UNA ACLARACIÓN MUY OPORTUNA

Ponemos en el conocimiento de nuestros amables lectores que todo el material que ofrecemos como posts en este blog ha sido extraído de la obra LOS FUNDAMENTOS DEL ESPIRITISMO, previa autorización de su autor nuestro distinguido amigo Prof. Jon Aizpurua.

No nos atreveríamos a divulgar este precioso e invaluable material doctrinario y de divulgación de la cultura espírita si no tuviésemos de antemano la autorización expresa de su autor, de lo contario incurriríamos en el plagio, actitud que nos despierta repugancia tan sólo con mencionar el término.

Hemos escogido esta obra, LOS FUNDAMENTOS DEL
ESPIRITISMO, porque estamos seguros que ella constituye la exposición más actualizada de los postulados doctrinarios expresados por el Codificador Allan Kardec, enmarcados en nuevo contexto paradigamático; el vigente en estos tiempos que corren.

En LOS FUNDAMENTOS DEL ESPIRITISMO el autor reinvidica el verdadero carácter de la Doctrina Espírita, como un sistema de pensamiento laico, racionalista, e iconoclasta, alejado de todo misticismo religioso, tal como fue codificada la Doctrina por el Maestro Allan Kardec en el siglo diecinueve.

Esta obra es eminentemente didáctica, porque está escrita en un estilo ágil y ameno, sin que por ello pierda consistencia en su brillante exposición de ideas, llegando a toda clase de público lector, desde el estudioso del Espiritismo hasta aquellas personas que se encuentran en la búsqueda de una filosofía racional que les ayude a pensar al mundo y a sí mismos.

René Dayre Abella
Nos adherimos a los postulados doctrinarios sustentados por la Confederación Espiritista Panamericana, que muestran a la Doctrina Espírita como un sistema de pensamiento filosófico laico, racionalista e iconoclasta. Alejado de todo misticismo religioso. Apoyamos la Carta de Puerto Rico, emanada del XIX Congreso de la CEPA en el pasado año 2008.

sábado, 26 de junio de 2010

EL ESPIRITSMO ES CIENCIA

    El ilustre Allan Kardec escribió en una de sus obras fundamentales esta sentencia:
    "El verdadero carácter del Espiritismo es el de la ciencia y no el de una religión"

    El tiempo, que todo lo resuelve, viene a demostrar que el Espiritismo sólo puede ser existir lógicamente como verdad positiva, a base de ciencia cuyo valor fundamental estriba en la realidad de los hechos, en la observación y estudio experimental de los mismos, este concepto científico del Espiritismo lo expresa el filósofo espiritista en otro pasaje:

    "Desde el punto de vista filosófico responde a las aspiraciones del hombre respecto al porvenir; pero, como apoya la teoría de éste en bases positivas y racionales, se amolda al espíritu positivista del siglo".

    A la muerte de Kardec, el eximio Flammarion pronunció el célebre discurso de despedida al maestro, que hizo honor a la causa espiritista, augurando para el Espiritismo el título de ciencia positiva y tratando de encauzar a sus adeptos en el estudio experimental de sus fenómenos. Dijo en aquella fecha memorable:

    "Este método experimental al que debemos la gloria del progreso moderno y las maravillas de la electricidad y del vapor; este método debe apoderarse de los fenómenos de orden aún misterioso a que asistimos, disecarlos, medirlos y definirlos..."

    "Porque el Espiritismo no es una religión, sino una ciencia de la que apenas conocemos el abecedario. El tiempo de los dogmas ha concluido".

    Gabriel Delanne, uno de los pioneros más valientes y destacados del Espiritismo en Francia, escribe a este respecto:

    "El Espiritismo no es una religión, no tiene dogmas, ni misterios ni ritual. Es una ciencia de experimentación, de la que se desprenden consecuencias morales y filosóficas de inmensa importancia"

     A esta concepción amplia y desprejuiciada del Espiritismo, podemos agregar la del eminente naturalista Russel Wallace, espiritista de no dudosa procedencia:

    "El Espiritismo es una ciencia experimental y suministra la única base segura para una filosofía verdadera y una religión pura. Suprime los nombres sobrenatural y milagro..."

