UNA ACLARACIÓN MUY OPORTUNA

Ponemos en el conocimiento de nuestros amables lectores que todo el material que ofrecemos como posts en este blog ha sido extraído de la obra LOS FUNDAMENTOS DEL ESPIRITISMO, previa autorización de su autor nuestro distinguido amigo Prof. Jon Aizpurua.

No nos atreveríamos a divulgar este precioso e invaluable material doctrinario y de divulgación de la cultura espírita si no tuviésemos de antemano la autorización expresa de su autor, de lo contario incurriríamos en el plagio, actitud que nos despierta repugancia tan sólo con mencionar el término.

Hemos escogido esta obra, LOS FUNDAMENTOS DEL
ESPIRITISMO, porque estamos seguros que ella constituye la exposición más actualizada de los postulados doctrinarios expresados por el Codificador Allan Kardec, enmarcados en nuevo contexto paradigamático; el vigente en estos tiempos que corren.

En LOS FUNDAMENTOS DEL ESPIRITISMO el autor reinvidica el verdadero carácter de la Doctrina Espírita, como un sistema de pensamiento laico, racionalista, e iconoclasta, alejado de todo misticismo religioso, tal como fue codificada la Doctrina por el Maestro Allan Kardec en el siglo diecinueve.

Esta obra es eminentemente didáctica, porque está escrita en un estilo ágil y ameno, sin que por ello pierda consistencia en su brillante exposición de ideas, llegando a toda clase de público lector, desde el estudioso del Espiritismo hasta aquellas personas que se encuentran en la búsqueda de una filosofía racional que les ayude a pensar al mundo y a sí mismos.

René Dayre Abella
Nos adherimos a los postulados doctrinarios sustentados por la Confederación Espiritista Panamericana, que muestran a la Doctrina Espírita como un sistema de pensamiento filosófico laico, racionalista e iconoclasta. Alejado de todo misticismo religioso. Apoyamos la Carta de Puerto Rico, emanada del XIX Congreso de la CEPA en el pasado año 2008.

viernes, 13 de abril de 2012



ALLAN KARDEC TOMADO DE: GRUPO ESPÍRITA LA PALMA. 

Hipólito León Denizard Rivail nació en la ciudad de Lyón, Francia, el 3 de octubre de 1804. Provenía de familia católica, y hasta casi cumplir los doce años de edad cursó los primeros estudios en su ciudad natal, más al completar los mismos en Yverdun, Suiza, donde concurrió al Instituto de Educación Pestalozzi, recibió una fuerte influencia protestante. Buena parte de sus antepasados se habían destacado en la magistratura, pareciendo que el joven Rivail había de seguir el mismo rumbo de sus mayores. Pero nada más desacertado, pues sus inclinaciones vocacionales fueron las ciencias y la filosofía, pero fundamentalmente la pedagogía.
En Yverdun se convirtió en discípulo eminente y colaborador eficaz del célebre pedagogo Pestalozzi, a quien llegó a reemplazar en la dirección del Instituto cuando éste se ausentaba a otros países con la finalidad de fundar otros organismos educacionales ajustados al método revolucionario por él creado. Era bachiller en letras y ciencias y realizó estudios de medicina, sin llegarse a comprobar a ciencia cierta, hasta ahora, si alcanzó a doctorarse en este arte ciencia. Era también un filólogo distinguido que conocía a fondo y hablaba correctamente el inglés, el italiano, el español, el holandés y el alemán, traduciendo para la lengua de Goethe varias obras de educación y moral, entre las que figuraban unas de Fenelón que lo habían atraído.
Luego de finalizado sus estudios en Suiza junto a Pestalozzi, Rivail regresó a Francia y de inmediato, siguiendo las huellas de su maestro, se abocó a la tarea educacional, lanzando en 1824, como lo documenta el escritor brasileño Zêus Wantuil, es decir, a los diecinueve o veinte años de edad, el primero de sus libros: Curso Práctico y Teórico de Aritmética, según e1 método de Pestalozzi, con modificaciones.Con este libro se convirtió en Francia en la mayor autoridad en lo referente al método educativo de Pestalozzi, y dicho libro se siguió reeditando hasta 1876, siete años después de su desencarnación, además de otras obras de educación que publicó más tarde, algunas de ellas adoptadas por la misma Universidad de Francia. En 1828 dio a publicidad: Plan propuesto para el mejoramiento de la instrucción pública. Más tarde, en 1831, la Academia Real de Arras lo premió por un trabajo presentado en concurso, el que intituló: ¿Cuál es el sistema de estudios más en armonía con las necesidades de la época? Ese mismo año comenzó a circular su Gramática francesa clásica, obra didáctica en la que Rivail muestra -según el autorizado estudioso doctor Canuto Abreu- “poseer sólidos conocimientos de las lenguas latina, griega, gálica y las neorrománicas, afirmando su reputación de profesor emérito”.
