Wallace's consent to allow the Essay to be published as soon as possible. Of this step we highly approved, provided Mr. Darwin did not withhold from the public, as he was strongly inclined to do (in favour of Mr. Wallace), the memoir which he had himself written on the same subject, and which, as before stated, one of us had perused in 1844, and the contents of which we had both of us been privy to for many years. On representing this to Mr. Darwin, he gave us permission to make what use we thought proper of his memoir, &c.; and in adopting our present course, of presenting it to the Linnean Society, we have explained to him that we are not solely considering the relative claims to priority of himself and his friend, but the interests of science generally; for we feel it to be desirable that views founded on a wide deduction from facts, and matured by years of reflection, should constitute at once a goal from which others may start, and that, while the scientific world is waiting for the appearance of Mr. Darwin's complete work, some of the leading results of his labours, as well as those of his able correspondent, should together be laid before the public.
We have the honour to be yours very obediently,
CHARLES LYELL.             
JOS. D. HOOKER.             
J. J. Bennett, Esq.,
Secretary of the Linnean Society.3
I. Extract from an unpublished Work on Species, by C. DARWIN, Esq., consisting of a portion of a Chapter entitled, "On the Variation of Organic Beings in a state of Nature; on the Natural Means of Selection; on the Comparison of Domestic Races and true Species."4
De Candolle, in an eloquent passage,5 has declared that all nature is at war, one organism with another, or with external nature.
1 Darwin drafted this memorandum (CUL-DAR6.51) and had a fair copy made by his copyist the school teacher Ebenezer Norman. The fair copy was sent to Asa Gray on 5 September 1857. See Correspondence vol. 6, pp. 445-450. Darwin later sent his draft to Lyell and Hooker in June 1858 for inclusion in this paper. The draft is transcribed in Correspondence vol. 7, appendix III.
2 For Wallace's recollections of writing this essay see Wallace 1905, 1: 358-63.
3 John Joseph Bennett (1801-1875), botanist and assistant keeper of the Banksian herbarium and library at the British Museum, 1827-1858, then keeper, 1858-1870.
4 This was derived from Chapter II of the 1844 essay CUL-DAR7.(1-189).
5 Quoted by Lyell 1837, 2: 131: "All the plants of a given country," says Decandolle in his usual spirited style, "are at war one with another. The first which establish themselves by chance in a particular spot, tend, by the mere occupancy of space, to exclude other species—the greater choke the smaller, the longest livers replace those which last for a shorter period, the more prolific gradually make themselves masters of the ground, which species multiplying more slowly would otherwise fill."
The original reference is from Candolle 1820, p. 384.
[page] 47
Seeing the contented face of nature, this may at first well be doubted; but reflection will inevitably prove it to be true. The war, however, is not constant, but recurrent in a slight degree at short periods, and more severely at occasional more distant periods; and hence its effects are easily overlooked. It is the doctrine of Malthus1 applied in most cases with tenfold force. As in every climate there are seasons, for each of its inhabitants, of greater and less abundance, so all annually breed; and the moral restraint which in some small degree checks the increase of mankind is entirely lost. Even slow-breeding mankind has doubled in twenty-five years; and if he could increase his food with greater ease, he would double in less time. But for animals without artificial means, the amount of food for each species must, on an average, be constant, whereas the increase of all organisms tends to be geometrical, and in a vast majority of cases at an enormous ratio. Suppose in a certain spot there are eight pairs of birds, and that only four pairs of them annually (including double hatches) rear only four young, and that these go on rearing their young at the same rate, then at the end of seven years (a short life, excluding violent deaths, for any bird) there will be 2048 birds, instead of the original sixteen. As this increase is quite impossible, we must conclude either that birds do not rear nearly half their young, or that the average life of a bird is, from accident, not nearly seven years. Both checks probably concur. The same kind of calculation applied to all plants and animals affords results more or less striking, but in very few instances more striking than in man.2
Many practical illustrations of this rapid tendency to increase are on record, among which, during peculiar seasons, are the extraordinary numbers of certain animals; for instance, during the years 1826 to 1828, in La Plata, when from drought some millions of cattle perished, the whole country actually swarmed with mice. Now I think it cannot be doubted that during the breeding-season all the mice (with the exception of a few males or females in excess) ordinarily pair, and therefore that this astounding increase during three years must be attributed to a greater number than usual surviving the first year, and then breeding, and so on till the third year, when their numbers were brought down to their usual limits on the return of wet weather. Where man has introduced plants and animals into a new and favourable country, there are many accounts in how surprisingly few years the whole country has become stocked with them. This increase would
1 Thomas Robert Malthus (1766-1834),  clergyman and political economist, first professor of history and political economy at the East India Company College, Haileybury, 1805-34. He argued that human population growth, unless somehow checked, would necessarily outstrip food production because he believed population growth was geometric (i.e. 1, 2, 4, 8, 16, etc.), whereas food production grows at an arithmetic rate (i.e. 1, 2, 3, 4, 5 etc.). Darwin refers to Malthus 1826. For a recent account of Malthus and Malthusianism in Darwin's context see Winch 2001.
