UNA ACLARACIÓN MUY OPORTUNA

Ponemos en el conocimiento de nuestros amables lectores que todo el material que ofrecemos como posts en este blog ha sido extraído de la obra LOS FUNDAMENTOS DEL ESPIRITISMO, previa autorización de su autor nuestro distinguido amigo Prof. Jon Aizpurua.

No nos atreveríamos a divulgar este precioso e invaluable material doctrinario y de divulgación de la cultura espírita si no tuviésemos de antemano la autorización expresa de su autor, de lo contario incurriríamos en el plagio, actitud que nos despierta repugancia tan sólo con mencionar el término.

Hemos escogido esta obra, LOS FUNDAMENTOS DEL
ESPIRITISMO, porque estamos seguros que ella constituye la exposición más actualizada de los postulados doctrinarios expresados por el Codificador Allan Kardec, enmarcados en nuevo contexto paradigamático; el vigente en estos tiempos que corren.

En LOS FUNDAMENTOS DEL ESPIRITISMO el autor reinvidica el verdadero carácter de la Doctrina Espírita, como un sistema de pensamiento laico, racionalista, e iconoclasta, alejado de todo misticismo religioso, tal como fue codificada la Doctrina por el Maestro Allan Kardec en el siglo diecinueve.

Esta obra es eminentemente didáctica, porque está escrita en un estilo ágil y ameno, sin que por ello pierda consistencia en su brillante exposición de ideas, llegando a toda clase de público lector, desde el estudioso del Espiritismo hasta aquellas personas que se encuentran en la búsqueda de una filosofía racional que les ayude a pensar al mundo y a sí mismos.

René Dayre Abella
Nos adherimos a los postulados doctrinarios sustentados por la Confederación Espiritista Panamericana, que muestran a la Doctrina Espírita como un sistema de pensamiento filosófico laico, racionalista e iconoclasta. Alejado de todo misticismo religioso. Apoyamos la Carta de Puerto Rico, emanada del XIX Congreso de la CEPA en el pasado año 2008.

lunes, 16 de julio de 2012

¿Hay Espíritus?

David Santamaría Planas
dsantamaria@cbce.info

Así tituló Allan Kardec el primer capítulo de la primera parte de “El Libro de los Médiums”. Este título nos servirá de punto de partida (y de conclusión) para esta disgregación filosófica en torno a una cuestión tremendamente actual como son las investigaciones científicas con embriones congelados. Tema que enfocamos, evidentísimamente, con grandes cuidados y limitaciones (filosóficas y sin duda científicas). Únicamente nos atrevemos a plasmar estas opiniones por la preocupación (desazón, en algunos momentos) que nos causan algunas opiniones dentro del ámbito espiritista al respecto de esta cuestión.
El principal punto de preocupación, desde la órbita espiritista, sería precisamente el de responder categóricamente a esa pregunta inicial: ¿Hay Espíritus – puede haber Espíritus – ligados a esos embriones congelados? Si la respuesta fuese afirmativa, las connotaciones morales a la hora de su utilización por parte de la Ciencia serían evidentes. Por otro lado, si la respuesta fuera negativa, ello podría implicar ciertas dificultades en algunos matices de la posición del Espiritismo contraria al aborto[1].

En los últimos meses, sea a través de opiniones vertidas en Internet, sea a través de algunas editoriales de periódicos espiritas brasileños, han podido verse algunos pareceres, filosóficamente complicados, en torno a la aprobación en ese país de una ley que permitiría la investigación con células madre.

Alguna de esas opiniones presenta connotaciones preocupantes. Han podido leerse planteamientos alejados del pensamiento de Kardec[2], para defender la posición favorable a esa investigación haciendo hincapié en la no presencia de Espíritus en esos embriones congelados. Somos plenamente del parecer de que, probablemente[3], en ningún caso habría Espíritus prisioneros de esos embriones. Sin embargo, no compartimos algunos de los argumentos que se esgrimen para apoyar esa probable realidad de la no presencia de almas en esas células: Dicen algunos que el lazo real entre periespíritu y cuerpo se da, no en el momento de la fecundación, sino en el momento del alumbramiento. O sea, no habría una ligazón directa entre Espíritu y cuerpo, sino que lo que habría es una unión del Espíritu reencarnante con la mente de la madre. Por ello, en ningún caso podría darse la presencia de un Espíritu en las células embrionarias.