    "Una ciencia de la naturaleza humana, fundada en los hechos observados; que sólo apela a los hechos y experimentos; que no toma creencias sin pruebas; que insiste en la investigación y en la conciencia de sí misma como los primeros deberes de los seres inteligentes; que enseña que la felicidad en una vida futura puede ser asegurada cultivando y desarrollando hasta donde es posible más altas facultades de nuestra naturaleza intelectual y moral y no de ningún otro modo; es y tiene que ser el enemigo natural de toda superstición".

Por su parte dice el Dr. Gustavo Geley:

    "Para los verdaderos creyentes en la doctrina espiritista, esta es una ciencia positiva, basada sobre el estudio experimental de los fenómenos psíquicos y las enseñanzas de los espíritus elevados".

    A estas autorizadas opiniones podríamos agregar la de todos los verdaderos espiritistas y demostrar que sus convicciones se formaron en el terreno de los hechos, por el estudio, la observación y la experiencia de los mismos y no por creencias religiosas anticipadas, por la fe ciega o por la predisposición mística desarrollada por la necesidad de ampliar los horizontes de esta vida, por esa ansiedad imperiosa que, según los materialistas, sienten las almas cándidas, los espíritus débiles, atormentados por el deseo de penetrar las sombras del misterio y de hallar lo que no alcanza descubrir la ciencia...a la cual suelen mirar con desdén...
    No son los verdaderos espiritistas los que creen en la bancarrota de la ciencia frente a los problemas del alma; por el contrario, es la ciencia para éstos el fundamento de sus creencias, sin los hechos positivos, experimentales, el espiritismo carece de base, y su filosofía sería uno de tantos sistemas metafísicos, una de  tantas religiones, agregados por el acervo común de la historia. El Espiritismo no tiene por punto de partida la fe, sino sus fenómenos y el estudio racional de los mismos; es sobre la base fundamental del fenomenismo psicológico supra-normal que descansa su filosofía, su ética y su sociología, y es sobre esa misma base que afianzamos nuestras creencias los verdaderos espiritistas. Las conclusiones filosóficas que sustentamos emanan de los mismos hechos y no de creencias o de razonamientos a priori: ni siquiera tienen la desventaja --si tal pudiera llamarse a la especulación filosófica subjetiva-- de atribuirse a inducciones o deducciones personales, ya que la doctrina espiritista surge espontánea de la naturaleza misma de los hechos, de las manifestaciones inteligentes que de ellos se desprenden. Es cierto que muchos de los principios o postulados de nuestra doctrina se encuentran diseminados entre las religiones y sistemas filosóficos, pero éstos, las primeras, se fundan en la fe ciega, en el dogma infalible y en absurdas, cuando no mentidas, revelaciones, y los segundos, en deducciones o hipótesis más o menos lógicas, pero siempre discutibles por carecer de fundamento científico que pruebe experimentalmente la veracidad de los principios sustentados.
    De todo esto se infiere que si el Espiritismo se impone a la consideración humana por sobre todas las creencias religiosas e ideológicas, es por sus hechos observables y experimentables, y no por un sentimiento místico o por las halagüeñas perspectivas que de él se desprenden para el porvenir del espíritu: deja de ser religión, en el sentido místico y ritual del concepto, pero no puede dejar de ser ciencia sin dejar de existir como verdad demostrable y perder su interés y valor positivos; pues, si le faltan los hechos, los principios ciertos en que se apoya y el conocimiento, aunque relativo, de las leyes que los rigen, ya pasa a la categoría de misticismo, sin que su caudal filosófico y moral pese un gramo más en la balanza del progreso humano.