2 Compare with Origin pp. 64-65, and 6th edn p. 80.
[page] 48
necessarily stop as soon as the country was fully stocked; and yet we have every reason to believe, from what is known of wild animals, that all would pair in the spring. In the majority of cases it is most difficult to imagine where the checks fall—though generally, no doubt, on the seeds, eggs, and young; but when we remember how impossible, even in mankind (so much better known than any other animal), it is to infer from repeated casual observations what the average duration of life is, or to discover the different percentage of deaths to births in different countries, we ought to feel no surprise at our being unable to discover where the check falls in any animal or plant. It should always be remembered, that in most cases the checks are recurrent yearly in a small, regular degree, and in an extreme degree during unusually cold, hot, dry, or wet years, according to the constitution of the being in question. Lighten any check in the least degree, and the geometrical powers of increase in every organism will almost instantly increase the average number of the favoured species. Nature may be compared to a surface on which rest ten thousand sharp wedges touching each other and driven inwards by incessant blows.1 Fully to realize these views much reflection is requisite. Malthus on man should be studied; and all such cases as those of the mice in La Plata, of the cattle and horses when first turned out in South America, of the birds by our calculation, &c., should be well considered. Reflect on the enormous multiplying power inherent and annually in action in all animals; reflect on the countless seeds scattered by a hundred ingenious contrivances, year after year, over the whole face of the land; and yet we have every reason to suppose that the average percentage of each of the inhabitants of a country usually remains constant. Finally, let it be borne in mind that this average number of individuals (the external conditions remaining the same) in each country is kept up by recurrent struggles against other species or against external nature (as on the borders of the Arctic regions, where the cold checks life), and that ordinarily each individual of every species holds its place, either by its own struggle and capacity of acquiring nourishment in some period of its life, from the egg upwards; or by the struggle of its parents (in short-lived organisms, when the main check occurs at longer intervals) with other individuals of the same or different species.
But let the external conditions of a country alter. If in a small degree, the relative proportions of the inhabitants will in most cases simply be slightly changed; but let the number of
1 This simile was later used in the first edition of Origin p. 67 but removed from all subsequent editions.
[page] 49
inhabitants be small, as on an island,1 and free access to it from other countries be circumscribed, and let the change of conditions continue progressing (forming new stations), in such a case the original inhabitants must cease to be as perfectly adapted to the changed conditions as they were originally. It has been shown in a former part of this work, that such changes of external conditions would, from their acting on the reproductive system, probably cause the organization of those beings which were most affected to become, as under domestication, plastic. Now, can it be doubted, from the struggle each individual has to obtain subsistence, that any minute variation in structure, habits, or instincts, adapting that individual better to the new conditions, would tell upon its vigour and health? In the struggle it would have a better chance of surviving; and those of its offspring which inherited the variation, be it ever so slight, would also have a better chance. Yearly more are bred than can survive; the smallest grain in the balance, in the long run, must tell on which death shall fall, and which shall survive. Let this work of selection on the one hand, and death on the other, go on for a thousand generations, who will pretend to affirm that it would produce no effect, when we remember what, in a few years, Bakewell2 effected in cattle, and Western3 in sheep, by this identical principle of selection?
To give an imaginary example from changes in progress on an island:—let the organization4 of a canine animal which preyed chiefly on rabbits, but sometimes on hares, become slightly plastic; let these same changes cause the number of rabbits very slowly to decrease, and the number of hares to increase; the effect of this would be that the fox or dog would be driven to try to catch more hares: his organization, however, being slightly plastic, those individuals with the lightest forms, longest limbs, and best eyesight, let the difference be ever so small, would be slightly favoured, and would tend to live longer, and to survive during that time of the year when food was scarcest; they would also rear more young, which would tend to inherit these slight peculiarities. The less fleet ones would be rigidly destroyed. I can see no more reason to doubt that these causes in a thousand generations would produce a marked effect, and adapt the form of the fox or dog to the catching of hares instead of rabbits, than that greyhounds can be improved by selection and careful breeding. So would it be with plants under similar circumstances. If the number of individuals of a species with plumed seeds could be increased by greater powers of dissemination within its own area