Pensamos que se trata de opiniones extrañas en un contexto espiritista kardecista. Y pensamos, también, que apoyándonos en dos autores de tanto peso como Kardec y Delanne, podemos encuadrar correctamente el problema y llegar a planteamientos más sencillos.

No es únicamente en “El Libro de los Espíritus”[4] que Allan Kardec defiende que la unión Espíritu - cuerpo ( a través del periespíritu ) se inicia en el momento de la fecundación del óvulo femenino. Insiste[5] Kardec en este tema en el capítulo III de ¿Qué es el Espiritismo? (El hombre durante la vida terrestre, nº. 116):

“¿Cómo y en qué momento se opera la unión del alma con el cuerpo?

Desde la concepción el Espíritu, aunque errante, se halla ligado por un lazo fluídico al cuerpo al que debe unirse. Este vínculo se estrecha cada vez más a medida que el cuerpo se va desarrollando. A partir de ese instante el Espíritu es presa de una turbación que sin cesar aumenta. Cuando el nacimiento está cerca su turbación es completa, el Espíritu pierde la conciencia de sí y sólo gradualmente irá recobrando sus ideas[6], desde el momento en que el niño comienza a respirar. Sólo entonces es completa y definitiva[7] la unión.”

Además si la unión Espíritu (periespíritu) - cuerpo no se diera hasta el momento del nacimiento, nos preguntaríamos, cuál sería el papel del periespíritu durante el proceso de desarrollo fetal. Para Gabriel Delanne el periespíritu constituye la “idea directriz” sobre la cual se estructura el cuerpo físico. Así, en “La Evolución Anímica” (Cap. 1º.), en el apartado “la fuerza vital” podemos leer:

“La fuerza vital no puede por sí sola explicar la forma, que es la característica de todos los individuos vivos, ni puede tampoco hacer comprender la jerarquía sistematizada de todos los órganos ni su sinergia para el esfuerzo común, puesto que a la vez son autónomos y solidarios; para esto es de absoluta necesidad que intervenga el periespíritu, es decir, un órgano que posea las leyes organogénicas que mantiene la fijeza del organismo en medio de las incesantes mutaciones de las moléculas materiales.” (Todos los resaltados lo son en el original).

“Mediante las experiencias espiritistas hemos podido comprobar que los espíritus tienen la forma humana, y que esta forma no es meramente aparente, sino que el periespíritu es todo un organismo fluídico[8] sobre el cual se modela la materia que se organiza para confeccionar el cuerpo físico.” (Cap. 1º. apartado “Utilidad fisiológica del periespíritu”).

“La célula primitiva es absolutamente la misma en todos los vertebrados; nada en ella indica que dará nacimiento a tal individuo mejor que a tal otro, puesto que su composición es idéntica para todos. Es preciso, pues, admitir la intervención de un nuevo factor que determine en qué condiciones ha de ser construido el edificio vital, y este factor no puede ser otro que el periespíritu, que es quien contiene en sí el propósito determinado, la ley todopoderosa que servirá de regla inflexible al nuevo organismo y le señalará, según el grado de su evolución, el lugar que debe ocupar en la escala de las formas. Esta acción directriz tiene lugar en el embrión.

“La idea directriz la hallamos tangiblemente realizada en la envoltura fluídica del alma; ella es quien incorpora la materia, la que vela por la sustitución de las partes usadas y destruidas, la que preside a las funciones generales y la que mantiene el orden y la armonía en medio de este torrente de materia que sin cesar se renueva.” (Cap. 1º. apartado “La idea directriz”).

Así, pues, el concurso del periespíritu es imprescindible para el correcto desarrollo fetal. El periespíritu es el archivo biológico de las experiencias orgánicas milenarias del ser humano. El periespíritu es la idea directriz que comanda el desarrollo del cuerpo desde el primer instante. Si no hubiera unión del Espíritu con su cuerpo desde el momento mismo de la concepción, ¿cómo podría el periespíritu ejercer esa función de idea directriz? Se podría argumentar que la mente materna podría suplir, inconscientemente, esa función; o sea, que la mente o el periespíritu materno ejercerían de idea directriz. Si eso fuera así, esa nueva forma humana seguramente tendría un notable parecido con la forma materna; sin embargo, sabemos que ello no ocurre de esta manera en muchísimos casos.

Pensamos que no es necesario aceptar esas ideas extrañas para justificar que los embriones congelados no poseen un alma ligada a ellos.

Estamos convencidos de que, muy probablemente, no hay ningún espíritu “atado” a esos óvulos fecundados, aunque ciertamente el andamiaje genético ya existente en los mismos, será determinante a la hora de asignarlo a tal o a cual espíritu para su encarnación en ese cuerpo (en el caso de que durante la posible implantación uterina, ésta tenga éxito).

Sin embargo, no nos atreveríamos a negar de forma rotunda la posibilidad de que, por necesidades imperiosas provenientes del pasado, algún Espíritu no pueda ser forzado a permanecer atado a alguno de esos embriones, con la consecuente angustia de su ignorancia acerca de la resolución de su situación.

A pesar de lo afirmado en el párrafo anterior, no creo que ello debiera ser un obstáculo para la utilización de cualquier embrión congelado desechado, aunque remotamente en alguno existiera la posibilidad de la presencia de un Espíritu. Seguramente que para ese hipotético acompañante de alguno de esos embriones congelados la utilización -nunca con desarrollo fetal- de esa célula, que acabará comportando la destrucción de la misma, resultaría ser una liberación para esa alma.

Por lo tanto a la pregunta de si hay, o puede haber, Espíritus ligados a esos embriones, responderíamos que probablemente no; pero, que si los hubiere -y debido a las especiales connotaciones kármicas que seguramente acompañarían a esos Espíritus- ello no sería óbice para su utilización experimental.


[1] Delicada cuestión ésta del aborto –que nos proponemos examinar con detalle en algún próximo número de F.E.-; en este supuesto (véase también L.E. 356), podría admitirse que, posiblemente, no todos los embriones concebidos naturalmente tienen un Espíritu ligado y, podría proponerse correr el albur del aborto ya que a lo mejor no se impediría la encarnación de ningún alma, si aquel feto no tenía ninguna destinada. (o, peor todavía, algunos podrían plantear la posibilidad de una consulta mediúmnica para averiguar (¿?) si hay o no Espíritu ligado a aquel embrión y, así, poder decidir la posibilidad de abortar).
[2] Lo que por sí mismo no implicaría nada, ya que se puede disentir de alguna opinión -siempre con argumentos racionales encima de la mesa- de Kardec sin que ello implique una disensión de los planteamientos generales del Fundador del Espiritismo.
[3] Como ya ampliamos más abajo, nunca podremos ser absolutamente taxativos en estos temas.
[4] “El Libro de los Espíritus”, nºs. 344 y 345
[5] Esa misma insistencia demuestra que se trata de un tema perfectamente meditado por Kardec, y no de una opinión poco trabajada.
[6] Ideas que, como mucho en el común de los Espíritus encarnados, se traduce en tendencias, reminiscencias, algunas ideas innatas; pero, casi nunca en percepciones nítidas procedentes del pasado.
[7] Ver también L.E. 353. A pesar de esta afirmación pensamos que esa unión, si no está definitivamente plasmada, sí que es un lazo real, único y totalmente vinculante.
[8] Somos más bien reacios a aceptar esta noción de “organismo” referida al periespíritu. No parece necesario que el periespírtu deba poseer las características de un organismo, sino que, más bien, podemos suponer que esa envoltura del alma integre una especie de software en el cual estaría siempre a punto la última versión de las conquistas orgánicas del individuo humano. Así, pues, esa envoltura no tendría ni corazón, ni cerebro, ni riñones,…; la información de esas y de todas las estructuras orgánicas estaría almacenada (de forma conveniente, aunque no sepamos explicitarla) hasta que sea necesario su concurso en la siguiente encarnación del Espíritu.

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