    No tienen, pues, razón aquellos espiritistas que, imbuidos de religiosidad, creyentes por ingenuidad o por simples razonamientos filosóficos, se bastan a su fe y miran con ojeriza a los hombres de ciencia y a sus mismos compañeros que bregan por encauzar el Espiritismo en la corriente científica señalada por los sabios espiritistas que hacen honor a nuestro credo, y, mucho menos, los que hacen de éste una religión como cualquier otra y creen que la Ciencia --por hallarse aún en los balbuceos de esta nueva y fecunda rama de la psicología experimental y no haber llegado aún, en algunos casos, a las mismas conclusiones espiritistas, por buscar la correlación entre los fenómenos fisiológicos y psíquicos o explicar por las mismas leyes anímicas todos los fenómenos supranormales sin hacerse cargo de las manifestaciones de espíritus desencarnados-- conduce al materialismo. No hay que olvidar que así como mucha ciencia conduce a Dios y poca nos aleja de él, lo mismo sucede con la creencia en la existencia del mundo espiritual: un conocimiento incompleto del fenomenismo espírita y de sus manifestaciones no convence a nadie, pero el estudio continuo con métodos adecuados lleva al convencimiento: la mayor parte de los sabios o simples estudiosos que han abrazado el Espiritismo, primero lo negaron; después, con poca ciencia, afirmaron los hechos pero negaron la teoría, y luego, al correr de los tiempos, con más ciencia y experiencia, aceptaron esta última. La ciencia, la verdadera ciencia, no conduce al materialismo sino cuando es incipiente y carece de la madurez necesaria para llegar a las conclusiones espiritistas.
    En muchos casos los que penetran en el santuario de esta profunda ciencia del alma por las puertas de la fe, suelen salir por las del escepticismo o la incredulidad; mientras que otros que entran incrédulos y materialistas salen llenos de fe y de esperanza, después de estudiar los hechos con todo rigor científico y de exigir de ellos toda la luz que anhelaban sus espíritus ávidos de ciencia y de verdad. Ejemplos de esto entre otros mil, William Crookes, Rusell Wallace y Lombroso.
    Al hablar de ciencia no nos referimos a esa ciencia incompetente, infructuosa, llena de orgullo y de suficiencia que niega la existencia, y aun la posibilidad, de las manifestaciones del mundo espiritual; que no tiene más de positiva que lo que alcanza en la materialidad de las cosas; que, en materia de fenomenismo espírita o de metapsiquismo, en vez de adaptarse a la naturaleza y a las modalidades de los hechos, les impone condiciones y métodos arbitrarios, y, como en semejantes condiciones no halla lo que, por prejuicio de escuela, sus representantes tienen interés en no encontrar --el espíritu como sustancia independiente del organismo-- lo niegan; porque su caudal seudo-científico está formado a base de negaciones. A estos "científicos" , que forman una "ciencia" de relumbrón, sí, no titubeamos de declararlos en bancarrota. Hablamos aquí de la verdadera ciencia, de esa diosa augusta que no afirma ni niega nada a priori; que no teme la investigación de ningún hecho, por absurdo e inverosímil que parezca, ni a las condiciones y métodos que su naturaleza impone, que, animado de un profundo amor a la verdad, no se alimenta de prejuicios, sino de luz espiritual que irradia la renovación constante de la vida.
    El Espiritismo es una ciencia integral y progresiva; abarca todos los conocimientos humanos. No es una religión, aunque cultiva y espiritualiza los sentimientos religiosos. "La religión se ve, la ciencia viene", ha dicho alguien. Y no estará demás recordar a los neófitos y profanos que nuestro lema es: Hacia Dios por el amor y la ciencia.







