UNA ACLARACIÓN MUY OPORTUNA

Ponemos en el conocimiento de nuestros amables lectores que todo el material que ofrecemos como posts en este blog ha sido extraído de la obra LOS FUNDAMENTOS DEL ESPIRITISMO, previa autorización de su autor nuestro distinguido amigo Prof. Jon Aizpurua.

No nos atreveríamos a divulgar este precioso e invaluable material doctrinario y de divulgación de la cultura espírita si no tuviésemos de antemano la autorización expresa de su autor, de lo contario incurriríamos en el plagio, actitud que nos despierta repugancia tan sólo con mencionar el término.

Hemos escogido esta obra, LOS FUNDAMENTOS DEL
ESPIRITISMO, porque estamos seguros que ella constituye la exposición más actualizada de los postulados doctrinarios expresados por el Codificador Allan Kardec, enmarcados en nuevo contexto paradigamático; el vigente en estos tiempos que corren.

En LOS FUNDAMENTOS DEL ESPIRITISMO el autor reinvidica el verdadero carácter de la Doctrina Espírita, como un sistema de pensamiento laico, racionalista, e iconoclasta, alejado de todo misticismo religioso, tal como fue codificada la Doctrina por el Maestro Allan Kardec en el siglo diecinueve.

Esta obra es eminentemente didáctica, porque está escrita en un estilo ágil y ameno, sin que por ello pierda consistencia en su brillante exposición de ideas, llegando a toda clase de público lector, desde el estudioso del Espiritismo hasta aquellas personas que se encuentran en la búsqueda de una filosofía racional que les ayude a pensar al mundo y a sí mismos.

René Dayre Abella
Nos adherimos a los postulados doctrinarios sustentados por la Confederación Espiritista Panamericana, que muestran a la Doctrina Espírita como un sistema de pensamiento filosófico laico, racionalista e iconoclasta. Alejado de todo misticismo religioso. Apoyamos la Carta de Puerto Rico, emanada del XIX Congreso de la CEPA en el pasado año 2008.

martes, 25 de enero de 2011

ESPIRITISMO: A LA BÚSQUEDA DE UN MÉTODO FILOSÓFICO Manuel Bernal Parodi EXTRAÍDO DE: LAS PUBLICACIONES DE LA ASOCIACIÓN ESPÍRITA ANDALUZA "AMALIA DOMINGO SOLER".