1 See Origin pp. 104, 292 and 6th edn pp. 127, 429.
2 Robert Bakewell (1725-1795), prominent farmer and stock breeder at Dishley, Leicestershire.
3 Charles Callis Western (1767-1844), politician, agriculturist and sheep breeder.
4 See Origin p. 90 and 6th edn p. 110.
[page] 50
(that is, if the check to increase fell chiefly on the seeds), those seeds which were provided with ever so little more down, would in the long run be most disseminated; hence a greater number of seeds thus formed would germinate, and would tend to produce plants inheriting the slightly better-adapted down*.
Besides this natural means of selection, by which those individuals are preserved, whether in their egg, or larval, or mature state, which are best adapted to the place they fill in nature, there is a second agency at work in most unisexual animals, tending to produce the same effect, namely, the struggle of the males for the females. These struggles are generally decided by the law of battle, but in the case of birds, apparently, by the charms of their song, by their beauty or their power of courtship, as in the dancing rock-thrush of Guiana. The most vigorous and healthy males, implying perfect adaptation, must generally gain the victory in their contests. This kind of selection,1 however, is less rigorous than the other; it does not require the death of the less successful, but gives to them fewer descendants. The struggle falls, moreover, at a time of year when food is generally abundant, and perhaps the effect chiefly produced would be the modification of the secondary sexual characters, which are not related to the power of obtaining food, or to defence from enemies, but to fighting with or rivalling other males. The result of this struggle amongst the males may be compared in some respects to that produced by those agriculturists who pay less attention to the careful selection of all their young animals, and more to the occasional use of a choice mate.
II. Abstract of a Letter from C. DARWIN, Esq., to Prof. ASA GRAY, Boston, U.S., dated Down, September 5th, 1857.2
1. It is wonderful what the principle of selection by man, that is the picking out of individuals with any desired quality, and breeding from them, and again picking out, can do. Even breeders have been astounded at their own results. They can act on differences inappreciable to an uneducated eye. Selection has been methodically followed in Europe for only the last half century; but it was occasionally, and even in some degree methodically, followed in the most ancient times. There must have been also a kind of unconscious selection from a remote period, namely in
* I can see no more difficulty in this, than in the planter improving his varieties of the cotton plant.—C. D. 1858.
1 Sexual selection, as it was called in Origin p. 88.
2 See Correspondence vol. 6 pp. 445-450. This abstract is Darwin's enclosure to Gray, rather than the letter itself.
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the preservation of the individual animals (without any thought of their offspring) most useful to each race of man in his particular circumstances. The "roguing," as nurserymen call the destroying of varieties which depart from their type, is a kind of selection. I am convinced that intentional and occasional selection has been the main agent in the production of our domestic races; but however this may be, its great power of modification has been indisputably shown in later times. Selection acts only by the accumulation of slight or greater variations, caused by external conditions, or by the mere fact that in generation the child is not absolutely similar to its parent. Man, by this power of accumulating variations, adapts living beings to his wants—may be said to make the wool of one sheep good for carpets, of another for cloth, &c.
2. Now suppose there were a being who did not judge by mere external appearances, but who could study the whole internal organization, who was never capricious, and should go on selecting for one object during millions of generations; who will say what he might not effect? In nature we have some slight variation occasionally in all parts; and I think it can be shown that changed conditions of existence is the main cause of the child not exactly resembling its parents; and in nature geology shows us what changes have taken place, and are taking place. We have almost unlimited time; no one but a practical geologist can fully appreciate this. Think of the Glacial period, during the whole of which the same species at least of shells have existed; there must have been during this period millions on millions of generations.
3. I think it can be shown that there is such an unerring power at work in Natural Selection (the title of my book),1 which selects exclusively for the good of each organic being. The elder De Candolle, W. Herbert,2 and Lyell have written excellently on the struggle for life; but even they have not written strongly enough. Reflect that every being (even the elephant) breeds at such a rate, that in a few years, or at most a few centuries, the surface of the earth would not hold the progeny of one pair. I have found it hard constantly to bear in mind that the increase of every single species is checked during some part of its life, or during some shortly recurrent generation. Only a few of those annually born can live to propagate their kind. What a trifling difference must often determine which shall survive, and which perish!
