UNA ACLARACIÓN MUY OPORTUNA

Ponemos en el conocimiento de nuestros amables lectores que todo el material que ofrecemos como posts en este blog ha sido extraído de la obra LOS FUNDAMENTOS DEL ESPIRITISMO, previa autorización de su autor nuestro distinguido amigo Prof. Jon Aizpurua.

No nos atreveríamos a divulgar este precioso e invaluable material doctrinario y de divulgación de la cultura espírita si no tuviésemos de antemano la autorización expresa de su autor, de lo contario incurriríamos en el plagio, actitud que nos despierta repugancia tan sólo con mencionar el término.

Hemos escogido esta obra, LOS FUNDAMENTOS DEL
ESPIRITISMO, porque estamos seguros que ella constituye la exposición más actualizada de los postulados doctrinarios expresados por el Codificador Allan Kardec, enmarcados en nuevo contexto paradigamático; el vigente en estos tiempos que corren.

En LOS FUNDAMENTOS DEL ESPIRITISMO el autor reinvidica el verdadero carácter de la Doctrina Espírita, como un sistema de pensamiento laico, racionalista, e iconoclasta, alejado de todo misticismo religioso, tal como fue codificada la Doctrina por el Maestro Allan Kardec en el siglo diecinueve.

Esta obra es eminentemente didáctica, porque está escrita en un estilo ágil y ameno, sin que por ello pierda consistencia en su brillante exposición de ideas, llegando a toda clase de público lector, desde el estudioso del Espiritismo hasta aquellas personas que se encuentran en la búsqueda de una filosofía racional que les ayude a pensar al mundo y a sí mismos.

René Dayre Abella
Nos adherimos a los postulados doctrinarios sustentados por la Confederación Espiritista Panamericana, que muestran a la Doctrina Espírita como un sistema de pensamiento filosófico laico, racionalista e iconoclasta. Alejado de todo misticismo religioso. Apoyamos la Carta de Puerto Rico, emanada del XIX Congreso de la CEPA en el pasado año 2008.

viernes, 27 de abril de 2012

LLEGAR A SER HUMANOS
Por OSVALDO BAYER


Planeta Tierra, año 2011. Hay algo muy urgente que solucionar ya mismo. Los niños que mueren de hambre en África. Hay que hacer un llamado a la moralidad universal. Los países que explotaron como esclavos durante siglos al  pueblo africano deben sentirse hoy con el deber de terminar con el hambre allí. Las iglesias cristianas todas, que callaron cuando se realizó el tráfico de esclavos, deben poner toda su organización en llevar alimentos a esos pueblos. Ni hablar de todos los países que tuvieron a la esclavitud durante siglos como algo normal. No repitamos lo que ahora aparece en televisión cuando llega a Somalia un avión con alimentos para tres mil personas como algo digno de hacer conocer. No, debe ser una cadena aérea que asegure la alimentación básica y con expertos que promuevan proyectos de producción de alimentos para el futuro.
    ¿Y cómo solucionar la crisis mundial? Seamos un poco utopistas. La crisis es demasiado grande, la injusticia reina desde hace siglos. El sistema vota a Berlusconi y a Macri. Pero ganemos distancia y veamos el futuro con fantasía, esa fantasía que nos muestra a todos los seres humanos que es posible un mundo sin hambre, sin guerras, sin fronteras, un mundo que quiere saber por fin lo fundamental: de dónde venimos, qué somos, qué es todo esto, la vida, la naturaleza, los pensamientos, el nacer y el morir. Para llegar a la utopía de la gran solución llamar a congresos mundiales. Como base, Naciones Unidas. Un congreso de filósofos, sociólogos y politólogos que busquen la forma de unir a todos los pueblos en un mundo sin fronteras, sin ejércitos, donde se respeten todos esos derechos proclamados por Naciones Unidas. Una sociedad mundial. Al mismo tiempo, un congreso de todas las religiones junto a científicos representantes de los adelantos de las ciencias, para que lleguen a un acuerdo a fin de seguir adelante y explicar esa deuda universal sin contestación alguna: de dónde venimos, qué somos, qué es el universo, y a responsabilizarse de no llevar adelante ninguna agresión religiosa más y terminar leyendas de culto que han agraviado la paz entre los hombres. Encuentros donde tengan valor las palabras amplitud, generosidad, comprensión, grandeza.
  Llegar a ser humanos.

1.   Parte final del artículo publicado por el diario Página 12, el 6 de agosto de 2011, por el escritor y periodista argentino, radicado en Bonn, Alemania, Osvaldo Bayer.
2.   Los espíritas apoyamos casi totalmente el contenido de este importante y desacostumbrado artículo que toca y destaca la importancia del tema fundamental del Espiritismo: Qué somos, de dónde venimos y adónde vamos resuelto por él con los medios objetivos de la ciencia experimental, y felicita a su autor por la valentía para despojarse de los prejuicios que afectan a la casi totalidad de los miembros de la cultura actual en crisis. La bastardilla es nuestra. [Nota de la FEHAK.]


