UNA ACLARACIÓN MUY OPORTUNA

Ponemos en el conocimiento de nuestros amables lectores que todo el material que ofrecemos como posts en este blog ha sido extraído de la obra LOS FUNDAMENTOS DEL ESPIRITISMO, previa autorización de su autor nuestro distinguido amigo Prof. Jon Aizpurua.

No nos atreveríamos a divulgar este precioso e invaluable material doctrinario y de divulgación de la cultura espírita si no tuviésemos de antemano la autorización expresa de su autor, de lo contario incurriríamos en el plagio, actitud que nos despierta repugancia tan sólo con mencionar el término.

Hemos escogido esta obra, LOS FUNDAMENTOS DEL
ESPIRITISMO, porque estamos seguros que ella constituye la exposición más actualizada de los postulados doctrinarios expresados por el Codificador Allan Kardec, enmarcados en nuevo contexto paradigamático; el vigente en estos tiempos que corren.

En LOS FUNDAMENTOS DEL ESPIRITISMO el autor reinvidica el verdadero carácter de la Doctrina Espírita, como un sistema de pensamiento laico, racionalista, e iconoclasta, alejado de todo misticismo religioso, tal como fue codificada la Doctrina por el Maestro Allan Kardec en el siglo diecinueve.

Esta obra es eminentemente didáctica, porque está escrita en un estilo ágil y ameno, sin que por ello pierda consistencia en su brillante exposición de ideas, llegando a toda clase de público lector, desde el estudioso del Espiritismo hasta aquellas personas que se encuentran en la búsqueda de una filosofía racional que les ayude a pensar al mundo y a sí mismos.

René Dayre Abella
Nos adherimos a los postulados doctrinarios sustentados por la Confederación Espiritista Panamericana, que muestran a la Doctrina Espírita como un sistema de pensamiento filosófico laico, racionalista e iconoclasta. Alejado de todo misticismo religioso. Apoyamos la Carta de Puerto Rico, emanada del XIX Congreso de la CEPA en el pasado año 2008.

