UNA ACLARACIÓN MUY OPORTUNA

Ponemos en el conocimiento de nuestros amables lectores que todo el material que ofrecemos como posts en este blog ha sido extraído de la obra LOS FUNDAMENTOS DEL ESPIRITISMO, previa autorización de su autor nuestro distinguido amigo Prof. Jon Aizpurua.

No nos atreveríamos a divulgar este precioso e invaluable material doctrinario y de divulgación de la cultura espírita si no tuviésemos de antemano la autorización expresa de su autor, de lo contario incurriríamos en el plagio, actitud que nos despierta repugancia tan sólo con mencionar el término.

Hemos escogido esta obra, LOS FUNDAMENTOS DEL
ESPIRITISMO, porque estamos seguros que ella constituye la exposición más actualizada de los postulados doctrinarios expresados por el Codificador Allan Kardec, enmarcados en nuevo contexto paradigamático; el vigente en estos tiempos que corren.

En LOS FUNDAMENTOS DEL ESPIRITISMO el autor reinvidica el verdadero carácter de la Doctrina Espírita, como un sistema de pensamiento laico, racionalista, e iconoclasta, alejado de todo misticismo religioso, tal como fue codificada la Doctrina por el Maestro Allan Kardec en el siglo diecinueve.

Esta obra es eminentemente didáctica, porque está escrita en un estilo ágil y ameno, sin que por ello pierda consistencia en su brillante exposición de ideas, llegando a toda clase de público lector, desde el estudioso del Espiritismo hasta aquellas personas que se encuentran en la búsqueda de una filosofía racional que les ayude a pensar al mundo y a sí mismos.

René Dayre Abella
Nos adherimos a los postulados doctrinarios sustentados por la Confederación Espiritista Panamericana, que muestran a la Doctrina Espírita como un sistema de pensamiento filosófico laico, racionalista e iconoclasta. Alejado de todo misticismo religioso. Apoyamos la Carta de Puerto Rico, emanada del XIX Congreso de la CEPA en el pasado año 2008.

viernes, 18 de junio de 2010

LA FE Y LA DUDA (EXTRACTADO DE LA OBRA "ESPIRITISMO DOCTRINA DE VANGUARDIA" DE MANUEL S. PORTEIRO.