                 ALFRED RUSSEL WALLACE CÉSAR LOMBROSO  SIR. WILLIAM CROOKES


El presente texto ha sido extraído de la obra ESPIRTISMO DOCTRINA DE VANGUARDIA, de Manuel S. Porteiro, para ser estudiado y analizado en nuestro Centro Virtual de Estudios Espiritistas.

martes, 22 de junio de 2010

ACTITUD DE LOS SABIOS FRENTE AL ESPIRITISMO

    La mayor parte de los hombres de ciencia que han abordado el estudio del Espiritismo han empezado por negarlo, unas veces por espíritu de sistema, y otras, por considerar sus fenómenos contrarios a la ciencia y a la razón. Una vez en el terreno de los hechos viéronse obligados a aceptarlos, con mucho escepticismo y reservas primero, contentándose con imaginar y acumular hipótesis explicativas y afirmar en la mayoría de los casos, que los fenómenos espiritistas pueden explicarse por otras hipótesis sin necesidad de recurrir a la intervención de los supuestos espíritus o almas de los difuntos. Pero es el caso que después de haberse acumulado, durante más de medio siglo (1) , las más pintorescas y extravagantes hipótesis, no sólo no se ha explicado lo que pretendía explicar, sino que esos mismos sabios, contrarios a la teoría espiritista, se vieron precisados de recurrir a ella, después de innumerables experiencias, de profundos estudios y de infructuosos esfuerzos para hallar una explicación antiespiritista de los hechos.
    Llegaron a la convicción de que sus rebuscadas hipótesis, cuando no eran arbitrarias a la naturaleza del fenómeno, eran incompletas para abarcar la variedad de los hechos; pues, aparte de los que se podían explicar--pero que aún no han recibido en contradicción con el Espiritismo, una explicación científica incontrovertible-- por las teorías fisio-psicológicas o anímicas, quedaban otros, en cantidad muy apreciable, que sólo la teoría espírita es capaz de explicar y cuando estos hechos, estas manifestaciones de inteligencias no solamente extrañas al médium y a los circunstantes, sino también seres amigos, identificaciones de personas fallecidas --cuyo recuerdo les era querido--, se presentaron a ellos con toda la evidencia de la realidad, se vieron obligados a aceptar el Espiritismo con todas sus consecuencias filosóficas y morales.
    Esta es la historia de la mayoría de los sabios que han abrazado el Espiritismo; y esta historia se repite día a día en cada uno de los científicos que se suman a sus filas, y que ya forman legión. Bastaría citar la actitud de Lombroso, que empezó, primero, por anatematizar a los espiritistas, negando hasta la posibilidad de los hechos, estudiándolos y aceptándolos luego, aplicándoles, después su famosa teoría psiquiátrica y, desencantado de ella, más tarde, ante la variedad y naturaleza de las manifestaciones supranormales, acabó por hacerse espiritista y buscar en las mismas obras de Kardec la explicación que esas manifestaciones exigían, convencido de que ninguna de las teorías anímicas era capaz por sí sola de abarcar el "compacto mosaico" de hechos registrados en los anales del Espiritismo
    Esta misma, o parecida, fue la actitud del naturalista Wallace que, imbuido de las teorías evolucionistas de Herbert Spencer y de los materialistas de su época, no había en su cerebro--según sus propias palabras--un lugar donde cupiese la idea del espíritu; pero los hechos son cosas que no se refutan, y él se jactaba de ser esclavo de los hechos y ésta, o parecida, ha sido la actitud de la mayoría de los sabios que se han convertido al Espiritismo después de sus negaciones, de sus dudas, de sus vacilaciones, de inventar hipótesis y de reprochar a los espiritistas falta de capacidad experimental, de métodos apropiados, de control y de buen criterio para apreciar los hechos; reproches que, después de su conversión, otros sabios, escépticos e incrédulos, que se creían con más pericia, les hicieron a ellos, para convertirse a su vez a la verdad espírita que negaban.
    De esta actitud adversa al Espiritismo y a los espiritistas, no pudieron escaparse ni el célebre William Crookes ni el ilustre Flammarion, a quienes tanto debe el Espiritismo. Ahí están sus obras para justificar lo que aseveramos.
El profesor Morgan escribe:

    "Cosa fácil ha sido dar explicaciones naturales (a los fenómenos espiritistas), pero han sido insuficientes, y por otra parte, existe la dificultad en admitir la hipótesis espiritual, que es la más satisfactoria".

    Estas palabras, escritas hace más de medio siglo expresa con claridad el temor que tienen los sabios a que se les llame espiritistas y, de buena gana, muchos de los que trabajan al amparo del "metapsiquismo", aceptarían públicamente el Espiritismo, si no fuese por temor al nombre.
    Si las hipótesis naturales son insuficientes para explicar los hechos, y la hipótesis espiritista es la más satisfactoria, ¿qué dificultad puede haber en proclamarla? Para el verdadero sabio ninguna; porque por encima de todos los prejuicios deben estar la ciencia y la verdad.
    Cuando pensamos en los ataques de que es objeto el Espiritismo en nombre de la ciencia y de la razón; cuando vemos a sabios de renombre, pero legos en materia de Espiritismo, negar a priori los fenómenos psíquicos supranormales, atribuyéndolos a sostificaciones y fraudes o a la alucinación; cuando vemos a otros, de no menos renombre y sabiduría, atrincherados en las teorías anímicas, haciendo exclusivismo de ellas y negando al Espiritismo su razón de ser; no podemos menos que decir: la historia se repite... los que hoy nos atacan en nombre de la ciencia y de la razón, serán mañana los que, con más ardimiento, en nombre de la ciencia y de la razón nos han de defender; así como nuestros enemigos de ayer, son hoy nuestros más decididos defensores y es por eso, también, que no dudamos que el metapsiquismo, después de sus andanzas por el mundo sabio, volverá como hijo pródigo al seno del Espiritismo, de donde salió, nutrido con su savia, mal aconsejado por el materialismo.
(1) Esta obra de Manuel S. Porteiro fue publicada originalmente en los años treinta del pasado siglo veinte. De entonces a nuestros días se han sumado a las filas del Espiritismo militante una larga pléyade de científicos y hombres de pensamiento.