jueves, 2 de diciembre de 2010

LA SENSATEZ ESPÍRITA por J A C Q U E S P E C C AT T E E D I TO R I A L 2 LE JOURNAL SPIRITE N° 82 OCTOBRE 2010


En el antiguo vocabulario espírita kardecista, se utilizan
los términos expiación y prueba que con frecuencia han
sido mal comprendidos y hasta caricaturizados, como si
expresaran una forma de karma punitivo, lo cual en realidad
no se corresponde con la esencia misma de la filosofía
espírita. En su obra, Allan Kardec siempre vuelve a
poner en perspectiva la noción del libre albedrío, indicando
una cierta libertad de elección que está en función
de la evolución de cada ser humano. Dios no es el juez
que determinará lo que cada uno debe experimentar o
expiar, él es el principio de todas las cosas a las cuales
está unida la ley universal de la evolución, dejando a
cada espíritu el medio de avanzar a partir de su consciencia
relativa y de su capacidad de discernimiento.
Se ha caído demasiado en la caricatura del castigo como
si, a imagen de una culpabilidad judeocristiana, las pruebas
son enviadas por Dios que luego sería el juez supremo,
que distribuye las recompensas o las sanciones según el
mérito o el demérito de cada uno después del cumplimiento
de una vida. En realidad, lo que se llama “prueba”,
es la condición misma de nuestra humanidad, dependiente
de la encarnación en un mundo todavía inferior.
En sí misma, la vida sigue siendo una prueba en el sentido
de que “probamos” las vicisitudes de un mundo material
con frecuencia difícil de asumir, un mundo que es imagen
de sus habitantes, espíritus encarnados de poca evolución
que, por el egoísmo y el orgullo inherentes a su
naturaleza, aún no han trascendido esa naturaleza en el
sentido del bien común y el amor al prójimo. Experimentamos
entonces todas las dificultades que hacen la vida
encarnada: dolores físicos, sufrimientos afectivos, enfermedades,
accidentes, duelos, etc.
En cuanto a la palabra expiación, corresponde a esta inferioridad
en la cual, dependiente de sus debilidades anteriores,
el espíritu será rehén de lo que ha vivido, y deberá
pagar o reparar sus faltas pasadas. Y si se simplifica al
extremo este concepto, se llega a la caricatura habitual
con este tipo de ejemplo: el rico se volverá pobre, el
esclavista se volverá esclavo, el criminal sufrirá a su vez
lo que ha hecho sufrir, etc., hasta que se agote toda la
deuda kármica.
Entre determinismo y libertad
Releyendo algunos extractos de El Libro de los Espíritus,
no encuentro esta exagerada simplificación (influenciada
al mismo tiempo por el espiritualismo oriental y el
catolicismo) sino por el contrario, la idea del libre albedrío
donde cada espíritu tiene la posibilidad de avanzar,
según su grado de conciencia previa, para adelantar o
bien para recaer en sus anteriores hábitos, dentro de una
estricta responsabilidad que es suya y no de un Dios justiciero.
A fuerza de haber escuchado aquí y allá en ciertos
medios espíritas kardecistas, que estábamos en la era
de la expiación antes de entrar en una era de regeneración,
uno terminaría por creer que esta visión simplista
estaba inscrita en la obra de Allan Kardec, lo cual, releyéndola
bien, es completamente erróneo. Y en la prolongación
de esta obra, si se vuelven a poner en perspectiva
todos los datos referentes a las leyes divinas que
presiden la vida universal, y en particular la de la evolu-
ción reencarnacionista, se llega a la noción esencial del
libre albedrío, según la cual no hay ninguna fatalidad ni
predestinación, sino por el contrario, una invitación a la
acción haciéndose cargo de su propia vida e interesándose
por la de los demás por medio del aprendizaje de la
solidaridad y el amor. Con lo que se contradice una idea
demasiado extendida según la cual todas las aflicciones
serían normales y merecidas, en función de expiaciones
justas y necesarias. Un cataclismo o una guerra serían
pues el mal necesario de una prueba a ser sufrida para
pagar deudas anteriores, a la espera de una regeneración
de la humanidad el día en que los humanos ya no
tengan más nada que pagar… Nos encontramos ante
una forma de justificación en la cual se querría dar una
explicación kármica a todas las calamidades de la humanidad.
No se trata de decir que tal calamidad es inevitable
y de interpretarla luego como justificación de una
deuda anterior, sino de determinar las causas, y entre
esas causas las eventuales responsabilidades humanas.
Una guerra, por ejemplo, tiene sus causas profundas en
pugnas de influencias, circunstancias económicas, hegemonías,
querellas étnicas etc., examinamos entonces las
causas que están ligadas a la naturaleza humana en su
conjunto. Pero, a partir de esas causas conocidas, no se
puede extraer la consecuencia de que era un mal necesario
con las justas víctimas expiatorias que asumen el
peso de sus deudas. Se espera que ocurra un evento, y
luego se le justifica a partir de las vidas anteriores, lo cual
es un disparate ante la razón que consiste, no en justificar
las consecuencias, sino en buscar las causas que han
producido los eventos. No se puede entonces hablar a la
vez de libre albedrío y decir que hay circunstancias inevitables
e ineludibles que estarían allí para justificar la
necesaria expiación. Uno se encontraría entonces ante
una flagrante contradicción entre el determinismo y la
libertad.
La relación de causa a efecto
Si lo releemos atentamente, Allan Kardec no entra realmente
en ese esquema contradictorio: se aluden las
relaciones de causa a efecto empleando, por supuesto,
las palabras pruebas y expiaciones pero no con el sentido
de fatalidades ineluctables que son compensadas
precisamente por la noción de libre albedrío omnipresente
en su obra. Se llega entonces, no a la resignación,
aunque ese término también sea empleado, sino a una
parte determinante de responsabilidad que incumbe a
todos. El término resignación también debe ser explicado:
sí, resignarse a ser sólo un ser humano con todas
sus vicisitudes de vida, es admitir la condición humana,
sabiendo que la vida encarnada comporta ciertos límites
que impiden al espíritu gozar de una libertad total; pero
eso no significa resignarse a la esclavitud, al dominio del