4. Now take the case of a country undergoing some change. This will tend to cause some of its inhabitants to vary slightly—
1 Darwin never completed this book. Instead he published an 'abstract' of it, i.e. Origin. The first two chapters of the unpublished book became Variation (1868). The following eight and a half chapters were published in 1975 by Robert Stauffer as Natural selection.
2 William Herbert (1778-1847), Dean of Manchester, naturalist, classical scholar and linguist who was known for his work on plant hybridisation.
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not but that I believe most beings vary at all times enough for selection to act on them. Some of its inhabitants will be exterminated; and the remainder will be exposed to the mutual action of a different set of inhabitants, which I believe to be far more important to the life of each being than mere climate. Considering the infinitely various methods which living beings follow to obtain food by struggling with other organisms, to escape danger at various times of life, to have their eggs or seeds disseminated, &c. &c., I cannot doubt that during millions of generations individuals of a species will be occasionally born with some slight variation, profitable to some part of their economy. Such individuals will have a better chance of surviving, and of propagating their new and slightly different structure; and the modification may be slowly increased by the accumulative action of natural selection to any profitable extent. The variety thus formed will either coexist with, or, more commonly, will exterminate its parent form. An organic being, like the woodpecker or misseltoe, may thus come to be adapted to a score of contingences—natural selection accumulating those slight variations in all parts of its structure, which are in any way useful to it during any part of its life.
5. Multiform difficulties will occur to every one, with respect to this theory. Many can, I think, be satisfactorily answered. Natura non facit saltum1 answers some of the most obvious. The slowness of the change, and only a very few individuals undergoing change at any one time, answers others. The extreme imperfection of our geological records answers others.
6. Another principle, which may be called the principle of divergence, plays, I believe, an important part in the origin of species. The same spot will support more life if occupied by very diverse forms. We see this in the many generic forms in a square yard of turf, and in the plants or insects on any little uniform islet, belonging almost invariably to as many genera and families as species. We can understand the meaning of this fact amongst the higher animals, whose habits we understand. We know that it has been experimentally shown that a plot of land will yield a greater weight if sown with several species and genera of grasses, than if sown with only two or three species. Now, every organic being, by propagating so rapidly, may be said to be striving its utmost to increase in numbers. So it will be with the offspring of any species after it has become diversified into varieties, or subspecies, or true species. And it follows, I think, from the foregoing facts, that the varying offspring of each species will try
1 Latin expression meaning 'Nature does not make a leap'. Darwin believed it derived from Linnaeus, see Natural selection p. 354. Linnaeus 1751, Sect. 77 reads:
METHODI NATURALIS Fragmenta studiose inquirenda sunt.
Primum & ultimum hoc in Botanicis desideratum est.
Natura non facit saltus.
Plantae omnes utrinque affinitatem monstrant, uti Territorium in Mappa geographica.
English translation by David Butterfield and David Sedley of Christ's College, Cambridge:
The fragments of natural method are to be closely investigated.
This is the first and last desideratum in botanical studies.
Nature does not make leaps.
All plants show an affinity on either side, like a territory on a geographical map.
See Fishburn 2004, appendix B for a survey of the history of this and similar sayings.
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(only few will succeed) to seize on as many and as diverse places in the economy of nature as possible. Each new variety or species, when formed, will generally take the place of, and thus exterminate its less well-fitted parent. This I believe to be the origin of the classification and affinities of organic beings at all times; for organic beings always seem to branch and sub-branch like the limbs of a tree from a common trunk, the flourishing and diverging twigs destroying the less vigorous—the dead and lost branches rudely representing extinct genera and families.
This sketch is most imperfect; but in so short a space I cannot make it better. Your imagination must fill up very wide blanks.
C. DARWIN.         
III. On the Tendency of Varieties to depart indefinitely from the Original Type. By ALFRED RUSSEL WALLACE.1
One of the strongest arguments which have been adduced to prove the original and permanent distinctness of species is, that varieties produced in a state of domesticity are more or less unstable, and often have a tendency, if left to themselves, to return to the normal form of the parent species; and this instability is considered to be a distinctive peculiarity of all varieties, even of those occurring among wild animals in a state of nature, and to constitute a provision for preserving unchanged the originally created distinct species.