viernes, 18 de junio de 2010

LA FE Y LA DUDA (EXTRACTADO DE LA OBRA "ESPIRITISMO DOCTRINA DE VANGUARDIA" DE MANUEL S. PORTEIRO.

La fe es un elemento necesario para llegar a la verdad o a la realización de un propósito determinado: sin ella no se lleva a feliz término ninguna empresa difícil en la vida, y la voluntad flaquea ante los obstáculos más insignificantes, colocándonos en la imposibilidad física y moral de lograr el fin que deseamos, pero es menester que la fe sea razonada, que se afiance en el discernimiento de las ideas y de los hechos que las originan, que no la abandonemos a sí misma porque, como el instinto o la pasión, puede perdernos lo mismo que puede salvarnos, puede extraviarnos en vez de conducirnos por el recto camino de la verdad.
La fe no debe excluir por completo a la duda en aquellas cosas que aún no alcanzamos a comprender bien, porque la duda y la fe, aunque parezca paradójico, constituyen los elementos o auxiliares indispensables de una verdadera convicción.
La duda --se ha dicho-- es el principio de la sabiduría, y por lo que a la fe se refiere, podemos afirmar que es el fin de la creencia, considerados, principio y fin, como términos de un verdadero convencimiento, que no deben excluirse en tanto dure el proceso de la verdad buscada o del fin realizado.
Así como no se puede creer en los méritos de un hombre sin antes haberlos conocido o haber tenido pruebas testimoniales de ellos, ni en la potencia de un elemento o de una máquina sin haber experimentado o comprobado sus efectos potenciales, tampoco se puede creer a priori en hechos que no hemos observado y que por su índole y por lo poco familiarizados que se está con ellos se resisten a una creencia anticipada, y por idénticas razones tampoco se pueden negar.
No es posible tener fe sin un conocimiento previo de las cosas y de los principios que le han de servir de fundamento, sea este conocimiento empírico o inductivo, adquirido en los hechos o en simples razonamientos.
Quien se jactase de tener fe en hechos que no ha observado, que no comprende ni está seguro por el testimonio de los demás ni por razonamientos propios, se engaña y engaña a los demás y falta a la sinceridad, que vale más que una fe mentida.
La duda no implica negación ni siquiera suspensión de juicio: la duda busca, y, desde el momento que busca, es porque cree en la posibilidad de una verdad oculta, accesible a la inteligencia humana, y esta posibilidad puede, desde luego, traducirse en un principio de fe. Pero la duda debe tener su límite, como la fe su fundamento: cuando la fe se arraiga en el alma por el conocimiento de la verdad, por la clara conciencia que de ella tenemos, la duda desaparece por innecesaria.
La duda no es una situación de ánimo negativa, sino más bien hipotética: toda hesitación que no degenere en escepticismo, promueve el deseo de conocer.
Para el descreído, empezar a dudar es empezar a creer, mientras que el que cree verdaderamente no puede retornar a la duda: el que llega a dudar es porque no ha creído sino en la posibilidad de una creencia, porque su fe no fue más que una presunción
En la búsqueda de verdades trascendentales debemos conciliar la duda y la fe razonadas.
El sabio sin fe es como la nave sin brújula: no llegará jamás al pináculo de la gloria, a la realización de ningún propósito, al descubrimiento de ninguna verdad, y el sabio que no dude ante un hecho desconocido, ante la naturaleza u origen de ese hecho, cometerá muchas imprudencias y temeridades, hará muchas cosas inútiles y no pocas perjudiciales, porque la duda implica reflexión y discernimiento.
Dudemos, pero sepamos dudar sin comprometer la verdad y sin caer en el escepticismo y en la negación sitemática. Tengamos fe, sin que ésta degenere en superstición y nos ciegue en el engaño propio o ajeno y haciéndola pasar en todo momento por el tamiz de la razón. Para algo nos ha dado Dios la elevada facultad del entendimiento.
En el estudio de verdades trascendentales, en las manifestaciones y comunicaciones mediúmnicas, no es siempre conveniente entregarse a la "buena fe", ni debe exigirse la "fe" anticipada: basta con la buena disposición de ánimo para hacer asequible la verdad, sin que las prevenciones para rechazar el error o el engaño, si lo hubiere, sean para ello un obstáculo.
Los seres que vivimos envueltos en el velo de la materia y queremos por medio de la comunicación penetrar en el mundo espiritual nos asemejamos al buzo que baja a las profundidades del océano, y a través de sus aguas, no muy transparentes, quiere desentrañar los tesoros que ellas envuelven. Vivimos, pues, en la penumbra de nuestra noche terrestre: no vemos ni comprendemos claramente más de lo que se nos hace ver y comprender, haciéndonos pasar esta verdad a través de nuestra razón. Prescindir de ella sería como apagar la luz en medio de las tinieblas.
Si queremos fe formémosla en los hechos y en el estudio, pero no la exijamos de quienes no pueden tenerla, porque la fe no es una adquisición voluntaria: no se puede tener fe como se tiene un sombrero. El hombre ni es crédulo ni es incrédulo, cree cuando su grado de evolución le permite comprender, cuando las circunstancias de la vida  le colocan en condiciones que le hacen accesible a la verdad, cuando su razón ha madurado lo suficiente para dar cabida a lo que ayer creía absurdo o indiferente, y niega cuando aún es incapaz de creer.
Cuando la verdad espírita se presente al mundo en toda su desnudez --y en este sentido debemos regocijarnos de sus progresos--, o cuando la humanidad se eleve hasta su comprensión, todos creerán en ella y se asombrarán de que se haya dudado. Corresponde a sus cultivadores salvar esta distancia, para que esta nueva fe se arraigue en los espíritus definitivamente.