ESPIRITISMO: A LA BÚSQUEDA DE UN MÉTODO FILOSÓFICO
Manuel Bernal Parodi
Varios han sido los métodos que velada u ostensiblemente se le han aplicado al Espiritismo a lo largo de su
historia, coincidiendo con la moda de cada época o con las inclinaciones filosóficas de cada cual. El propio Kardec no
fue ajeno a esta tendencia: toda su obra está impregnada de un subliminal racionalismo cartesiano. Esto no es un
reproche, sino todo lo contrario. Como buen francés, Kardec, no podía dejar de lado al gran filósofo del siglo de oro
francés, René Descartes, y su duda metódica. El Codificador tuvo que elaborar un cuerpo de doctrina prácticamente de
cero y creyó que el enfoque gnoseológico que le ofrecía la filosofía cartesiana era, para empezar, un buen método. Y lo
fue. Pero si el racionalismo cartesiano sólo se observa en la obra de Kardec implícitamente, el método por excelencia de
su época: el positivismo comtiano, por el contrario, salta a la vista. Su otro compatriota e inspirador filosófico, Auguste
Comte, desencarna el mismo año que nace el Espiritismo: 1857. Al filósofo de Montpellier sí le debe Kardec mucho de
lo aplicado en su obra. Comte, como Descartes lo hizo antes y como Husserl lo intentará hacer después, quiere construir
una filosofía estrictamente científica: para Comte es científico lo que parte de la experiencia y llega a conclusiones
verificables en la experiencia. Kardec partió de estas premisas para elaborar el triángulo que constituye la base
experimentable del Espiritismo: la inmortalidad del espíritu, la reencarnación y la mediumnidad; y, a decir verdad, le
fue muy bien. Aplicando el método experimental a elementos que hasta entonces se incluían en el terreno de lo
sobrenatural, Kardec supo extraer de ellos una teoría sin visos de preconcepción, fuera del milagrerismo teológico y la
abstracción metafísica. Esto no quiere decir que Kardec formara en las filas del positivismo, en absoluto, porque a la luz
del positivismo, que era materialista, esos tres principios espíritas serían indemostrables científicamente, sino que tomó
de este método filosófico lo que de bueno tenía para una mayor cientificidad del Espiritismo.
Otra de las características del positivismo es su tendencia al estudio sociológico, pues no considera al hombre
aisladamente, sino incardinado en una unidad social. Y el Espiritismo kardeciano, en el fondo y en la forma, así lo
juzga, pues aunque el progreso individual es innegable e irrenunciable dentro del marco kardeciano, el progreso de los
pueblos como conjunto de individualidades que se solidarizan para colaborar en el progreso universal, forma parte
inseparable del animal social que somos y, sobre todo, de la esencia espiritual de la que procedemos y que compartimos.
En esto, y en todo, el Codificador traspasa abiertamente los estrechos límites del positivismo. Kardec, por lo tanto, no
fue extraño a la realidad sociológica espiritista, y así lo manifiesta abiertamente en sus Obras póstumas –concretamente
en el capítulo «Libertad, igualdad y fraternidad»–, de cuya obra solicitó leer Porteiro algunos párrafos en el V Congreso
Espiritista Internacional de Barcelona de 1934 con la intención de fundamentar una propuesta de creación de una
sociología espiritista, solicitud que fue desestimada por el presidente del Congreso, Asmara, alegando que Kardec
estaba equivocado. Sin embargo, el Congreso, en sus conclusiones, «invita a todos los espiritistas a que, dentro de su
radio de acción, trabajen en la crítica y en la reforma de la actual organización económico-social, en busca de una mejor
distribución de la riqueza producida». Así pues, a pesar de la intransigencia de Asmara, la proposición de Porteiro no
cayó en saco roto; aunque tengo para mí que a Porteiro –que ya venía trabajando desde hacía tiempo en favor de una
sociología netamente espiritista– le importó un bledo aquella negativa de Asmara: si fue así, hizo muy requetebién.
¿Acaso un congreso, por muy internacional y espiritista que sea, es un concilio ecuménico?¿Desde cuando el progreso o
una realidad pueden estar sometidos a votación o al capricho de unos pocos? Si el avance de los pueblos dependiera de
los votos de la mayoría, estaríamos en la Edad de Piedra.
No obstante, filósofos como Hegel o Krause –sobre todo este último– están más cerca del Espiritismo que Comte.
La filosofía hegeliana se conecta remotamente con la de Heráclito y su teoría del devenir, es decir, con una concepción
puramente dinámica de los seres naturales en donde el fondo de toda realidad es un incesante devenir. Para el pensador
de Éfeso el devenir hace que los elementos se transformen unos en otros dentro de una medida y una armonía oculta
más fuerte que la manifiesta. Este es el origen filosófico remoto de concepciones posteriores evolucionistas, tanto
filosóficas como científicas, entre las que el Espiritismo se encuentra cómodamente si se le añade el elemento psíquico
o espiritual: el dinamopsiquismo de Geley. Aizpúrua observa en la sentencia kardeciana: «Nacer, morir, renacer y
progresar siempre; ésta es la ley», la máxima expresión de la ecuación dialéctica hegeliana –conectada directamente con
el devenir heraclitiano– de tesis-antítesis-síntesis, esto es: nacimiento-muerte-reencarnación, en donde el nacimiento
(tesis), completamente opuesto a la muerte (antítesis), sólo se resuelve y adquiere sentido con el renacimiento o