In the absence or scarcity of facts and observations as to varieties occurring among wild animals, this argument has had great weight with naturalists, and has led to a very general and somewhat prejudiced belief in the stability of species. Equally general, however, is the belief in what are called "permanent or true varieties,"—races of animals which continually propagate their like, but which differ so slightly (although constantly) from some other race, that the one is considered to be a variety of the other. Which is the variety and which the original species, there is generally no means of determining, except in those rare cases in which the one race has been known to produce an offspring unlike itself and resembling the other. This, however, would seem quite incompatible with the "permanent invariability of species," but the difficulty is overcome by assuming that such varieties have strict limits, and can never again vary further from the original type, although they may return to it, which, from the
1 Wallace sent a (now lost) letter which Darwin received 18 June 1858 from the Moluccas with this essay enclosed. Wallace described his letter in Wallace 1905, 1: 363. See Correspondence vol. 7. Darwin and Wallace later became loyal friends. For the solution to the much-debated date that Wallace sent the essay, see van Wyhe and Rookmaaker (2012), A new theory to explain the receipt of Wallace's Ternate Essay by Darwin in 1858. Biological Journal of the Linnean Society.
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analogy of the domesticated animals, is considered to be highly probable, if not certainly proved.
It will be observed that this argument rests entirely on the assumption, that varieties occurring in a state of nature are in all respects analogous to or even identical with those of domestic animals, and are governed by the same laws as regards their permanence or further variation. But it is the object of the present paper to show that this assumption is altogether false, that there is a general principle in nature which will cause many varieties to survive the parent species, and to give rise to successive variations departing further and further from the original type, and which also produces, in domesticated animals, the tendency of varieties to return to the parent form.
The life of wild animals is a struggle for existence. The full exertion of all their faculties and all their energies is required to preserve their own existence and provide for that of their infant offspring. The possibility of procuring food during the least favourable seasons, and of escaping the attacks of their most dangerous enemies, are the primary conditions which determine the existence both of individuals and of entire species. These conditions will also determine the population of a species; and by a careful consideration of all the circumstances we may be enabled to comprehend, and in some degree to explain, what at first sight appears so inexplicable—the excessive abundance of some species, while others closely allied to them are very rare.
The general proportion that must obtain between certain groups of animals is readily seen. Large animals cannot be so abundant as small ones; the carnivora must be less numerous than the herbivora; eagles and lions can never be so plentiful as pigeons and antelopes; the wild asses of the Tartarian deserts cannot equal in numbers the horses of the more luxuriant prairies and pampas of America. The greater or less fecundity of an animal is often considered to be one of the chief causes of its abundance or scarcity; but a consideration of the facts will show us that it really has little or nothing to do with the matter. Even the least prolific of animals would increase rapidly if unchecked, whereas it is evident that the animal population of the globe must be stationary, or perhaps, through the influence of man, decreasing. Fluctuations there may be; but permanent increase, except in restricted localities, is almost impossible. For example, our own observation must convince us that birds do not go on increasing every year in a geometrical ratio, as they would do, were there not
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some powerful check to their natural increase. Very few birds produce less than two young ones each year, while many have six, eight, or ten; four will certainly be below the average; and if we suppose that each pair produce young only four times in their life, that will also be below the average, supposing them not to die either by violence or want of food. Yet at this rate how tremendous would be the increase in a few years from a single pair! A simple calculation will show that in fifteen years each pair of birds would have increased to nearly ten millions! whereas we have no reason to believe that the number of the birds of any country increases at all in fifteen or in one hundred and fifty years. With such powers of increase the population must have reached its limits, and have become stationary, in a very few years after the origin of each species. It is evident, therefore, that each year an immense number of birds must perish—as many in fact as are born; and as on the lowest calculation the progeny are each year twice as numerous as their parents, it follows that, whatever be the average number of individuals existing in any given country, twice that number must perish annually,—a striking result, but one which seems at least highly probable, and is perhaps under rather than over the truth. It would therefore appear that, as far as the continuance of the species and the keeping up the average number of individuals are concerned, large broods are superfluous. On the average all above one become food for hawks and kites, wild cats and weasels, or perish of cold and hunger as winter comes on. This is strikingly proved by the case of particular species; for we find that their abundance in individuals bears no relation whatever to their fertility in producing offspring. Perhaps the most remarkable instance of an immense bird population is that of the passenger pigeon of the United States, which lays only one, or at most two eggs, and is said to rear generally but one young one. Why is this bird so extraordinarily abundant, while others producing two or three times as many young are much less plentiful? The explanation is not difficult. The food most congenial to this species, and on which it thrives best, is abundantly distributed over a very extensive region, offering such differences of soil and climate, that in one part or another of the area the supply never fails. The bird is capable of a very rapid and long-continued flight, so that it can pass without fatigue over the whole of the district it inhabits, and as soon as the supply of food begins to fail in one place is able to discover a fresh feeding-ground. This example strikingly shows us that the procuring a constant supply