otro o a todas las miserias que no tendrían solución. Y si
hay una prolongación a la obra de Allan Kardec, no es la
de la resignación fatalista, sino la de la determinación en
una lucha humanista para hacer ascender a los seres a fin
de que reconozcan su verdadero destino.
Demasiado se ha querido confundir la causa y el efecto.
“El efecto fatalidad” no existe si uno se remonta a las causas.
Si se habla, por ejemplo, de las catástrofes naturales,
ellas tienen sus causas “en sí mismas”, pero sería ridículo
ver en las consecuencias mortales, el castigo de víctimas
que se encontrarían allí en el momento debido, para
expiar sus faltas anteriores, como si existiera esa correlación
entre la manifestación de la naturaleza y el karma
de los humanos que se encontrarían en el entorno ideal
para su ineluctable expiación. Al haber escuchado ya
esta clase de argumento por parte de espíritas fieles al
pensamiento kardecista, me planteo la cuestión de una
buena comprensión del espiritismo. Si bien en la obra de
Allan Kardec, se trata innegablemente de pruebas, expiaciones,
resignación o aceptación, es un modo de expresar
la inferioridad humana dando la idea de una justicia
divina en relación de causa a efecto a través de la reencarnación.
Pero el concepto esencial que proporciona
toda su fuerza a la idea espírita kardecista, es el de la
emancipación humana por medio del aprendizaje de la
libertad y la responsabilidad en el sentido de un amor a
ser desarrollado luchando contra el egoísmo y el orgullo.
Si se oculta esta parte esencial de la obra, se volverá
forzosamente a justificar todo por la deuda kármica, sin
preocuparse realmente por otro mundo a ser construido.
En nuestra versión moderna del espiritismo, si se considera
que la vida es en sí misma una prueba, es ante
todo la de enfrentarse a la acción en luchas por la transformación
de la humanidad, es para poner en evidencia
las nociones de justicia, igualdad, compartir y libertad.
Aceptar la condición humana es un primer principio,
tratar de transformarla es otro, y torna entonces al ser
humano consciente de que participa en la transformación
general.
Actualizar ciertos principios
Allan Kardec realizó una síntesis de los mensajes recibidos,
para establecer un cuerpo de doctrina que se convertiría
en El Libro de los Espíritus. Fue el primer enfoque
filosófico del espiritismo según “la enseñanza dada por
los espíritus superiores por medio de diversos médiums”.
(*) Se encuentran allí todos los principios espíritas fundamentales
que definen las leyes universales y divinas,
principios definidos con el vocabulario de una época y
adaptados a la evolución relativa de las mentalidades, de
las sociedades y de la ciencia de esa época. Hoy comprobamos,
según las comunicaciones espíritas recibidas y
según nuestras propias reflexiones, que estos principios
fundamentales no han variado, pero que han sido necesarias
ciertas rectificaciones en el detalle de la interpretación.
Y es en particular sobre estas nociones de pruebas,
expiaciones y resignación, que ha hecho falta afinar
el tema dentro de una comprensión más justa del principio
de relación de causa a efecto. El propio Allan Kar
dec había considerado esta actualización o posible evolución
de los principios cuando afirmó: “El Espiritismo,
marchando con el progreso, nunca será rebasado,
porque, si nuevos descubrimientos le demostrasen que
está en equivocado en un punto, se modificaría en este
punto; si una nueva verdad se revela, la acepta”.
Han pasado ciento cincuenta años desde que fueron
establecidos los primeros principios espíritas. ¿Habría
que abstenerse, con la perspectiva del tiempo, de toda
reflexión en el replanteamiento de tal o cual punto,
para cerrarse sobre conocimientos inmutables e intocables?
En numerosos medios espíritas, El Libro de los
Espíritus es prácticamente una “Biblia” que sigue siendo
la referencia última sobre todos los temas, y según la
pregunta que se plantee, se remite al que la hace a tal
o cual capítulo del libro donde encontrará su respuesta.
En ese estado de ánimo, ya no se trata de destacar el
mínimo detalle que presente problemas, sino de referirse
a textos que representan el alfa y el omega de
todas las cosas. Y es así como los que se permiten tocar
una línea de “la Biblia de los espíritas” se convierten en
desviacionistas o revisionistas, lo cual somos, evidentemente,
a los ojos de ciertos espíritas… Y esos mismos
espíritas invocan invariablemente nuestra era de
expiación, es decir el período que, desde los orígenes
hasta nuestros días, es de fatalidades ineludibles de
las deudas a pagar para enjugar nuestras faltas anteriores.
Pero ahora hablan de la nueva era tan esperada,
la de la regeneración de la humanidad que, parece se
abrirá a nosotros en los años por venir. Tenemos todavía
una visión simplista, pues eso significaría que, por
no se sabe qué operación del Espíritu Santo, finalmente
la humanidad estaría lista para una transformación
radical, lo cual objetivamente no salta a la vista… Por
el contrario, estamos en una lucha entre el bien y mal
que no se resolverá de un día para otro. Las transformaciones
de la humanidad son extremadamente progresivas
y realmente no se puede decretar arbitrariamente
que de ahora en adelante todo irá mejor. Si se miden
todos los focos de tensión existentes en el mundo, si
se consideran el hambre, el crimen, los genocidios y las
guerras tribales, las crisis económicas y políticas, etc.,
nada permite decir que estamos al alba de una nueva
era, cuyo único árbitro sería el propio Dios, y que en su
trascendente bondad habría decidido repentinamente
que la humanidad cambiara de rumbo. Sigamos pues
en la idea de la sensatez, no en una proyección aleatoria
que nos promete mejores días, sino en un estado de
ánimo de vigilancia y de lucha. La sensatez espírita no
puede hallarse en otra parte.
*Nota de Allan Kardec a propósito de la elaboración de El Libro de los
Espíritus: «Fue de la comparación y fusión de todas las respuestas
coordinadas, clasificadas y muchas veces rehechas en el silencio de
la meditación que formé la primera edición de El Libro de los Espíritus
que apareció el 18 de abril de 1857».

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