Otras obras fueron apareciendo sucesivamente como frutos de sus desvelos de educador: Manual de los exámenes para los diplomas de capacidad, en 1845; Catecismo gramatical de la lengua francesa, en 1848; Programa de los cursos usuales de química, física, astronomía y fisiología, en 1849, el que resumía los cursos que dictaba en el Liceo Polimático; editando más tarde los Dictados normales de los exámenes del Ayuntamiento y la Sorbona, acompañados de Dictados especiales sobre las dificultades ortográficas. Por tanto, mucho antes que el Espiritismo hiciera mundialmente famoso al seudónimo de Allan Kardec, el profesor Rivail había demostrado poseer una sólida cultura y sus obras eran las de un auténtico maestro de la pedagogía moderna, razones que veremos ampliadas en la Vida y obra de Allan Kardec, de André Moreil. El 6 de febrero de 1832, cuando contaba veintiocho años de edad, Rivail contrae enlace con la señorita y profesora también, Amelia Gabriela Boudet. Ella le llevaba nueve años, pero demostraba diez menos que él, pues tenía a la sazón treinta y siete anos de edad, dado que había nacido el 23 de noviembre de 1795. Por ese tiempo Rivail era director del Instituto Técnico Pedagógico (sistema Pestalozzi) de la calle Sevres 35, en París. El socio de Rivail era su tío materno, quien adolecía de la pasión del juego, motivo que le ocasionó grandes pérdidas de dinero y la ruina de su sobrino. El profesor Rivail solicitó entonces la liquidación del Instituto, del cual quedaron 45.000 francos para cada uno de los socios. Esa cantidad fue depositada por los esposos Rivail en manos de uno de sus íntimos amigos, comerciante, quien realizó muy malas operaciones que lo llevaron a la quiebra, sin dejar nada para los acreedores. Estaba lejos de ser próspero el futuro del ayer joven estudiante eximido del servicio militar, pero su labor de educacionista (ésta es la profesión que hace figurar en su acta de casamiento), la atención de tres contabilidades que llevaba y el éxito de sus obras didácticas, tuvieron la virtud de recuperarlo económicamente. En este período que va de 1835 a 1840 organizó en su morada de la calle Sèvres cursos gratuitos de química, física, astronomía y anatomía comparada.
Prosiguiendo su carrera pedagógica, el profesor Rivail hubiera podido vivir feliz, honrado y tranquilo, rehecha su fortuna merced a una labor fervorosa y al brillante éxito que coronaba sus esfuerzos, pero su destino le llamaba a una más pesada tarea, a una obra mayor que habría de mostrarlo siempre a la altura y dignidad de ella.
En 1854, el profesor Rivail oyó hablar por primera vez de las mesas giratorias a su amigo Fortier, magnetizador, con quien mantenía relaciones por motivos de sus estudios sobre magnetismo, los que realizaba desde los diecinueve años. Fortier le dijo un día: “He aquí una cosa extraordinaria; no solamente se hace girar una mesa, magnetizándola, sino que se la hace hablar: se la interroga y ella contesta”. “Esto -respondió Rivail- es otra cuestión; yo creeré en ello cuando lo vea y se me haya probado que una mesa tiene cerebro para pensar, nervios para sentir y que pueda convertirse en sonámbula. Hasta entonces, permitidme que no vea en ello más que un cuento para niños”.
Tal era en los comienzos el estado de espíritu del profesor Rivail. Así le veremos a menudo. No niega nada por prejuicio; pero pide y busca pruebas, quiere ver y comprobar para creer. En este lapso que transcurre entre 1854 y 1856 se abre un nuevo horizonte ante los ojos del pensador profundo y del observador sagaz. Es la etapa en que el nombre de Rivail va a dejar lugar al de Allan Kardec, que se comienza ya a gestar.