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of wholesome food is almost the sole condition requisite for ensuring the rapid increase of a given species, since neither the limited fecundity, nor the unrestrained attacks of birds of prey and of man are here sufficient to check it. In no other birds are these peculiar circumstances so strikingly combined. Either their food is more liable to failure, or they have not sufficient power of wing to search for it over an extensive area, or during some season of the year it becomes very scarce, and less wholesome substitutes have to be found; and thus, though more fertile in offspring, they can never increase beyond the supply of food in the least favourable seasons. Many birds can only exist by migrating, when their food becomes scarce, to regions possessing a milder, or at least a different climate, though, as these migrating birds are seldom excessively abundant, it is evident that the countries they visit are still deficient in a constant and abundant supply of wholesome food. Those whose organization does not permit them to migrate when their food becomes periodically scarce, can never attain a large population. This is probably the reason why woodpeckers are scarce with us, while in the tropics they are among the most abundant of solitary birds. Thus the house sparrow is more abundant than the redbreast, because its food is more constant and plentiful,—seeds of grasses being preserved during the winter, and our farm-yards and stubble-fields furnishing an almost inexhaustible supply. Why, as a general rule, are aquatic, and especially sea birds, very numerous in individuals? Not because they are more prolific than others, generally the contrary; but because their food never fails, the sea-shores and river-banks daily swarming with a fresh supply of small mollusca and crustacea. Exactly the same laws will apply to mammals. Wild cats are prolific and have few enemies; why then are they never as abundant as rabbits? The only intelligible answer is, that their supply of food is more precarious. It appears evident, therefore, that so long as a country remains physically unchanged, the numbers of its animal population cannot materially increase. If one species does so, some others requiring the same kind of food must diminish in proportion. The numbers that die annually must be immense; and as the individual existence of each animal depends upon itself, those that die must be the weakest—the very young, the aged, and the diseased,—while those that prolong their existence can only be the most perfect in health and vigour—those who are best able to obtain food regularly, and avoid their numerous enemies. It is, as we commenced by remarking, "a struggle for existence," in
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which the weakest and least perfectly organized must always succumb.
Now it is clear that what takes place among the individuals of a species must also occur among the several allied species of a group,—viz. that those which are best adapted to obtain a regular supply of food, and to defend themselves against the attacks of their enemies and the vicissitudes of the seasons, must necessarily obtain and preserve a superiority in population; while those species which from some defect of power or organization are the least capable of counteracting the vicissitudes of food, supply, &c., must diminish in numbers, and, in extreme cases, become altogether extinct. Between these extremes the species will present various degrees of capacity for ensuring the means of preserving life; and it is thus we account for the abundance or rarity of species. Our ignorance will generally prevent us from accurately tracing the effects to their causes; but could we become perfectly acquainted with the organization and habits of the various species of animals, and could we measure the capacity of each for performing the different acts necessary to its safety and existence under all the varying circumstances by which it is surrounded, we might be able even to calculate the proportionate abundance of individuals which is the necessary result.
If now we have succeeded in establishing these two points—1st, that the animal population of a country is generally stationary, being kept down by a periodical deficiency of food, and other checks; and, 2nd, that the comparative abundance or scarcity of the individuals of the several species is entirely due to their organization and resulting habits, which, rendering it more difficult to procure a regular supply of food and to provide for their personal safety in some cases than in others, can only be balanced by a difference in the population which have to exist in a given area—we shall be in a condition to proceed to the consideration of varieties, to which the preceding remarks have a direct and very important application.
Most or perhaps all the variations from the typical form of a species must have some definite effect, however slight, on the habits or capacities of the individuals. Even a change of colour might, by rendering them more or less distinguishable, affect their safety; a greater or less development of hair might modify their habits. More important changes, such as an increase in the power or dimensions of the limbs or any of the external organs, would more or less affect their mode of procuring food or the range of
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country which they inhabit. It is also evident that most changes would affect, either favourably or adversely, the powers of prolonging existence. An antelope with shorter or weaker legs must necessarily suffer more from the attacks of the feline carnivora; the passenger pigeon with less powerful wings would sooner or later be affected in its powers of procuring a regular supply of food; and in both cases the result must necessarily be a diminution of the population of the modified species. If, on the other hand, any species should produce a variety having slightly increased powers of preserving existence, that variety must inevitably in time acquire a superiority in numbers. These results must follow as surely as old age, intemperance, or scarcity of food produce an increased mortality. In both cases there may be many individual exceptions; but on the average the rule will invariably be found to hold good. All varieties will therefore fall into two classes—those which under the same conditions would never reach the population of the parent species, and those which would in time obtain and keep a numerical superiority. Now, let some alteration of physical conditions occur in the district—a long period of drought, a destruction of vegetation by locusts, the irruption of some new carnivorous animal seeking "pastures new"—any change in fact tending to render existence more difficult to the species in question, and tasking its utmost powers to avoid complete extermination; it is evident that, of all the individuals composing the species, those forming the least numerous and most feebly organized variety would suffer first, and, were the pressure severe, must soon become extinct. The same causes continuing in action, the parent species would next suffer, would gradually diminish in numbers, and with a recurrence of similar unfavourable conditions might also become extinct. The superior variety would then alone remain, and on a return to favourable circumstances would rapidly increase in numbers and occupy the place of the extinct species and variety.