reencarnación (síntesis). El método dialéctico es el que adoptó el Espiritismo en el susodicho Congreso de Barcelona;
pero la dialéctica adoptada no es talmente la de Hegel, Kant, Platón o Marx, sino «una dialéctica espírita, brújula o
timón que guíe a la sociedad hacia la interpretación espiritualista de la historia». Es decir, que el Congreso no establece
un método dialéctico específico, sino que sólo se limita exponer, adaptándola al Espiritismo, la definición genérica del
término dialéctica como ‘el desarrollo de una idea mediante el encadenamiento de razonamientos o de hechos’. Una
dialéctica que Porteiro adaptó a las peculiaridades propias espíritas y que tan extraordinariamente desarrolló en su
Espiritismo dialéctico, siguiendo muy de cerca a su admirado Geley y a su obra cumbre: Del inconsciente al
consciente.
El krausismo, introducido en España a mediados del siglo XIX por Julián Sanz del Río, tuvo mucha influencia en
los intelectuales espiritistas, sobre todo en Manuel González Soriano, figura cumbre de la filosofía espiritista española.
En la obra de González Soriano no hay que leer entre líneas para deducir que el método filosófico empleado es el
krausista, porque él lo dice abiertamente en su más representativo trabajo, El Espiritismo es la filosofía: «[...] nos ha
parecido más metódico y completo el usado en el krausismo [...]». Basándose en éste, González Soriano expone su
particular método científico de investigación al que denomina mixto, que consiste en un doble método de investigación:
la investigación de las causas por el conocimiento de los efectos (método analítico) y la investigación de los efectos por
el conocimiento de las causas (método sintético). Este método –viene a decir González Soriano– tiene la ventaja de
darnos una mayor seguridad de acierto en lo investigado y la de revelarnos los posibles errores que hayamos cometido
en la aplicación de uno de esos dos métodos. La objetividad de su método queda definida en las siguientes palabras del
filósofo cartagenero: «Para que la observación o estudio de cualquier cuestión sea exacta, verdadera y lógica, el sujeto
observador debe desposeerse por completo de toda anterior creencia, de toda idea preconcebida, y marchar en línea
recta por el camino que las inducciones analíticas y las deducciones sintéticas le marquen en su investigación. Porque la
verdad no admite condiciones ni se somete a caprichos, y quien la busca debe prepararse de antemano a aceptarla tal y
como se presente, con todo su cortejo de legítimas y naturales consecuencias». Curiosamente, el krausismo es
reencarnacionista, aunque no admite la mediumnidad: imprescindible gabinete de información del Espiritismo.
Por su parte, Léon Denis sólo se limita –que ya es mucho– a describir la doctrina tal cual, sin seguir un ningún
método filosófico determinado.
Con Gustave Geley, quien define el Espiritismo como una filosofía científica, la doctrina se separa
definitivamente de ese halo místico y lacrimógeno con que algunos la envolvieron. Esta filosofía científica, dice Geley,
gira en torno a la doctrina de la evolución o, al menos, que la evolución desempeña un papel crucial en determinadas
enseñanzas del Espiritismo. Desde el punto de vista de la especulación filosófica, la filosofía geleyana entronca
directamente con Heráclito y sus seguidores y, desde el punto de vista científico, con las teorías evolutivas de Lamarck
o Darwin; aunque a todos traspasa. El principio psíquico o espiritual –la «armonía oculta» que intuía Heráclito– que
anima a la materia es para Geley la fuerza motriz de la evolución, un dinamopsiquismo independiente y superior,
esencial y único, a la materia orgánica y que contiene en sí mismo todas las potencialidades de desarrollo. El método
filosófico-científico empleado por Geley fue el que él denominó descendente (el que va de lo complejo a lo simple), el
empleado por Lamarck, aunque con ciertas diferencias. Y aunque éste es el método que emplea la filosofía pura, Geley
lo consideró el más apropiado para aplicarlo a una doctrina que participa a la vez de la filosofía y de la ciencia. Es decir,
que tiene una parte científica de la que podemos deducir conclusiones filosóficas, y otra puramente filosófica –como es,
por ejemplo, la idea de Dios– de la que sólo podemos echar mano de la filosofía.
El exagerado cientificismo de algunos grupos espiritistas los ha llevado a prescindir de principios básicos espíritas
como son la idea de Dios y la pluralidad de mundos habitados. Es cierto que a Dios no lo podemos colocar entre
matraces ni sobre la mesa de una reunión mediúmnica, y que la existencia de una «inteligencia suprema, causa primera
de todas las cosas» sólo la podemos deducir, por muy racional que aquélla sea, mediante la deducción filosófica. Pero
hoy en día, en que los científicos cada vez que descubren un nuevo principio lo subordinan a su vez a otro superior,
desconocido y con tendencia a la unicidad; ahora que intuimos con más claridad esa causa única inteligente y creadora
que está en el germen de todo lo que existe y que todo lo abarca; ahora cuando oteamos siquiera sea su lejanía y
balbuceamos con imprecisión su “correcta” definición; ahora precisamente es cuando no podemos ni debemos
abandonar esa idea de armonía, de progreso y, en definitiva, de amor.
Basándose en su venerado Geley, Manuel Porteiro esculpe magistralmente con su preciso escarpelo el cuerpo de
la filosofía espiritista. Con el filósofo argentino se consolida una filosofía netamente espiritista, sin aditamentos ni