LA CRISIS DE LA CIVILIZACIÓN SEUDOCRISTIANA,
 SUS CAUSAS Y EL ESPIRITISMO


No existe ejemplo en la historia de una ciencia religiosa cuyo crecimiento haya sido tan  rápido y  tan amplio, como lo ha  sido el  de  esta noble Doctrina. Semejante  éxito sin precedente  es debido a la fuerza de convicción que los hechos llevan en sí.
   Este siglo el 19 en el cual se han producido progresos increíbles en todas las ramas de las ciencias, se destacará, sin embargo, en las edades venideras, por un gran descubrimiento: el de la demostración experimental de la existencia e inmortalidad del alma.
   El genio humano ha producido maravillas. Las condiciones físicas de la existencia han mejorado más allá de las esperanzas más optimistas, y, a pesar de este cambio, un hondo malestar agita a los pueblos modernos. Es que nuestra época se halla profundamente trastornada por la desaparición gradual de las antiguas creencias que, con su rancio aparato de milagros, dogmas y misterios, vacilan bajo los redoblados golpes de la ciencia.
   Los descubrimientos científicos realizados a partir de Galileo, han modificado singularmente nuestras concepciones acerca del Universo, ensanchando los horizontes. Nuestro pequeño planeta ya no es el centro del Cosmos, sino que es un modesto asteroide dentro de la innumerable multitud de tierras del cielo; y sentimos palpitar en el infinito la vida universal de la que creíamos candorosamente poseer el monopolio.
   A estos conocimientos positivos corresponde un nuevo ideal que no puede satisfacer una vieja religión de diecinueve siglos. De este divorcio entre la ciencia  y la fe, resulta la incredulidad. Nos es preciso reaccionar contra las engañosas quimeras del materialismo; demostrar que en la enseñanzas religiosas no todo era falso; que el hombre, por medio de una profunda intuición, ha conocido en todo tiempo su verdadera naturaleza inmortal y ha oído repercutir en su conciencia el eco más o menos debilitado de los eternos principios de justicia, de caridad y de amor, que, velados algunas veces, desfigurados frecuentemente, han sido, sin embargo, sus guías tutelares. La Providencia ha enviado misioneros a todas las naciones para predicar la moral eterna. Confucio, Buda, Zoroastro, Jesús, son las grandes voces que han enseñado una doctrina semejante, aunque bajo aspectos diversos.
   Rejuvenezcamos los viejos símbolos; mostremos que han sido adulterados por el moho de las edades, desfigurados por los intereses terrestres, pero que, en el fondo, son la misma verdad, el único camino que conduce a la dicha.
   Es en vano que se intente hacer tabla rasa del pasado: nada puede edificarse con base sólida que no esté apoyado sobre la inmortalidad del Ser.
   El conocimiento preciso de la ley moral, teniendo por sanción la vida futura, es lo único capaz de refrenar eficazmente a los vicios y a las pasiones. Existe una higiene del alma tan indispensable a su bienestar, como lo son las prescripciones de la ciencia para el cuerpo físico. Tan pronto como uno se separa de sus reglas, experimenta el malestar y el sufrimiento.
   El materialismo contemporáneo ha ensayado promulgar una moral basada simplemente en las relaciones de los hombres entre sí, es decir, sobre la utilidad; pero semejante tentativa es quimérica.


   La solidaridad es una palabra vacía de sentido para el egoísta. ¿Cómo hacer comprender al que es rico y dichoso que debe prestar auxilio al pobre, al enfermo y al desvalido? ¿Qué le importan sus sentimientos, que él no siente? ¿Se privará de algo que le pertenece, para proporcionárselo a un desconocido? Mucho hará si se limita en no hacer daño a nadie. El azar le ha favorecido, y se aprovecha de ello, pues la vida es corta y conviene gozar todo lo posible antes de la disolución final.
   Este razonamiento, consciente o no, es el de todo materialista convencido. En la masa general de los trabajadores se traduce por un odio siempre creciente contra la injusticia de la suerte, contra los privilegios; y en las almas tiernas y débiles, por un disgusto hacia la vida, al cual es debido la espantosa recrudescencia de suicidas que se observa en la actualidad.
   Nuestra Doctrina aporta el remedio a semejantes males: es el bálsamo consolador que cicatriza todas las heridas, al mismo tiempo que explica el enigma de la vida. Por lo mismo, precisa que sea mucho más conocida para que haga florecer la esperanza en los corazones lacerados, puesto que es una salvaguardia contra los terribles cataclismos de las guerras intestinas. Nuestros brillantes éxitos no deben hacernos olvidar que todavía somos una ínfima minoría, y que existen millones de almas sujetas a todos los sufrimientos de la duda.
   Hagamos una propaganda activa para llevar el conocimiento del público las convincentes pruebas que demuestran la futilidad de las teorías nihilistas. Hoy poseemos armas suficientes para combatir con la seguridad de obtener un triunfo final. El pasado responde del porvenir.
   Unamos nuestros esfuerzos, sin preocuparnos por las fronteras, a efectos de colaborar en la obra de liberación intelectual y espiritual de nuestros hermanos terrestres. Hagamos penetrar en todos los corazones la consoladora certeza de la inmortalidad; demostremos que los seres que hemos amado no han muerto y que pueden manifestarnos su ternura. Divulguemos esta noble doctrina de redención social, y el siglo 20 (y futuros) verá lucir la aurora de una nueva era, es decir, la de una humanidad regenerada que ha encontrado la dicha en el ejercicio de la justicia, de la concordia, de la fraternidad y del amor.

Ing. GABRIEL DELANNE
Las vidas sucesivas, parágrafos iniciales, Fundación Espírita Humanista Allan Kardec, Buenos Aires, 1995.

Adaptación: Oswaldo E. Porras Dorta

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