The variety would now have replaced the species, of which it would be a more perfectly developed and more highly organized form. It would be in all respects better adapted to secure its safety, and to prolong its individual existence and that of the race. Such a variety could not return to the original form; for that form is an inferior one, and could never compete with it for existence. Granted, therefore, a "tendency" to reproduce the original type of the species, still the variety must ever remain preponderant in numbers, and under adverse physical conditions again alone survive.
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But this new, improved, and populous race might itself, in course of time, give rise to new varieties, exhibiting several diverging modifications of form, any of which, tending to increase the facilities for preserving existence, must, by the same general law, in their turn become predominant. Here, then, we have progression and continued divergence deduced from the general laws which regulate the existence of animals in a state of nature, and from the undisputed fact that varieties do frequently occur. It is not, however, contended that this result would be invariable; a change of physical conditions in the district might at times materially modify it, rendering the race which had been the most capable of supporting existence under the former conditions now the least so, and even causing the extinction of the newer and, for a time, superior race, while the old or parent species and its first inferior varieties continued to flourish. Variations in unimportant parts might also occur, having no perceptible effect on the life-preserving powers; and the varieties so furnished might run a course parallel with the parent species, either giving rise to further variations or returning to the former type. All we argue for is, that certain varieties have a tendency to maintain their existence longer than the original species, and this tendency must make itself felt; for though the doctrine of chances or averages can never be trusted to on a limited scale, yet, if applied to high numbers, the results come nearer to what theory demands, and, as we approach to an infinity of examples, become strictly accurate. Now the scale on which nature works is so vast—the numbers of individuals and periods of time with which she deals approach so near to infinity, that any cause, however slight, and however liable to be veiled and counteracted by accidental circumstances, must in the end produce its full legitimate results.
Let us now turn to domesticated animals, and inquire how varieties produced among them are affected by the principles here enunciated. The essential difference in the condition of wild and domestic animals is this,—that among the former, their well-being and very existence depend upon the full exercise and healthy condition of all their senses and physical powers, whereas, among the latter, these are only partially exercised, and in some cases are absolutely unused. A wild animal has to search, and often to labour, for every mouthful of food—to exercise sight, hearing, and smell in seeking it, and in avoiding dangers, in procuring shelter from the inclemency of the seasons, and in providing for the subsistence and safety of its offspring. There is no muscle of
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its body that is not called into daily and hourly activity; there is no sense or faculty that is not strengthened by continual exercise. The domestic animal, on the other hand, has food provided for it, is sheltered, and often confined, to guard it against the vicissitudes of the seasons, is carefully secured from the attacks of its natural enemies, and seldom even rears its young without human assistance. Half of its senses and faculties are quite useless; and the other half are but occasionally called into feeble exercise, while even its muscular system is only irregularly called into action.
Now when a variety of such an animal occurs, having increased power or capacity in any organ or sense, such increase is totally useless, is never called into action, and may even exist without the animal ever becoming aware of it. In the wild animal, on the contrary, all its faculties and powers being brought into full action for the necessities of existence, any increase becomes immediately available, is strengthened by exercise, and must even slightly modify the food, the habits, and the whole economy of the race. It creates as it were a new animal, one of superior powers, and which will necessarily increase in numbers and outlive those inferior to it.
