UNA ACLARACIÓN MUY OPORTUNA

Ponemos en el conocimiento de nuestros amables lectores que todo el material que ofrecemos como posts en este blog ha sido extraído de la obra LOS FUNDAMENTOS DEL ESPIRITISMO, previa autorización de su autor nuestro distinguido amigo Prof. Jon Aizpurua.

No nos atreveríamos a divulgar este precioso e invaluable material doctrinario y de divulgación de la cultura espírita si no tuviésemos de antemano la autorización expresa de su autor, de lo contario incurriríamos en el plagio, actitud que nos despierta repugancia tan sólo con mencionar el término.

Hemos escogido esta obra, LOS FUNDAMENTOS DEL
ESPIRITISMO, porque estamos seguros que ella constituye la exposición más actualizada de los postulados doctrinarios expresados por el Codificador Allan Kardec, enmarcados en nuevo contexto paradigamático; el vigente en estos tiempos que corren.

En LOS FUNDAMENTOS DEL ESPIRITISMO el autor reinvidica el verdadero carácter de la Doctrina Espírita, como un sistema de pensamiento laico, racionalista, e iconoclasta, alejado de todo misticismo religioso, tal como fue codificada la Doctrina por el Maestro Allan Kardec en el siglo diecinueve.

Esta obra es eminentemente didáctica, porque está escrita en un estilo ágil y ameno, sin que por ello pierda consistencia en su brillante exposición de ideas, llegando a toda clase de público lector, desde el estudioso del Espiritismo hasta aquellas personas que se encuentran en la búsqueda de una filosofía racional que les ayude a pensar al mundo y a sí mismos.

René Dayre Abella
Nos adherimos a los postulados doctrinarios sustentados por la Confederación Espiritista Panamericana, que muestran a la Doctrina Espírita como un sistema de pensamiento filosófico laico, racionalista e iconoclasta. Alejado de todo misticismo religioso. Apoyamos la Carta de Puerto Rico, emanada del XIX Congreso de la CEPA en el pasado año 2008.

miércoles, 2 de marzo de 2011

LOS GRANDES RETOS DEL ESPIRITISMO por JACQUES PECCATTE E D I T O R I A L LE JOURNAL SPIRITE N° 79 ENERO 2010

Tenemos la costumbre de decir que el espiritismo
es un combate, lo cual discutíamos recientemente
con una pareja de amigos espíritas argentinos,
Antonio y Mirta Bruni, de paso por Francia, y que
vinieron a visitarnos. Antonio nos explicó entonces
que consideraba al espiritismo como un verdadero
desafío, con ese aire entendido que significa que
somos unos Quijotes en persecución de un ideal
que tan poco logramos compartir cuando salimos de
nuestros medios espíritas. Desafiamos a la religión, la
ciencia, la sociedad, el sentido común, incluso hasta
a la parapsicología en sus aspectos más reservados.
Esa noción de desafío me pareció muy justa, pues el
combate espírita es en efecto un llamado a una forma
de revolución de las mentalidades, dentro de una
conmoción de los conceptos comúnmente admitidos
a partir de la trasgresión del tabú de la muerte.