Estamos en mayo de 1855 y Rivail se encuentra en la casa de Roger, excelente sonámbula. Se hallan también Saint René Taillandier, Fortier, Pâtier y la señora Plainemaison, nombres que deben ser reconocidos con la veneración que merecen: Son los que comparten la iniciación con el Maestro. A Rivail le impresiona el sereno y convencido criterio de Pâtier funcionario público de amplia consideración, el que le habla de los Espíritus y de las respuestas que ofrecen a sus preguntas. Luego de esto Rivail fue invitado a las sesiones que tenían lugar en la casa de la señora Plainemaison, calle Grange Batelière 18, de París. “Allí fue donde por primera vez presencié el fenómeno de las mesas giratorias que saltaban y corrían, y ello en condiciones tales que la duda era imposible” -escribe el futuro Codificador-. Es aquí donde Rivail traba relación y amistad con la familia Baudin, a cuyas sesiones familiares es invitado. “Fue allí -expresa- donde hice mis primeros estudios sobre Espiritismo, todavía más por observación propia que por revelación. Apliqué a esta nueva ciencia, como era mi costumbre el método experimental. Jamás senté una teoría preconcebida; observé atentamente, comparé y deduje consecuencias. De los efectos procuré remontarme a las causas por la deducción y el encadenamiento lógico de los hechos. [...] Así había procedido en mis trabajos anteriores, desde la edad de quince a dieciséis años. Desde el primer momento me di cuenta de la gravedad de la exploración que iba a emprender; entreví en aquellos fenómenos la clave del problema tan oscuro y controvertido sobre el pasado y el porvenir de la humanidad, la solución de lo que había buscado toda mi vida; en una palabra, comprendí que se trataba de una revolución en las ideas y en las creencias; me era preciso proceder con circunspección y no a la ligera; ser positivista y no idealista, para no dejarme llevar de mis propias ilusiones”.
Con todo, Rivail estuvo a punto de abandonar estos estudios, absorbido por otras ocupaciones; y eso hubiera hecho de no ser las reiteradas solicitudes de los señores Carlotti, destacado lingüista con quien mantenía una amistad de veinticinco años; Taillandier, literato, doctor en letras y más tarde miembro de la Academia Francesa; Tiedeman Manthèse, filósofo holandés y primo hermano de la reina de Holanda; Antonio Leandro Sardou, profesor lexicógrafo y autor de varias obras escolares; su hijo Victoriano Sardou, entonces joven estudiante de medicina y más tarde médium dibujante, famoso dramaturgo y miembro de la Academia Francesa; además de Pedro Pablo Didier, futuro editor de sus obras e impulsor de la famosa Librería Académica, quien seguía desde cinco años el estudio de tales fenómenos. Estas personalidades habían reunido cincuenta cuadernos de comunicaciones diversas que era preciso estudiar y catalogar.
Conociendo la capacidad de síntesis de Rivail, entregaron a éste los mismos, pidiéndole analizarlos y cotejarlos en base a un plan orgánico. Rivail puso manos a la tarea: Tomó los cuadernos, los anotó cuidadosamente, suprimió las repeticiones y puso en su lugar los dictados de cada sesión. “Hasta entonces -dice él mismo- las sesiones en casa de la familia Baudin no tenían objeto determinado. Yo me propuse hallar en ellas la solución de los problemas que me interesaban desde el punto de la filosofía, de la psicología y la naturaleza del Mundo Invisible. Llegaba a cada sesión con una serie de preguntas preparadas y ordenadas metódicamente, y siempre me eran contestadas con precisión, profundidad y lógica abundante”. [...] “Huelga decir que, precisamente, estas comunicaciones desarrolladas y completadas luego formaron la base de El Libro de los Espíritus”.
En 1856 Rivail asistió a reuniones mediúmnicas que tenían lugar en casa del señor Roustan, con la señorita Japhet, sonámbula, como médium que obtenía interesantes comunicaciones. Por intermedio de ella hizo revisarlas obtenidas anteriormente. Kardec manifiesta que no quedó del todo satisfecho con esta revisión, lo que lo movió a consultar a otros médiums, siendo el caso que en preguntas espinosas de El Libro de los Espíritus han llegado a colaborar hasta diez médiums distintos, como manifiesta en dicho libro.