Again, in the domesticated animal all variations have an equal chance of continuance; and those which would decidedly render a wild animal unable to compete with its fellows and continue its existence are no disadvantage whatever in a state of domesticity. Our quickly fattening pigs, short-legged sheep, pouter pigeons, and poodle dogs could never have come into existence in a state of nature, because the very first step towards such inferior forms would have led to the rapid extinction of the race; still less could they now exist in competition with their wild allies. The great speed but slight endurance of the race horse, the unwieldy strength of the ploughman's team, would both be useless in a state of nature. If turned wild on the pampas, such animals would probably soon become extinct, or under favourable circumstances might each lose those extreme qualities which would never be called into action, and in a few generations would revert to a common type, which must be that in which the various powers and faculties are so proportioned to each other as to be best adapted to procure food and secure safety,—that in which by the full exercise of every part of his organization the animal can alone continue to live. Domestic varieties, when turned wild, must return to something near the type of the original wild stock, or become altogether extinct.
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We see, then, that no inferences as to varieties in a state of nature can be deduced from the observation of those occurring among domestic animals. The two are so much opposed to each other in every circumstance of their existence, that what applies to the one is almost sure not to apply to the other. Domestic animals are abnormal, irregular, artificial; they are subject to varieties which never occur and never can occur in a state of nature: their very existence depends altogether on human care; so far are many of them removed from that just proportion of faculties, that true balance of organization, by means of which alone an animal left to its own resources can preserve its existence and continue its race.
The hypothesis of Lamarck1—that progressive changes in species have been produced by the attempts of animals to increase the development of their own organs, and thus modify their structure and habits—has been repeatedly and easily refuted by all writers on the subject of varieties and species, and it seems to have been considered that when this was done the whole question has been finally settled; but the view here developed renders such an hypothesis quite unnecessary, by showing that similar results must be produced by the action of principles constantly at work in nature. The powerful retractile talons of the falcon- and the cat-tribes have not been produced or increased by the volition of those animals; but among the different varieties which occurred in the earlier and less highly organized forms of these groups, those always survived longest which had the greatest facilities for seizing their prey. Neither did the giraffe acquire its long neck by desiring to reach the foliage of the more lofty shrubs, and constantly stretching its neck for the purpose, but because any varieties which occurred among its antitypes with a longer neck than usual at once secured a fresh range of pasture over the same ground as their shorter-necked companions, and on the first scarcity of food were thereby enabled to outlive them. Even the peculiar colours of many animals, especially insects, so closely resembling the soil or the leaves or the trunks on which they habitually reside, are explained on the same principle; for though in the course of ages varieties of many tints may have occurred, yet those races having colours best adapted to concealment from their enemies would inevitably survive the longest. We have also here an acting cause to account for that balance so often observed in nature,—a deficiency in one set of organs always being compensated by an increased development of some others—powerful wings accompanying weak
1 Lamarck 1809. Lamarck's theory of biological transmutation or evolution was well-known to nineteenth-century naturalists. Very often, however, it was misrepresented in the English-speaking world, as Wallace does here, by representing it as driven by the will of individual organisms.
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feet, or great velocity making up for the absence of defensive weapons; for it has been shown that all varieties in which an unbalanced deficiency occurred could not long continue their existence. The action of this principle is exactly like that of the centrifugal governor of the steam engine, which checks and corrects any irregularities almost before they become evident; and in like manner no unbalanced deficiency in the animal kingdom can ever reach any conspicuous magnitude, because it would make itself felt at the very first step, by rendering existence difficult and extinction almost sure soon to follow. An origin such as is here advocated will also agree with the peculiar character of the modifications of form and structure which obtain in organized beings—the many lines of divergence from a central type, the increasing efficiency and power of a particular organ through a succession of allied species, and the remarkable persistence of unimportant parts such as colour, texture of plumage and hair, form of horns or crests, through a series of species differing considerably in more essential characters. It also furnishes us with a reason for that "more specialized structure" which Professor Owen states to be a characteristic of recent compared with extinct forms, and which would evidently be the result of the progressive modification of any organ applied to a special purpose in the animal economy.
We believe we have now shown that there is a tendency in nature to the continued progression of certain classes of varieties further and further from the original type—a progression to which there appears no reason to assign any definite limits—and that the same principle which produces this result in a state of nature will also explain why domestic varieties have a tendency to revert to the original type. This progression, by minute steps, in various directions, but always checked and balanced by the necessary conditions, subject to which alone existence can be preserved, may, it is believed, be followed out so as to agree with all the phenomena presented by organized beings, their extinction and succession in past ages, and all the extraordinary modifications of form, instinct, and habits which they exhibit.
Ternate, February, 1858.

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Citation: John van Wyhe, ed. 2012-. Wallace Online. (http://wallace-online.org/)
File last updated 26 September, 2012 TOMADO DE: http://wallace-online.org/content/frameset?pageseq=1&itemID=S043&viewtype=side