La fe es un elemento necesario para llegar a la verdad o a la realización de un propósito determinado: sin ella no se lleva a feliz término ninguna empresa difícil en la vida, y la voluntad flaquea ante los obstáculos más insignificantes, colocándonos en la imposibilidad física y moral de lograr el fin que deseamos, pero es menester que la fe sea razonada, que se afiance en el discernimiento de las ideas y de los hechos que las originan, que no la abandonemos a sí misma porque, como el instinto o la pasión, puede perdernos lo mismo que puede salvarnos, puede extraviarnos en vez de conducirnos por el recto camino de la verdad.
La fe no debe excluir por completo a la duda en aquellas cosas que aún no alcanzamos a comprender bien, porque la duda y la fe, aunque parezca paradójico, constituyen los elementos o auxiliares indispensables de una verdadera convicción.
La duda --se ha dicho-- es el principio de la sabiduría, y por lo que a la fe se refiere, podemos afirmar que es el fin de la creencia, considerados, principio y fin, como términos de un verdadero convencimiento, que no deben excluirse en tanto dure el proceso de la verdad buscada o del fin realizado.
Así como no se puede creer en los méritos de un hombre sin antes haberlos conocido o haber tenido pruebas testimoniales de ellos, ni en la potencia de un elemento o de una máquina sin haber experimentado o comprobado sus efectos potenciales, tampoco se puede creer a priori en hechos que no hemos observado y que por su índole y por lo poco familiarizados que se está con ellos se resisten a una creencia anticipada, y por idénticas razones tampoco se pueden negar.
No es posible tener fe sin un conocimiento previo de las cosas y de los principios que le han de servir de fundamento, sea este conocimiento empírico o inductivo, adquirido en los hechos o en simples razonamientos.
Quien se jactase de tener fe en hechos que no ha observado, que no comprende ni está seguro por el testimonio de los demás ni por razonamientos propios, se engaña y engaña a los demás y falta a la sinceridad, que vale más que una fe mentida.
La duda no implica negación ni siquiera suspensión de juicio: la duda busca, y, desde el momento que busca, es porque cree en la posibilidad de una verdad oculta, accesible a la inteligencia humana, y esta posibilidad puede, desde luego, traducirse en un principio de fe. Pero la duda debe tener su límite, como la fe su fundamento: cuando la fe se arraiga en el alma por el conocimiento de la verdad, por la clara conciencia que de ella tenemos, la duda desaparece por innecesaria.
La duda no es una situación de ánimo negativa, sino más bien hipotética: toda hesitación que no degenere en escepticismo, promueve el deseo de conocer.
Para el descreído, empezar a dudar es empezar a creer, mientras que el que cree verdaderamente no puede retornar a la duda: el que llega a dudar es porque no ha creído sino en la posibilidad de una creencia, porque su fe no fue más que una presunción
En la búsqueda de verdades trascendentales debemos conciliar la duda y la fe razonadas.
El sabio sin fe es como la nave sin brújula: no llegará jamás al pináculo de la gloria, a la realización de ningún propósito, al descubrimiento de ninguna verdad, y el sabio que no dude ante un hecho desconocido, ante la naturaleza u origen de ese hecho, cometerá muchas imprudencias y temeridades, hará muchas cosas inútiles y no pocas perjudiciales, porque la duda implica reflexión y discernimiento.
Dudemos, pero sepamos dudar sin comprometer la verdad y sin caer en el escepticismo y en la negación sitemática. Tengamos fe, sin que ésta degenere en superstición y nos ciegue en el engaño propio o ajeno y haciéndola pasar en todo momento por el tamiz de la razón. Para algo nos ha dado Dios la elevada facultad del entendimiento.
En el estudio de verdades trascendentales, en las manifestaciones y comunicaciones mediúmnicas, no es siempre conveniente entregarse a la "buena fe", ni debe exigirse la "fe" anticipada: basta con la buena disposición de ánimo para hacer asequible la verdad, sin que las prevenciones para rechazar el error o el engaño, si lo hubiere, sean para ello un obstáculo.
Los seres que vivimos envueltos en el velo de la materia y queremos por medio de la comunicación penetrar en el mundo espiritual nos asemejamos al buzo que baja a las profundidades del océano, y a través de sus aguas, no muy transparentes, quiere desentrañar los tesoros que ellas envuelven. Vivimos, pues, en la penumbra de nuestra noche terrestre: no vemos ni comprendemos claramente más de lo que se nos hace ver y comprender, haciéndonos pasar esta verdad a través de nuestra razón. Prescindir de ella sería como apagar la luz en medio de las tinieblas.
Si queremos fe formémosla en los hechos y en el estudio, pero no la exijamos de quienes no pueden tenerla, porque la fe no es una adquisición voluntaria: no se puede tener fe como se tiene un sombrero. El hombre ni es crédulo ni es incrédulo, cree cuando su grado de evolución le permite comprender, cuando las circunstancias de la vida  le colocan en condiciones que le hacen accesible a la verdad, cuando su razón ha madurado lo suficiente para dar cabida a lo que ayer creía absurdo o indiferente, y niega cuando aún es incapaz de creer.
Cuando la verdad espírita se presente al mundo en toda su desnudez --y en este sentido debemos regocijarnos de sus progresos--, o cuando la humanidad se eleve hasta su comprensión, todos creerán en ella y se asombrarán de que se haya dudado. Corresponde a sus cultivadores salvar esta distancia, para que esta nueva fe se arraigue en los espíritus definitivamente.

Este texto ha sido extraído de la obra "ESPIRITISMO DOCTRINA DE VANGUARDIA", de Manuel S. Porteiro, para su estudio y análisis en nuestro Centro Virtual de Estudios Espiritistas y Afines.

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