Un desafío a las religiones
Por supuesto los espíritas no son los primeros en haber
vuelto a poner en tela de juicio las creencias religiosas,
pues ya el materialismo filosófico y científico se había
posicionado en la historia del pensamiento humano
desde hace varios siglos, y sobre todo de manera más
insistente a partir de Diderot, seguido más tarde por Karl
Marx y otros filósofos ateos. La oposición materialista
ha tenido el mérito de ser clara, en la medida en que
su demostración filosófica no tenía ambigüedades.
En cambio, no sucede igual con el espiritismo que
se encuentra en la situación incómoda de ser una
filosofía que desarrolla conceptos espiritualistas, los
mismos de la religión, pero de manera diferente. La
existencia de Dios, sí, ¿pero se trata del mismo Dios?
La reencarnación, sí, pero no ya dentro de una visión
orientalista del karma y el nirvana final, incluso a veces
de la metempsicosis. Los fenómenos que desafían las
leyes naturales admitidas, sí, pero no los milagros… La
comunicación con otros seres, sí, pero no los ángeles
o los demonios Y se podría proseguir la larga lista
de todo lo que pertenece a la vez a lo religioso y al
espiritismo, pero bajo formas diferentes.
Allan Kardec aclaró todos estos puntos, definiendo
precisamente las diferencias a partir de la revelación
espírita. Se desmarcó del fenómeno religioso, dándole
a la palabra “religioso” un sentido más amplio dentro
de la trascendencia de todas las creencias reunidas
y reinterpretadas a la luz de la enseñanza de los
espíritus. ¿Se trataba simplemente de una cuestión
de términos, de semántica? ¿Era necesario abandonar
la palabra religioso? Las posiciones fueron diversas
en la historia del espiritismo, unos que hacen de la
doctrina espírita una nueva religión, otros que asumen
un carácter no confesional y por lo tanto laico, y es
esta última noción la que nosotros hemos adoptado
para evitar todo menosprecio. En forma general, la
religión corresponde a una fe a partir de una verdad
revelada que los seres humanos han acondicionado
a su gusto. El espiritismo corresponde más bien
a un conocimiento, consecuencia de múltiples
experiencias que convergen en resultados idénticos,
un conocimiento que se ha formado a partir de la
comunicación con el otro mundo y a partir de una
reflexión filosófica sobre las enseñanzas del más allá.
Así pues, el espiritismo perpetúa su diferencia esencial
dentro de un enfoque metafísico que no debe nada
a lo religioso, y es probable que el abismo siga
profundizándose, sobre todo frente a las religiones
devenidas en integristas, dentro de las desviaciones
que evidenciamos, las de los evangélicos derivadas del
protestantismo y las del fundamentalismo musulmán.
Sin duda hay menos problemas con el catolicismo que
ya no se opone sistemáticamente a la manifestación
de los espíritus de los difuntos…
Y luego, al margen de los fenómenos religiosos,
podemos incluir el desarrollo de las nuevas
espiritualidades derivadas del esoterismo, y allí, la
oposición sigue siendo fuerte en la medida en que
nos encontramos frente a modelos de pensamiento
individualistas, desconectados del mundo real en busca
de una trascendencia ilusoria (desarrollo personal,
comunicación con los ángeles o seres de luz, etc.)