Cuando todo le pareció ser la expresión clara de la Doctrina, Rivail publicó el libro que salió a luz el 18 de abril de 1857, en París, con el seudónimo de Allan Kardec, su nombre de otra existencia anterior entre los druidas. Esta primera edición constaba de 501 preguntas. Ella se agotó en pocos días, lo que obligó a reeditarla en su forma actual de 1018 preguntas, es decir, corregida y sumamente aumentada.
Esta obra madre del Espiritismo forma parte del Pentateuco Espirita, el que se integra con los siguientes libros que le sucedieron a aquel inicial:
El Libro de los Médiums, (1861); Imitación del Evangelio según el Espiritismo, (abril de 1864), modificado luego este título original por el de El Evangelio según el Espiritismo; El Cielo y el Infierno o la Justicia Divina según el Espiritismo, (1° de agosto de 1865) y El Génesis, los Milagros y las Profecías según el Espiritismo, (enero de 1868); más tres obras de introducción: Instrucción Práctica sobre las Manifestaciones Espiritas, (1858); Qué es el Espiritismo, (1859), y El Espiritismo en su más simple expresión, (1862), además de una complementaria: Obras Póstumas, (1890). Fundó la Revista Espirita en enero de 1858, la que dirigió bajo su responsabilidad hasta la fecha de su desencarnación, el 31 de marzo de 1869 y constituyó la Sociedad Parisiense de Estudios Espiritas el 1° de abril de 1858.
Por su gigantesca y trascendente labor de estructurar en escasos tres lustros el Código Espirita, o Tercera Revelación, demarcando con él un nuevo curso evolutivo al género humano, no dudamos que en los siglos venideros habrá de expresarse con toda justicia: Antes o después de Kardec; antes o después del Espiritismo.
Discurso sobre la tumba de Allan Kardec 2 abril de 1869
Camille Flammarion
Allan Kardec Murió el 31 de Marzo de 1869, y fue inhumado en entierro civil el 2 de abril, en el cementerio del Norte.
Señores:
Accediendo gustoso a la simpática invitación de los amigos del pensador laborioso, cuyo cuerpo terrestre yace en este momento a nuestros pies, recuerdo un triste día del mes de diciembre de 1865. Pronuncié entonces supremas palabras de despedida en la tumba del fundador de la Librería Académica, del honorable Didier, que, como editor, fue el colaborador convencido de Allan Kardec en la publicación de las obras fundamentales de una doctrina que le era querida, quien murió también de repente, como si el cielo hubiese deseado evitar a estos dos espíritus íntegros el embarazo filosófico de salir de esta vida por el camino diferente del vulgarmente seguido. Igual reflexión es aplicable a la muerte de nuestro antiguo colega Jobart, de Bruselas.
Mi tarea de hoy es todavía mayor, porque quisiera representar al pensamiento de los que me oyen, y al de los millones de hombres que en toda Europa y América se han ocupado del problema aún misterioso de los fenómenos llamados espiritistas. Quisiera, digo, poder representarles el interés científico y el porvenir filosófico del estudio de esos fenómenos (al que se han entregado, como nadie ignora, hombres tan eminentes entre nuestros contemporáneos). Me placería hacerles entrever los desconocidos horizontes que se abrirán al pensamiento humano, a medida que éste extienda el conocimiento positivo de las fuerzas naturales, que a nuestro alrededor funcionan. Demostrarles que semejantes comprobaciones son el más eficaz antídoto contra el cáncer del ateísmo, que parece ensañarse particularmente en nuestra época de transición, y atestiguar, en fin, de un modo público, el inmenso servicio que prestó a la filosofía el autor de El Libro de los Espíritus, despertando la atención y la discusión sobre hechos que hasta entonces pertenecían al mórbido y funesto dominio de las supersticiones religiosas.
En efecto, sería importante establecer aquí, ante esta tumba elocuente, que el examen metódico de los fenómenos llamados sin motivo sobrenaturales, lejos de renovar el espíritu supersticioso y de amenguar la energía de la razón, destruye, por el contrario, los errores y las ilusiones de la ignorancia, favoreciendo más el progreso que la ilegítima negación de los que no quieren tomarse el trabajo de ver. Más no es este lugar para abrir el campo a una discusión irrespetuosa. Concretémonos únicamente a dejar caer de nuestros pensamientos en la faz impasible del hombre que duerme ante nosotros, testimonios de afecto y sentimientos de pesar, que queden en su tumba y a su alrededor como un bálsamo del corazón. Y puesto que sabemos que su alma eterna sobrevive a esos despojos mortales, como a ellos preexistió; puesto que sabemos que indestructibles lazos unen nuestro mundo visible al invisible; puesto que su alma existe hoy como hace tres días, y puesto que no es imposible que actualmente se encuentre aquí, delante de nosotros; digámosle que no hemos querido ver desaparecer su imagen corporal y encerrarla en el sepulcro sin honrar unánimemente sus trabajos y su memoria, sin pagar un tributo de gratitud a su encarnación terrestre, tan útil y dignamente empleada.