contaminaciones religiosas, esotéricas o sincréticas. El motor de la dialéctica porteiriana es la constante acción
psicodinámica del espíritu, la cual se manifiesta materialmente mediante las diversas formas, siempre en evolución, que
va adquiriendo en sus sucesivas reencarnaciones. Pero la dialéctica espiritista de Porteiro –que tanto asustó a los
espiritistas meapilas sin saber siquiera de qué se trataba– no es un sistema creado al margen del Espiritismo, sino que
son los propios principios fundamentales espiritistas tratados a la luz del conocimiento de cada época, lo cual implica
una constante actualización de la doctrina, como le corresponde a una filosofía científica. Y con esto nos retrotraemos al
pensamiento de Kardec: el de la continua puesta al día del Espiritismo. Así pues, para Porteiro –aunque tenga
concomitancias con determinados sistemas filosóficos, ya que el Espiritismo no surge de la nada– el método espiritista
surge del propio Espiritismo. En esto coincido con Porteiro, pues buscarlo fuera de la doctrina sería como colocarle un
traje a alguien sin haberle tomado previas medidas; porque si bien los principios doctrinarios en que se basa el
Espiritismo no son nuevos –por eso quizá algunos métodos filosóficos ya conocidos se hayan adaptado, ya recogiendo
el dobladillo, ya modificando la sisa, al modelo espiritista–, sí es nueva la orientación que se le da a esos principios, y
por eso precisamente considero que el Espiritismo necesita un traje hecho a la medida.
No obstante lo dicho, aunque sin llegar al chovinismo, permítanme hacer un poco de patria. Y es que lo mismo
que el español Fernández Colavida se adelantó al francés De Rochas en la experimentación de la regresión, también el
ya mencionado español González Soriano se adelantó al francés Geley y al argentino Porteiro en lo tocante a la
exposición filosófico-científica de ese elemento motor independiente de la materia que anima a ésta en su evolución. Un
elemento motor que contiene embrionariamente infinitas posibilidades de desarrollo, como infinito es el principio
espiritual único del que procede y es solidario. «Sólo existe una esencia universal –manifestaba González Soriano en
1881–; luego una misma propiedad caracteriza a la esencia de todo lo que en el universo existe y es. Mundos, espacios,
sustancias y seres en sus múltiples manifestaciones, en sus distintos aspectos y caracteres, en sus diferentes formas, en
sus diversos modos y en sus variadas influencias y funciones, todo es producto de un mismo elemento, de una misma
esencia, de una misma propiedad, de una misma ley.
Siendo eterna la esencia universal, como en nuestro estudio sintético hemos visto, y caracterizando a la esencia
todas sus propiedades desde que es, la esencia constitutiva de la creación viene desde la eternidad realizándose en las
modificaciones que le son propias: o lo que es lo mismo, desde la eternidad viene evolucionando el germen potencial,
ya automática, ya libremente cuando se le inicia la conciencia de que es; porque, como parte solidaria del Todo, infinita
en existencia y en potencia perfectible, posee infinitamente cada orden de imperfección y tiene que irse determinando
progresivamente en todos los modos y manifestaciones que representan el infinito de grados de actividad que en su
infinita y latente potencia contiene, como obra perfecta que es de absoluta perfección, aunque como parte no llegue
infinitamente a realizarse en la perfección total, que es la Infinita perfección y que exclusivamente corresponde al
Todo, a Dios [...].
Siendo una la esencia universal, los gérmenes potenciales que la constituyen son esencialmente idénticos, y por
consecuencia todos poseen las mismas propiedades naturales: es decir, todos reconocen igual principio y se elevan a
igual fin; todos contienen la misma susceptibilidad general y los mismos medios para desarrollarla. Luego las cuatro
secciones generales características que la experiencia sensible nos determina en el mineral, el vegetal, el animal y el
hombre, con sus múltiples variantes, no son otra cosa que diferentes modos de una misma esencia adquiridos por el
desarrollo de sus propiedades; diferentes manifestaciones de la misma esencia correspondiente cada una a un distinto
grado posesivo de desenvolvimiento activo en sus naturales aptitudes y facultades; diversas determinaciones de la
esencia única que existe, representativas cada una de la especial naturaleza que ha conquistado en su perfeccionamiento
progresivo». Una exposición un poco larga es ésta, lo reconozco, pero, en virtud de su sentencioso y axiomático
lenguaje, es muy difícil resumir a González Soriano. Es admirable también cómo el cartagenero rebate la imposibilidad
del ateísmo positivista utilizando los propios principios del positivismo. Hay que leer la obra de este espiritista olvidado.
Así pues, es la dialéctica en su sentido genérico, esto es, ‘el desarrollo de una idea mediante el encadenamiento de
razonamientos o de hechos’, el método más adecuado, a mi juicio, para explicar filosóficamente el Espiritismo. Y es el
más adecuado no porque sea el que más se ajuste a su naturaleza, sino porque es el que rezuma el propio Espiritismo. La
dialéctica espírita es, pues, el método filosófico del Espiritismo, una dialéctica espírita explicada basándose en sus
principios básicos. Así de sencillo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario