UNA ACLARACIÓN MUY OPORTUNA

Ponemos en el conocimiento de nuestros amables lectores que todo el material que ofrecemos como posts en este blog ha sido extraído de la obra LOS FUNDAMENTOS DEL ESPIRITISMO, previa autorización de su autor nuestro distinguido amigo Prof. Jon Aizpurua.

No nos atreveríamos a divulgar este precioso e invaluable material doctrinario y de divulgación de la cultura espírita si no tuviésemos de antemano la autorización expresa de su autor, de lo contario incurriríamos en el plagio, actitud que nos despierta repugancia tan sólo con mencionar el término.

Hemos escogido esta obra, LOS FUNDAMENTOS DEL
ESPIRITISMO, porque estamos seguros que ella constituye la exposición más actualizada de los postulados doctrinarios expresados por el Codificador Allan Kardec, enmarcados en nuevo contexto paradigamático; el vigente en estos tiempos que corren.

En LOS FUNDAMENTOS DEL ESPIRITISMO el autor reinvidica el verdadero carácter de la Doctrina Espírita, como un sistema de pensamiento laico, racionalista, e iconoclasta, alejado de todo misticismo religioso, tal como fue codificada la Doctrina por el Maestro Allan Kardec en el siglo diecinueve.

Esta obra es eminentemente didáctica, porque está escrita en un estilo ágil y ameno, sin que por ello pierda consistencia en su brillante exposición de ideas, llegando a toda clase de público lector, desde el estudioso del Espiritismo hasta aquellas personas que se encuentran en la búsqueda de una filosofía racional que les ayude a pensar al mundo y a sí mismos.

René Dayre Abella
Nos adherimos a los postulados doctrinarios sustentados por la Confederación Espiritista Panamericana, que muestran a la Doctrina Espírita como un sistema de pensamiento filosófico laico, racionalista e iconoclasta. Alejado de todo misticismo religioso. Apoyamos la Carta de Puerto Rico, emanada del XIX Congreso de la CEPA en el pasado año 2008.

viernes, 18 de marzo de 2011

LOS CASOS DE ALEJANDRINA SAMONA Y LAURE RAYNAUD LE JOURNAL SPIRITE N° 77 JULIO 2009

                                                                 GABRIEL DELANNE

LA REENCARNACIÓN ANUNCIADA
DE ALEJANDRINA SAMONA
El número de enero de 1911 de la revista Filosofia
della Scienza de Palermo relata el caso de la segunda
encarnación en la misma familia de Alejandrina
Samona muerta de meningitis a la edad de cinco
años. Es el doctor Carmelo Samona, jefe de la familia
en la que ocurrieron los hechos, quien habla: “el 15 de
marzo de 1910 perdimos una niña que mi esposa y yo
adorábamos; en mi compañera fue tal la desesperación
que por un momento temí por su razón”.
“Volveré a ti como niña”
“Tres días después de la muerte de Alejandrina, mi
esposa tuvo un sueño donde creyó ver a la niña que le
decía: ‘Madre, no llores más, no te he abandonado; no
me he alejado de ti, por el contrario, volveré a ti como
niña’. Tres días más tarde, se repitió el mismo sueño.
La pobre madre cuyo dolor nada podía atenuar, y que
para esa época no tenía ninguna noción de las teorías
del espiritualismo moderno, no encontraba en sus
sueños más que una nueva razón para atizar su pena.
Una mañana en que se quejaba como de costumbre, se
escucharon tres golpes secos en la puerta de la habitación
donde nos encontrábamos. Creyendo que había llegado
mi hermana, mis hijos que se encontraban con nosotros
fueron a abrir la puerta diciendo: ‘entra, Tía Catherine’.
Nuestra sorpresa fue grande al comprobar que no había
nadie detrás de la puerta ni en la pieza que la precedía.
Fue entonces cuando resolvimos comenzar sesiones de
tiptología (comunicación con los espíritus por medio
de golpecitos) con la esperanza de que, quizás por
este medio, tendríamos algunas explicaciones sobre
el misterioso hecho de los sueños y de los golpes que
tanto nos preocupaban; durante tres meses seguimos
nuestras experiencias con gran regularidad. Desde
nuestra primera sesión, se manifestaron dos entidades:
una decía ser mi hermana, la otra nuestra querida
desaparecida. Esta última confirmó por medio de la
mesa su aparición en los dos sueños de mi esposa y
reveló que los golpes habían sido dados por ella. Todavía
repitió a su madre: ‘No te entristezcas más pues naceré
otra vez de ti y antes de Navidad’. La predicción fue
acogida por nosotros con la mayor incredulidad, pues
un accidente seguido de operación (el 21 de noviembre
de 1909) hacía inverosímil cualquier nuevo embarazo
de mi esposa. Y sin embargo, el 10 de abril, se manifestó
en ella una primera sospecha de embarazo. El 4 de mayo
siguiente, nuestra hija se manifestó de nuevo a través
de la mesa y nos dio un nuevo anuncio: ‘Madre, hay
otro en ti’. Como no comprendimos esta frase, la otra
entidad que, al parecer, siempre acompañaba a nuestra
hija, la confirmó comentándola así: ‘La pequeña no se
equivoca: otro ser se desarrolla en ti, mi querida Adèle’.
Las comunicaciones que siguieron ratificaron todas
estas declaraciones y hasta las precisaron, anunciando
que los infantes por nacer serían niñas; que una se
parecería a Alejandrina y también que sería un poco
más hermosa de lo que fuera anteriormente. A pesar
de la persistente incredulidad de mi esposa, las cosas
parecieron tomar el giro anunciado, pues en el mes de
agosto, el doctor Cordaro, reputado partero, pronosticó
el embarazo gemelo”.
Nacimiento de gemelos
“Y el 22 de noviembre de 1910, mi esposa dio a luz a
dos niñas, sin parecido entre sí, aunque una reproducía
en sus rasgos las particularidades físicas muy especiales
que caracterizaban la fisonomía de Alejandrina, es decir,
un inflamación del ojo izquierdo y una ligera seborrea
de la oreja derecha, en fin una asimetría poco marcada
del rostro.
Parecidos con la vida precedente
Habían transcurrido dos años y medio desde el
nacimiento de aquella niña, y el doctor Carmona
escribió a Filosofia della Scienza que el parecido de
la Alejandrina N° 2 con la Alejandrina N° 1 no había
hecho más que confirmarse, no sólo en lo físico, sino
sobre todo en lo moral. Mismas actitudes y juegos
tranquilos, mismas formas de acariciar a su madre;
mismos terrores infantiles expresados en los mismos
términos, también tendencia irresistible a servirse de la
mano izquierda, misma forma de modificar los nombres
de los que la rodeaban. Como la Alejandrina N° 1, abría
el armario de los zapatos cada vez que podía entrar al
cuarto donde se encontraba ese mueble, se calzaba un
pie y se paseaba triunfalmente por el cuarto. En una
palabra, rehacía de modo absolutamente idéntico la
existencia en la edad correspondiente de la Alejandrina
N° 2. No se observaba nada semejante en Maria Pace,
su hermana gemela.
Este testimonio es interesante pues fue vivido por el
doctor Carmona quien, atento a los hechos, los anotó
en el transcurso de los años. Este segundo nacimiento,
anunciado de antemano por las manifestaciones de
espíritus, aunque considerado imposible por los padres
por causas patológicas, se cumplió en el día fijado.
Se encontraban en la niña todas las particularidades
morales y físicas muy características de su corta vida
anterior. Estos hechos se apoyan sobre toda un serie de
declaraciones de testigos y amigos que relatan todas
las fases de este fenómeno.
“Hoy, Alejandrina tiene 13 años”, escribió Gabriel
Delanne (en su obra Documentos para servir al estudio
de la reencarnación), “y puede seguirse en ella todo el
desarrollo de las primicias indicadas por los espíritus”.
EL CASO DE LAURE RAYNAUD
Excepcionalmente esta percepción de las vidas
anteriores se encuentra también entre algunos adultos.
El caso de Laure Raynaud fue observado por el doctor
Gaston Durville que lo describió en la revista Psychic
Magazine de enero de 1914. He aquí extractos del
relato del doctor Durville que conoció muy bien a la
señora Raynaud, pues ella era empleada de su clínica
y antigua alumna de la escuela de magnetismo Hector
Durville en París:
“Cuando todavía era muy pequeña, parecía que Laure
no era como todas las niñas de su edad. Su madre, una
valiente mujer que superaba la cincuentena, tuvo a
bien venir a verme a París y me aseveró lo que sigue:
‘Desde sus primeros años mi hija Laure tuvo ideas que
no comprendíamos, que se había hecho ella misma
sin que se las hubieran enseñado. Con frecuencia, nos
molestaba con sus historias y yo le decía que se volvería
loca si seguía pensando así; sabía que los asuntos
enseñados por los sacerdotes en la iglesia no eran
verdad y sus ideas eran tan tenaces, tan firmes, que se
negaba obstinadamente a ir a misa el domingo con los
suyos. Era preciso, continúa su vieja madre, llevarla a
la misa con un cachouère (látigo). Y el cachouère no
tenía razón de las ideas de la niña. El cura de la aldea
se interesaba en Laure pues ella era inteligente y él
disfrutaba yendo a verla para conversar con ella. La
pequeña Laure le discutía el paraíso, el purgatorio y el
infierno, y le decía que después de la muerte el espíritu
regresa a la tierra en otro cuerpo. Entonces el cura se
enfadaba y murmuraba entre dientes: ‘¡Extraña criatura!
¡Chiquilla misteriosa!’ Y entonces se iba perplejo, sin
haber logrado obtener de la niña más arrepentimiento
que un gran mohín y un ‘¡Ah! Bien, no diré más nada’.
Ese cura ejerce su ministerio en Auront, en la Somme,
región natal de Laure Raynaud; es un anciano de 72
años llamado Géimbard. Las ideas ‘raras’ de la pequeña
Laure no se borraron a medida que avanzaba en años.
Cuando el lenguaje le permitió expresarlas mejor, se
precisaron. A la edad de 17 años, vino a Amiens. Allí,
era apremiada por la idea de tocar a los enfermos para
curarlos, y a sus íntimos, a sus vecinos, exponía en horas
de confidencias sus conceptos sobre la supervivencia.
No hablé más de esta época y llegó 1904, año en que
se casó. Me fue dado reconstituir las ideas de Laure
Raynaud a partir de ese momento, gracias a los amigos
de ella que he podido encontrar. Laure Raynaud sabía
que los humanos poseen un principio espiritual inmaterial que
sobrevive a la muerte. Pero esa supervivencia no tiene lugar en un
lejano paraíso o infierno; es a la tierra donde el alma vuelve para
reencarnar, después de haber vivido durante años una vida celestial”.
Recordaba haber vivido
“Laure Raynaud sabía todo eso; recordaba haber vivido ya y le gustaba
contar su vida anterior; su recuerdo no era completo; conocía sólo
algunos pasajes, algunas circunstancias de esa existencia, pero esos
pasajes y esas circunstancias eran para ella de una inaudita claridad.
La casa donde había vivido, o más bien el exterior de ésta, el parque
que la rodeaba, los alrededores, el cielo de un azul añil, todo estaba
presente en su espíritu como un cliché luminoso. Decía que sabría
reconocer su morada tan fácilmente como un aficionado a los
cuadros reconoce un lienzo que le ha gustado. Se veía a sí misma en
esa existencia anterior pero no sabía nada de los menudos detalles
de su vida; se veía con 25 años y daba señas precisas de sí misma. En
cuanto a su familia, no la recordaba. Hablaba con frecuencia de una
suerte de cliché que tenía de sí misma. Se veía joven y enferma del
pecho, vagando por un gran parque, en un país que no podía nombrar
pero cuyo cielo era puro, sin duda un país del Mediodía. Se quejaba
del clima frío del Norte: su país tenía otro sol más cálido, más alegre.
Pasaron los años, y Laure Raynaud realizó su sueño de la niñez; tocaba
a los enfermos para sanarlos y conseguía notables curaciones. La
fama de sus curas se extendió como un reguero de pólvora. Ricos
y pobres se amontonaban en su salón de la calle Enguerrand, en
Amiens, para encontrar alivio a sus males. Las personalidades más
importantes de la región, jueces, abogados y hasta médicos, venían a
consultarla. Pero pronto la señora Raynaud, ya no estuvo a gusto en
Amiens, y quiso venir a París, y en el momento mismo de su mayor
apogeo, en la época en que sus adeptos la veneraban igual que a un
dios, abandonó repentinamente a su clientela. Vino a París. Fue para
perfeccionar sus conocimientos de sanadora que vino a la capital;
se inscribió en la escuela práctica de magnetismo; fue allí donde la
conocí. Pronto observé su notable facultad, así que en 1911, le ofrecí
la dirección de mi sanatorio la cual aceptó. Desde 1911 he vivido al
lado de la señora Raynaud; entonces la he podido seguir, día a día, y he
estudiado serenamente sus curiosas facultades y sus originales ideas.
Puedo afirmar que desde el punto de vista mental es perfectamente
equilibrada. No es psicópata; no tiene ninguna alucinación, ninguna
idea mórbida; es una mujer tranquila y razonable; y tiene una gran
fe en el poder terapéutico de su mano. Pero los resultados que la he
visto obtener en mi casa la autorizan a tener confianza en sí misma.
En fin, es una maravillosa intuitiva que me ha predicho numerosos
eventos de mi vida que nada podía hacer prever. Muchas veces la
señora Raynaud hablaba delante de mí de de su última vida anterior,
pero yo no le daba mucho valor a esas historias, pues no veía la
posibilidad de verificación alguna. Me decía que ya había vivido,
con toda seguridad había habitado un país del Mediodía; su casa
era muy grande, mucho más grande que las casas ordinarias,
con una gran terraza en la parte delantera; las ventanas eran
grandes, numerosas, arqueadas en lo alto; había dos pisos y hasta
una terraza arriba. Era por esa terraza que le gustaba pasearse,
joven, morena, con los ojos muy negros y grandes; estaba triste,
pues estaba muy gravemente enferma. Tosía y pronto moriría del
pecho. Su carácter era arrogante, altanero, severo,
casi malo; sin duda la enfermedad la había agriado.
Era indolente y le encantaba vagar, perezosamente,
por el parque. Ese parque estaba plantado de viejos
árboles; iba en cuesta ascendente; y por detrás y a
los lados, había casitas habitadas por un grupo de
obreros. La muerte la sorprendió pronto, quizás hacia
los 25 años, partió agotada, delgada, pálida. Pasó
más de medio siglo viviendo en el más allá. Luego
reencarnó en la aldea de Aumont, en la Somme. Es lo
que le oí contar muchas veces”.
¿Cómo encontró
su casa la señora Raynaud?

“En marzo de 1913 recibí una carta procedente de
Génova, llamándome de parte de una dama de la
aristocracia genovesa. En ese momento yo no podía
dejar París. Afortunadamente, la enferma en cuestión
quería mucho a la señora Raynaud. Ya había sido
magnetizada por ella en mi casa de París. Rogué pues a
la señora Raynaud que partiera para Italia. El viaje iba
a ser prolífico en curiosas sorpresas. Al llegar a Turín, la
señora Raynaud tuvo la vaga impresión de que el país
no le era desconocido. Le parecía que ya había visto los
lugares que se extendían ante sus ojos. Sin embargo,
nunca había estado en Italia, tampoco había leído libros
sobre este país y tampoco creía haber visto imágenes
que lo representaran; y el tren rápido seguía rodando.
Llegó a Génova. Allí, lo que hasta entonces no había
sido para la señora Raynaud más que una impresión se
convirtió en certeza. Verdaderamente conocía ese país:
era allí donde había vivido en una existencia anterior. Al
llegar a casa de sus huéspedes, les comunicó sus ideas
y su deseo de ir en busca de su casa. Nuestro excelente
Sr. C., psíquico erudito y espiritualista convencido, se
ofreció enseguida para ayudar a la señora Raynaud en
su búsqueda. Conocedor a fondo de Génova, le pidió
a la señora Raynaud que le diera todas las señas que
conociera de su casa; y ella le repitió al Sr. C lo que
leímos más arriba. ‘Existe, pero no en la propia Génova,
sino en los alrededores’, dijo el Sr. C., ‘una gran casa que
me parece que responde a la forma, la ubicación y la
arquitectura que usted indica, vamos allá’. Y el señor C.
le rogó a la señora Raynaud que viniera con él. Subieron
a un auto y atravesaron toda Génova. Pronto el coche
se detuvo delante de una gran casa blanca. ‘No, esa
no es’, dijo la señora Raynaud, ‘pero conozco muy
bien este lugar y mi morada no está lejos. Partamos,
girando a la izquierda vamos a encontrar una carretera
que sube, y desde esa carretera veremos a través de los
árboles lo que nos interesa’. El auto avanzó siguiendo
las indicaciones de la señora Raynaud y, en efecto, a la
izquierda se encontraba la carretera que se extendía,
en pendiente bastante fuerte, hasta una hermosa
casa blanca que respondía a las señas indicadas, un
gran cuadrilátero con su gran terraza en la parte baja,
su terraza arriba, las numerosas ventanas, grandes,
arqueadas en lo alto, de estilo renacentista italiano. El
parque inculto adelante, descendía por detrás”.
Es allí donde morí, hace un siglo
“¡Ah! Dijo el Sr. C., esa es la casa de la familia S., familia
muy conocida en Génova.
—Es allí donde yo vivía, añadió la señora Raynaud; era
allí, en esa terraza, donde me paseaba débil, enferma
del pecho. Estaba muy indispuesta, estaba triste; fue allí
donde morí en la flor de la edad, hace un siglo”.
De regreso en casa de sus amigos, la señora Raynaud,
dio en la cena detalles sobre su hallazgo, evocó con
placer algunos recuerdos de su existencia anterior, y
luego agregó: “Sé que no estoy enterrada como todo
el mundo, en el cementerio; mi cuerpo descansa en una
iglesia, tengo la convicción”.
Las pruebas:
En Génova se encontró una partida de
defunción que es la de la señora Raynaud
“A través de mis amigos hice hacer largas investigaciones
en Génova; que condujeron a comprobaciones muy
extrañas. La iglesia de San Francisco de Albaro guarda
en sus minutas las partidas de defunción de las personas
fallecidas en esa casa señalada como suya por la señora
Raynaud. En esas minutas, mi amigo descubrió un acta
de la cual me envió copia. En esa acta, se observa:
1° Que se trata de una mujer que siempre fue
enfermiza, lo que está conforme con lo dicho por la
señora Raynaud
2° Que esta mujer parece haber muerto del pecho,
pues se dice que murió de un enfriamiento; el
término morir de enfriamiento es generalmente
sinónimo de morir de tuberculosis pulmonar. Esto
está igualmente conforme con el decir de la señora
Raynaud
3° Que la defunción se remonta a más o menos un
siglo, exactamente al 13 de octubre de 1809. Esto
está igualmente conforme
4° Que el cuerpo de la difunta está enterrado en una
iglesia (esto está igualmente conforme).
Notamos, finalmente, que nada en el acta contradice lo
que expresa la señora Raynaud”
Laure Raynaud murió a la edad de 45 años. Gracias
a su magnetismo, había curado una multitud de
desheredados. Podríamos decir que Laure Raynaud
también tenía por misión recordar su vida anterior, sin
duda para estimular al prójimo e incitarlo a la reflexión.

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