Este texto ha sido extraído de la obra "ESPIRITISMO DOCTRINA DE VANGUARDIA", de Manuel S. Porteiro, para su estudio y análisis en nuestro Centro Virtual de Estudios Espiritistas y Afines.

miércoles, 16 de junio de 2010

¿CUÁL ES EL CONCEPTO QUE TIENEN LOS ESPIRITISTAS DE DIOS?

    Trataremos de responder a esta interrogación en la forma más clara y sintética que nos sea posible, a fin de definir nuestra posición filosófica respecto a Dios, frente al ateísmo, que lo niega, al panteísmo, que lo identifica con el mundo, reduciendo los dos términos, lo finito y lo infinito, lo variable y lo inmutable a una sola sustancia y al fideísmo o teologismo que, partiendo de la fe o razonamientos a priori, lo personaliza o antropomorfiza.
    El espiritista concibe a Dios como el espíritu que anima a la Naturaleza, como la Inteligencia Suprema que rige los destinos del Universo, que regula por medio de sus leyes eternamente establecidas todos los movimientos de la vida; pero no lo define; porque definir a Dios es limitarlo al grado de nuestra capacidad; es circunscribir sus atrtibutos al límite de los nuestros; es relativizar lo absoluto, hacer del espíritu universal, infinito, un ser limitado y personal.
    El espiritista no tiene la pretensión de conocer la esencia ni la naturaleza de Dios: ignora lo que El es y cómo es; pero sabe que existe y presiente su infinita grandeza y sabiduría: las obras de la Naturaleza le revelan su augusto poder. Con el mismo método que demuestra la supervivencia del alma, establece la existencia de Dios: no lo admite a priori ontológicamente, sino racionalmente, fundándose en el estudio de las manifestaciones naturales y en las luces de la ciencia y de la filosofía y, sobre todo, en el conocimiento del espíritu humano, la más elocuente manifestación de la Inteligencia Suprema: la psicología de su punto de partida. No parte de Dios para explicar el mundo y el espíritu; parte de estos para llegar a la noción ilustrada de Dios.
    Para el espiritista, la idea de Dios es tan antigua como el mundo: no fue creada por la imaginación del hombre ni por un proceso lento de la especie; fue intuitiva antes que razonada; despertó en el hombre apenas éste tuvo conciencia de su existencia y de su inferioridad frente a un poder infinitamente superior, al cual, en relación a su grado de inteligencia, no pudo menos que reconocer, cualquiera que haya sido la forma o la naturaleza de su concepción.
    El argumento fundamental del deísmo espiritista, es una lógica axiomática, irrefutable: no hay efecto sin causa: todo efecto inteligente obedece a una causa inteligente. De la magnitud del efecto se deduce la magnitud de la causa. La magnitud intelectual que requieren las obras de la naturaleza es infinitamente superior a la que requieren las obras del hombre. Y, desde luego, como no hay ciencia ni filosofía capaces de demostrar que no existe inteligencia en la Causa que rige los destinos del Universo sin negarla en el hombre --lo que es imposible, por ser ésta de una evidencia a toda prueba-- y como el hombre, por muy sabio que sea, es siempre un efecto de una causa superior, que, por ser tal y colocándola por encima de toda la sucesión de causas y efectos inmediatos, es infinitamente más sabia que él, hay necesariamente que admitir la Causa Suprema, consciente y soberanamente inteligente, o creer en el absurdo de que una causa ciega puede producir efectos inteligentes. Si el hombre, y los animales inclusive, fuesen el resultado de fuerzas ciegas, como pretenden los materialistas, habría que preguntarse por qué estas fuerzas dejan de ser ciegas al organizarse y cómo pueden organizarse inteligentemente.