Ante todo trazaré rápidamente las principales líneas de su carrera literaria.
Muerto a la edad de 65 años, Allan Kardec, Léon Hipolite Denizard Rivail, había consagrado la primera parte de su vida a escribir obras clásicas elementales, destinadas especialmente al uso de los institutores de la juventud. Cuando hacia 1850 las manifestaciones, al parecer nuevas, de las mesas giratorias, golpes sin causa ostensible y movimientos inusitados de objetos y muebles empezaron a llamar la atención pública, determinando aun en las imaginaciones aventureras una especie de fiebre, debida a la novedad de esos experimentos; Allan Kardec, estudiando a la par el magnetismo y sus extraños efectos, siguió con la mayor paciencia y juiciosa clarividencia los experimentos y numerosas tentativas hechas por entonces en París. Recogió y ordenó los resultados obtenidos por esa larga observación, y con ellos organizó el cuerpo de doctrina publicado en 1857 en la primera edición de El Libro de los Espíritus. Todos vosotros sabéis la acogida que mereció esa obra en Francia y en el extranjero.
Habiéndose tirado hasta la fecha su decimosexta edición, ha propagado entre todas las clases ese cuerpo de doctrina elemental, que, en su esencia, no es nuevo, puesto que la escuela de Pitágoras en Grecia y la de los druidas en nuestra Galia enseñaban esos principios, pero que tomaban una verdadera forma de actualidad por su correspondencia con los fenómenos. Después de esta primera obra, aparecieron sucesivamente El Libro de las Médiums o Espiritismo experimental, ¿Qué es el Espiritismo? o compendio en forma dialogada, El Evangelio según el Espiritismo, El Cielo y el Infierno, El Génesis, y la muerte ha venido a sorprenderle en los momentos en que, su infatigable actividad, escribía una obra sobre las relaciones del magnetismo y del Espiritismo.
Por medio de la Revista Espírita y de la Sociedad de Paris, cuyo presidente era, se había constituido hasta cierto punto en centro al cual todo convergía, en lazo de unión de todos los experimentadores. Hace algunos meses, presintiendo su fin próximo, preparó las condiciones de vitalidad de esos mismos estudios para después de su desencarnación, y estableció el Comité Central que le sucede.
Allan Kardec despertó rivalidades, creó una escuela bajo la forma un tanto personal, y aún existe cierta división entre los “espiritualistas” y los “espiritistas”. En adelante, señores (tales, por lo menos, son los votos de los amigos de la verdad), debemos estar unidos todos por una solidaridad confraternal, por los mismos esfuerzos encaminados a la dilucidación del problema, por el general e impersonal deseo de lo verdadero y de lo bueno.
Se le ha argüido, señores, a nuestro digno amigo Allan Kardec, a quien hoy tributamos los últimos obsequios, que no era lo que se llama un sabio, que no fue ante todo, físico, naturalista o astrónomo, sino que prefirió constituir primeramente un cuerpo de doctrina moral, sin haber antes aplicado la discusión científica a la realidad y naturaleza de los fenómenos. Quizá es preferible que así hayan empezado las cosas. No siempre debe rechazarse el valor del sentimiento. ¡Cuántos corazones no han sido consolados por esa creencia religiosa! ¡Cuántas lágrimas enjugadas! ¡Cuántas ciencias abiertas a los destellos de la belleza espiritual! No todos son felices en la Tierra. Muchos son los afectos quebrantados y muchas las almas narcotizadas por el escepticismo. ¿Y es por ventura poca cosa haber despertado el espiritualismo en tantos seres que flotaban en la duda, y que no apreciaban ni la vida física ni la intelectual? Si Allan Kardec hubiese sido hombre de ciencia, no hubiera podido indudablemente prestar ese primer servicio, ni dirigir a lo lejos aquélla como invitación a todos los corazones. Él era lo que llamaré sencillamente “el sentido común encarnado”. Razón juiciosa y recta, aplicaba sin olvido a su obra permanente las íntimas indicaciones del sentido común. No era ésta una pequeña cualidad en el orden de cosas que nos ocupan; era, podemos asegurarlo, la primera entre todas, y la más preciosa, aquella sin la cual no hubiese podido llegar a ser popular la obra ni echar tan profundas raíces en el mundo. La mayor parte de los que se han consagrado a semejantes estudios han recordado haber sido en su juventud, o en ciertas circunstancias especiales, testigos de inexplicables manifestaciones, y pocas son las familias que no hayan observado en su historia testimonios de este orden. El primer paso que debía darse, pues, era el de aplicar la razón firme del sentido común a esos recuerdos, y examinarlos según los principios del método positivo.