El espiritismo ante a la ciencia
El espiritismo está en la incómoda situación de asumir
su carácter científico, sin responder a ciertos criterios
requeridos por las ciencias duras, como por ejemplo la
capacidad de reproducir un fenómeno a discreción. Ya
existe desde hace mucho tiempo una oposición entre
las ciencias duras y las ciencias psicológicas o sociales,
lo que equivale prácticamente a la oposición entre
ciencias materialistas y ciencias que aceptan integrar
un factor espiritual. ¿Sería necesario entonces que la
inteligencia humana sea desconectada de la ciencia
aun cuando es gracias a esa inteligencia que se abordan
los temas científicos? ¿Será necesario entonces que el
sentimiento y la moral sean desconectados de todo
enfoque científico con el pretexto de que el estudio
de los fenómenos de la naturaleza puede prescindir de
toda apreciación y juicio de valor?
El materialista debe disociar todavía dos órdenes de
cosas, por un lado una verdad científica y por el otro
una pertenencia religiosa o filosófica desconectada de
las experiencias científicas, dicho de otra manera, una
convicción compartida en el plano del estudio de los
fenómenos naturales y otra no compartida sobre las
opciones religiosas o filosóficas de cada uno.
En el momento en que algunos vuelven a poner en
tela de juicio los principios mismos de la ciencia
clásica a partir de un nuevo enfoque, el de la física
cuántica, es preciso volver a exponer en detalle todos
los paradigmas antiguos para definir de allí los nuevos.
Se sabe que a nivel de la materia en sus estados más
ínfimos, no hay más que energía. Se sabe igualmente
que en ciertas experiencias esa energía reacciona ante
la presencia humana. Se llega a poner en evidencia
una fuerza espiritual que interacciona sobre la materia
para hacer científicamente la pregunta de Dios. Quizás
estemos en el alba de una nueva visión donde será
necesario establecer la indispensable unión entre
ciencia y espiritualidad…
Las cuestiones políticas y sociales
Según algunos, los espíritas se ocupan de lo que no les
incumbe puesto que se interesan por la marcha del
mundo en sus aspectos sociales y políticos, como si
estos temas no debieran interesar sino al vulgo, como
si la espiritualidad no tuviera que intervenir en todo
lo que concierne a la organización de la comunidad
humana. Cada uno debería permanecer en su papel:
el sacerdote se ocupa de la salvación de las almas, el
espírita se comunica con el más allá y el político se
ocupa de los asuntos del mundo… Habría pues que
disociar estas diferentes preocupaciones y considerar
que la evolución de las sociedades no interesa ni a los
espíritus ni a los espíritas. ¿Cómo podríamos hablar
entonces de evolución y de emancipación de los
individuos, si hiciéramos abstracción de lo que nos
relaciona con los demás dentro del vínculo social y las
estructuras de nuestras sociedades?
Mientras el mundo siga perdiéndose en una
desenfrenada carrera hacia el lucro, en una competencia
que todavía pudiera engendrar conflictos, todo espírita
normalmente constituido no puede sino interrogarse
acerca del funcionamiento de sociedades en las
que la hermandad, la solidaridad y la justicia siguen
siendo palabras vacías. Los buenos sentimientos de
compasión no bastan. Hay que mirar bien al mundo
tal y como va, estudiar su funcionamiento económico
y sus estructuras políticas, para comprobar que las
relaciones internacionales siempre están fundadas en
el interés, la explotación y el dominio del más fuerte,
en detrimento de los pueblos más desprovistos que son
víctimas de una competencia material que pertenece
a los poderes del dinero.
Si en espiritismo, se debe invocar la moral personal,
también necesitamos hablar de moral colectiva para dar
un sentido a la palabra solidaridad, ya sea uno cristiano,
espírita o de alguna otra disciplina humanista. Algunos
desearían que los espíritas se quedaran en su estricto
campo de la comunicación con los muertos, sin extraer
de ello las menores consecuencias filosóficas y éticas,
lo cual les volvería a llevar a no ser más que simples
espiritualistas que viven con los muertos y se olvidan
de los vivos.
Aún sobre este punto, nos encontramos ante a un
desafío no resuelto: conjugar un ideal filosófico con
sus consecuencias sobre los asuntos del mundo.
Muchos no lo aceptan, estimando que cada uno debe
permanecer en su lugar. Pues bien, nuestro lugar sin
embargo, es el de todo ciudadano que escucha al
mundo, en medio de los espíritus encarnados que
se han organizado en sociedades y que desean una
evolución de la humanidad entera.
Espiritismo y parapsicología
Sin perder de vista que la
parapsicología nació de la
antigua metapsíquica, es
preciso saber remontarse a
los orígenes: en otros tiempos
se trataba de estudiar
experimentalmente los
fenómenos de ectoplasmia
y de materializaciones, para
demostrar científicamente
la existencia de los espíritus
a través de sus manifestaciones. Eso fue realizado a
principios del siglo XX por numerosos investigadores
y especialmente por Gustave Geley, primer director
del Instituto Metapsíquico de París. Los precursores de
la parapsicología eran pues espíritas, por lo menos la
mayoría de ellos. El objeto de sus investigaciones estaba
relacionado con el espiritismo, en una continuidad
de búsqueda que se hacía más científica. ¿Quién se
acuerda todavía hoy de los orígenes? Los espíritas
sin duda alguna… pero los mismos parapsicólogos
fingen desconocer su propia historia. Su actividad
se inició hace un centenar de años, dentro de una
filiación espírita claramente definida. Actualmente,
ellos prefieren olvidar su propio pasado, considerando
al espiritismo como una hipótesis anticuada y seudo
religiosa. Sus antecesores trabajaron para poner en
evidencia al espíritu, estos (los de hoy) se han vuelto
hacia otras investigaciones, sobre las capacidades y
propiedades del espíritu humano, descuidando otro
mundo del que dicen que nunca se podrá probar su
existencia.
Así pues, el foso entre el espiritismo y la parapsicología
se ha profundizado progresivamente, hasta el punto
de que necesitamos tratar de reconstruir toda una
relación perdida entre gentes que ya no se comprenden
(apartando a ciertos investigadores calificados de
parapsicólogos que, en las investigaciones sobre
las NDE y la reencarnación —en la línea de Ian
Stevenson—, avanzan por la vía de un reconocimiento
del espíritu, para acercarse progresivamente a las tesis
espíritas).
Respecto a la parapsicología en general, estamos
todavía ante un reto, el de hacer renacer una
convergencia a partir de nuestra voluntad de reanudar
el diálogo y volver a abrir el debate. Trabajamos
en ello, pero hay que admitir que la tarea es difícil,
puesto que el espiritismo siempre es considerado
con condescendencia por parte de las y los que
reivindican un elitismo científico e intelectual alejado
de las investigaciones metapsíquicas de sus padres
fundadores.
Entonces, hay todavía grandes retos delante de
nosotros, y en todos los planos. El espiritismo sigue
estando marginado: por una parte arrastra todavía una
imagen deformada y por otra porta una utopía que
exige mucho en la transformación de las mentalidades.
Como filosofía, el espiritismo nos lleva a reflexionar
sobre todos los aspectos de la vida; ningún tema le es
ajeno puesto que se trata del sentido dado a nuestras
vidas encarnadas, tanto en el plano individual como
en el colectivo. La evolución individual es un asunto
que nos concierne a todos, pero no hay evolución que
pueda desconectar lo individual de lo colectivo, si esa
evolución responde al sentido primero del mensaje
cristiano íntimamente vinculado al mensaje espírita.
Qué significa “Amaos los unos a los otros”, si no es
sentirse implicado en una vida universal, la del más
allá de nuestros seres queridos difuntos y la de nuestra
humanidad de la que todos somos actores colectivos.

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