    El espiritista ve que en la naturaleza todo se mueve y obedece a un plan determinado, inteligente y armónico; que un poder omnipotente gobierna el Universo poblado por millares de cuerpos siderales que gravitan en el espacio infinito con movimientos constantes y ordenados, con precisión matemática, en un concierto armonioso y con un fin providencial; y que una fuerza directriz dirige los átomos y los organiza según el tipo de cada especie y esto establece la diversidad y regularidad de los sexos, la unidad andrógina, para la reproducción y conservación de las especies y por medio de la selección natural tiende al perfeccionamiento orgánico y psicológico de cada tipo en particular y de las especies en general, dentro de la genealogía de las especies similares, y que esta misma fuerza, inteligente y previsora, ha unido sabiamente en el instinto generatriz y efectivo el placer y el dolor para, como dijo Schopenhauer, asegurar "el querer vivir de la especie"; ve que un poder omnisciente se manifiesta en la complicada organización de los seres en sus sistemas y en sus órganos adaptados a los movimientos y necesidades de la vida, en la constitución histológica de sus sistemas nerviosos, y en especial el del hombre, y en la sabia disposición y estructura de nuestros órganos y centros de percepción, en la facultad electiva de las plantas, en el instinto e inteligencia de los animales y, sobre todo, en las facultades espirituales del hombre, en su conciencia, en su razón, en su genio y en su voluntad, que prueban elocuentemente la existencia de un espíritu en la naturaleza, de una inteligencia previsora y organizadora de todo cuanto existe. Y a este espíritu universal, omnisciente y absoluto, a esta inteligencia suprema es a lo que el espiritista llama Dios.
    El concepto que los hombres y los pueblos se formaron del Ser Supremo estuvo en relación con su desarrollo moral e intelectual, con su grado de comprensión del Universo, con sus sentimientos estéticos y afectivos, los que son capaces de sentir y comprender las armonías de la naturaleza, de descubrir y apreciar la inteligencia que rige sus destinos y, en fin, de conciliar las anomalías y las antinomias aparentes de sus leyes, y de los contrarios deducir una síntesis armónica, son también los más capaces de comprender y de apreciar a Dios.
    La dialéctica deísta-espiritista consiste, pues, en una serie de razonamientos lógicos, fundados en el encadenamiento de causas y efectos naturales y de sus leyes, a veces aparentemente contradictorias, que obedecen a un principio inteligente, que parten de él y que lo mismo puede llamarse causa primera, que razón última.
    Veamos ahora en qué se diferencia el deísmo espiritista del que sustentan las teocracias y la mayoría de las religiones, lo mismo que del panteísmo en sus diversas concepciones.
    Las teocracias y las religiones en su mayoría no se diferencian gran cosa del politeísmo: pues si este llegó a divinizar las fuerzas de la naturaleza, los astros y los animales, poblando de dioses el cielo y la tierra, cayendo en las aberraciones más mostruosas hasta rendir culto a los órganos generatrices de la vida, y haciendo de cada cosa un dios, aquellas en cambio, ponen un dios en cada cosa y en cada lugar, diciendo, segín la frase consabida, que "dios está en todas partes", y con la cual no quieren significar el concepto panenteísta del Espiritismo que, como veremos más adelante, considera al Ser Supremo como el Alma del Universo, en cuyo