Según lo previó el mismo organizador de este estudio lento y difícil, actualmente debe entrar en su período científico. Los fenómenos físicos, en los cuales no se ha insistido, deben ser objeto de la crítica experimental, sin la que no es posible ninguna comprobación seria. Este método experimental, al que debemos la gloria del progreso moderno y las maravillas de la electricidad y del vapor; este método debe apoderarse de los fenómenos del orden todavía misterioso a que asistimos, disecarlos, medirlos y definirlos.
Porque, señores, el Espiritismo no es una religión, sino una ciencia de la que apenas sabemos el abecedario. El tiempo de los dogmas ha concluido. La Naturaleza abraza al Universo, y el mismo Dios, que en otras épocas fue hecho a semejanza del hombre, no puede ser considerado por la metafísica moderna más que como un espíritu en la Naturaleza. Lo sobrenatural no existe, las manifestaciones obtenidas con la intervención de los médiums, lo mismo que las del magnetismo y sonambulismo, son del orden natural y deben ser sometidas severamente a la comprobación de la experiencia. Los milagros han concluido. Asistimos a la aurora de una ciencia desconocida. ¿Quién puede prever las consecuencias a que, en el mundo del pensamiento, conducirá el estudio positivo de esta nueva psicología?
La ciencia rige al mundo, y no ha de ser extraño, señores, a este discurso fúnebre, notar su obra actual y las nuevas inducciones que precisamente nos revela bajo el punto de vista de nuestras investigaciones. En ninguna época de la historia ha desarrollado la ciencia, ante la mirada atónita del hombre, tan grandiosos horizontes. Hoy sabemos que la Tierra es un astro, y que nuestra vida actual se realiza en el cielo.
Por medio del análisis de la luz conocemos los elementos que arden en el Sol y en las estrellas, a millones, a trillones de leguas de nuestro observatorio terrestre. Por medio del cálculo, poseemos la historia del cielo y de la Tierra, así en su remoto pasado como en su porvenir, que no existen para las leyes inmutables. Por medio de la observación, hemos pesado las tierras celestes que gravitan en el espacio. El globo donde moramos se ha convertido en un átomo estelar que vuela por el espacio en medio de infinitas profundidades, y nuestra misma existencia en este globo se ha convertido en una fracción infinitesimal de nuestra vida eterna. Pero lo que con justo título puede impresionarnos más aún, es este maravilloso resultado de los trabajos físicos hechos en estos últimos años, a saber: que vivimos en medio de un mundo invisible que incesantemente se está manifestando en torno nuestro.
Sí, señores; ésta es para nosotros una inmensa revelación. Contemplad, por ejemplo, la luz que en este momento derrama por la atmósfera ese brillante Sol, contemplad ese suave azul de la bóveda celeste, reparad en esos efluvios de aire tibio que acarician vuestro rostro, mirad esos monumentos y esa Tierra; pues bien, a pesar de tener ojos, no vemos lo que aquí está pasando. Sobre cien rayos emanados del Sol, únicamente una tercera parte es accesible a nuestra vista, ya sea directamente, ya reflejada por todos esos cuerpos. Las dos terceras partes restantes existen y obran alrededor nuestro, pero de un modo, aunque real, invisible. Sin ser luminosos para nosotros, son cálidos, y mucho más activos aún que los que, impresionan nuestra vista, pues ellos son los que vuelven las flores hacia el Sol, los que producen todas las acciones químicas (Nuestra retina es insensible a esos rayos, pero otras sustancias, por ejemplo, el yodo y las sales de plata, los perciben. Se ha fotografiado el aspecto solar químico, que no ve nuestro ojo. La plancha del fotógrafo, además, no presenta nunca imagen alguna visible, al salir de la cámara oscura, aunque la posea, pues su aparición se debe a una operación química.), y ellos son también los que levantan, bajo una forma igualmente invisible, en la atmósfera, el vapor de agua para con él formar las nubes, ejerciendo así a nuestro alrededor, incesantemente, de una manera oculta y silenciosa, una fuerza colosal, mecánicamente equivalente al trabajo de muchos millares de caballos.
Si los rayos caloríficos y químicos, que obran constantemente en la Naturaleza, son invisibles para nosotros, se debe a que los primeros no hieren con bastante prontitud nuestra retina, y a que los segundos la hieren con prontitud excesiva. Nuestros ojos no ven las cosas más que entre dos limites, fuera de los cuales nada perciben. Nuestro organismo terrestre puede compararse a un arpa de dos cuerdas, que son el nervio óptico y el auditivo. Cierta especie de movimientos hacen vibrar a aquél, y otra especie de movimientos hacen vibrar a éste. Esta es toda la sensación humana, más limitada en este punto que la de ciertos seres vivientes, ciertos insectos, por ejemplo, en los cuales esas mismas cuerdas de la vista y del oído son más delicadas. Y realmente existen en la Naturaleza no dos, sino diez, ciento, mil especies de movimientos. La ciencia física nos enseña, pues, que vivimos en medio de un mundo invisible para nosotros, y que no es imposible que seres (igualmente invisibles para nosotros) vivan asimismo en la Tierra, en un orden de sensaciones absolutamente diferentes del nuestro, y sin que podamos apreciar su presencia, a menos que no se nos manifiesten con hechos que entren en nuestro orden de sensaciones.
En presencia de semejantes verdades, ¡cuán absurda y falta de valor parece la negación a priori! ¿Cuando se compara lo poco que sabemos y la exigüidad de nuestra esfera de percepción con la cantidad de lo que existe, no puede menos de concluirse que nada sabemos y que todo hemos de aprenderlo aún? ¿Con qué derecho pronunciaríamos, pues, la palabra “imposible”, ante hechos que evidenciamos sin poder descubrir su causa única?
La ciencia nos ofrece horizontes tan autorizados como los precedentes sobre los fenómenos de la vida y de la muerte, y sobre la fuerza que nos anima. Bástanos observar la circulación de las existencias.
Todo es metamorfosis. Arrebatados en su eterno curso, los átomos constitutivos de la materia pasan sin cesar de uno a otro cuerpo, del animal a la planta, de la planta a la atmósfera, de la atmósfera al hombre, y nuestro mismo cuerpo, durante toda nuestra vida, cambia incesantemente de sustancia constitutiva, como la llama sólo brilla por la incesante renovación de elementos. Y cuando el alma se ha desprendido de ese mismo cuerpo, tantas veces transformado ya durante la vida, entrega definitivamente a la Naturaleza todas sus moléculas para no volverlas a tomar más. Al dogma inadmisible de la resurrección de la carne, le ha sustituido la elevada doctrina de la trasmigración de las almas.
He ahí el sol de abril que fulgura en los cielos, inundándonos con su primer rocío colorescente. Ya las campiñas salen de su sueño, ya aparecen las primeras flores, ya florece la primavera, sonríe el azul celeste, y la resurrección se opera; y esa nueva vida, sin embargo, sólo en la muerte se origina, y ruinas encubre únicamente. ¿De dónde procede la savia de esos árboles que reverdecen en este campo de los muertos? ¿De dónde la humedad que nutre sus raíces? ¿De dónde todos los elementos que harán nacer, a las caricias de mayo, las florecillas silenciosas y las cantadoras avecillas? ¡De la muerte!…, señores…, ¡de esos cadáveres envueltos en la siniestra noche de las tumbas!… Ley suprema de la Naturaleza, el cuerpo material no es más que un agregado transitorio de partículas que no le pertenecen, y que el alma ha reunido, siguiendo su propio tipo, para crearse órganos que la pusiesen en relación con nuestro mundo físico. Y mientras así, y pieza por pieza, se renueva nuestro cuerpo por medio del cambio perpetuo de materias, mientras que, como una masa inerte, cae un día para no levantarse más, nuestro espíritu, ser personal, ha conservado perennemente su identidad indestructible, ha reinado como soberano sobre la materia que le revestía, estableciendo de tal modo, por medio de este hecho constante y universal, su personalidad independiente, su esencia espiritual no sometida al imperio del espacio y del tiempo, su grandeza individual, su inmortalidad.
¿En qué consiste el misterio de la vida? ¿Qué lazos unen el alma al organismo? ¿Por qué desenlace se separa de él? ¿Bajo qué forma y con qué condiciones existe después de la muerte? ¿Qué recuerdos, qué afectos conserva? ¿Cómo se manifiesta? He aquí, señores, problemas lejos aún de estar resueltos, y cuyo conjunto constituirá la ciencia psicológica del porvenir. Ciertos hombres pueden negar tanto la existencia del alma como hasta la de Dios, afirmar que la verdad moral no existe, que no hay leyes inteligentes en la Naturaleza, y que nosotros, los espiritualistas, somos juguete de una ilusión enorme. Otros pueden, por el contrario, declarar que conocen la esencia del alma humana, la forma del Ser Supremo, el estado de la vida futura, y tratarnos de ateos porque nuestra razón se resiste a su fe. Ni los unos ni los otros impedirán, señores, que estemos frente a los más grandes problemas, que nos interesemos en estas cosas (que muy lejos están de sernos extrañas), y que tengamos el derecho de aplicar el método experimental de la ciencia contemporánea a la investigación de la verdad.
Por el estudio positivo de los efectos nos remontamos a la apreciación de las cosas. En el orden de los estudios reunidos bajo la denominación genérica de “Espiritismo” los hechos existen, pero nadie conoce su modo de producción. Existen tan realmente como los fenómenos eléctricos, luminosos y caloríficos; pero no conocemos, señores, ni la biología, ni la fisiología. ¿Qué es el cuerpo humano? ¿Qué el cerebro? ¿Qué la acción absoluta del alma? Lo ignoramos, e igualmente ignoramos la esencia de la electricidad y de la luz. Es, pues, prudente observar sin prevención esos hechos, y procurar determinar sus causas, que son, acaso, de diversas especies y más numerosas de lo que hasta ahora hemos sospechado. No comprendan, en buena hora, los de vista limitada por el orgullo o por la preocupación, no comprendan estos ansiosos deseos de mis pensamientos ávidos de conocer, y escarnezcan o anatematicen esta clase de estudios; nada importa, yo levantaré a mayor altura mis contemplaciones…
¡Tú fuiste el primero, oh, maestro y amigo!, tú fuiste el primero que, desde el principio de mi carrera astronómica, demostraste una viva simpatía hacia mis deducciones relativas a la existencia de humanidades celestes: porque tomando en tus manos el libro de la Pluralidad de mundos habitados, lo colocaste inmediatamente en la base del edificio doctrinario que entreveías. Con suma frecuencia departíamos juntos sobre esa vida celeste y misteriosa. Actualmente, ¡oh alma!, tú sabes por una visión directa en qué consiste esa vida espiritual, a la cual todos regresaremos, y que olvidamos durante esta existencia.
Ahora tú ya has regresado a ese mundo de donde hemos venido, y recoges el fruto de tus estudios terrestres. Tu envoltura duerme a nuestras plantas, tu cerebro se ha extinguido, tus ojos están cerrados para no volverse a abrir, tu palabra no se dejará oír más… Sabemos que todos llegaremos a ese mismo último sueño, a la misma inercia, al mismo polvo. Pero no es en esa envoltura en la que ponemos nuestra gloria y esperanza. El cuerpo cae, el alma se conserva y regresa al espacio. Nos volveremos a encontrar en un mundo mejor, y en el cielo inmenso en que se ejercitarán nuestras más poderosas facultades, continuaremos los estudios para cuyo abarcamiento era la Tierra teatro demasiado reducido. Preferimos saber esta verdad a creer que yaces totalmente en ese cadáver, y que tu alma haya sido destruida por el cese del juego de un órgano. La inmortalidad es la luz de la vida, como ese brillante Sol es la de la Naturaleza.
Hasta la vista, querido Allan Kardec, hasta la vista.
Aportado por Jordi Canals
Fuente: http://www.luzespiritual.org/biografias/237-allan-kardec

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