seno, y en virtud de sus atributos, todo existe y se mueve y fuera de la cual no hay existencia alguna, sino como un ser personal y caprichoso que lo mismo se individualiza y habla con Adán, en el paraíso, que en los cielos con los arcángeles, que descienden al Sinaí a dar personalmente instrucciones de moral a Moisés, o manda mensajes a Mahoma, o bien se divide en tres personas distintas, una finita y otra infinita y la tercera todo y nada a la vez, o se localiza en el vientre de María; que, en fin, lo mismo se cierne en forma de anciano en el espacio, entre doradas nubes, que se circunscribe íntegramente en el límite reducido de una célula.
    Si el politeísmo ha hecho de cada cosa un dios y el monoteísmo teocrático y religioso lo ha personalizado, dividido y circunscrito, el panteísmo, en cambio, ha hecho de cada ser y de cada cosa un fragmento de Dios, y de Dios la suma o el producto de todos los seres y cosas del mundo; ha establecido, a priori, con Spinoza, la identidad sustancial entre lo relativo y lo absoluto, entre lo variable y lo inmutable y considerado al mundo como un puro fenomenismo, como la expresión de Dios. Dios es la sustancia pensante y el mundo el modo de su pensamiento. Y he aquí que si se afirma la realidad sustancial y posiitiva del mundo, se niega la existencia de Dios, y si se afirma la existencia de Dios como única sustancia, se niega la realidad positiva del mundo y se cae en escepticismo y en el absurdo de negar nuestra propia existencia. Haeckel ha expresado también con su concepción monista del Universo el pensamiento panteísta de Spinoza, y ha perfeccionado esta doctrina haciéndola accesible a las nuevas concepciones de la ciencia y de la filosofía natural; teoría que hoy es aceptada con el nombre de neopanteísmo y sirve de refugio a eminentes sabios, que hasta hace poco militaban en las filas materialistas y que hoy, merced a la psicología experimental y al Espiritismo, vénse obligados a admitir un principio espiritual en el hombre y en la naturaleza, pero sin establecer ninguna diferencia sustancial entre ambos. Y es muy natural que así sea y que, a fin de no destruir el monismo, traten de conciliar todas las fuerzas de la naturaleza, de identificar a Dios con el mundo y hacer del espíritu humano una parte integrante del espíritu universal. Pero la ciencia está muy lejos de afirmar estra identidad.
    En cuanto a la filosofía espiritista, es panenteísta y no panteísta: cree que todo está en Dios, y no que todo es Dios. Dice Allan Kardec:
    "La inteligencia de Dios se revela en sus obras, como la del pintor en el cuadro; pero, tan lejos están de ser las obras de Dios el mismo Dios, como está de ser el cuadro el pintor que lo concibió y ejecutó".

    Dios está en todas partes porque irradia en todas partes y puede decirse que el Universo está sumergido en la divinidad como nosotros lo estamos en la luz solar".

    Y Flammarion puntualiza:

    "Dios no puede estar fuera del mundo, sino que está en el mismo lugar que el mundo, del cual es el sostén y la vida". Si no temiésemos que se nos acusase de panteístas, añadiríamos que es el alma del mundo".


    Léon Denis expresa este mismo concepto:

    "La idea de Dios no expresa hoy para nosotros la de un ser cualquiera sino la idea del Ser que contiene a todos los seres..."

    El Doctor Gustavo Geley expresa en su interesante obra Interpretación sintética del Espiritismo la idea de un "panteísmo grandioso" que, según él, se desprende de la filosofía espiritista; pero debemos confesar que esta idea, por el hecho mismo de su grandiosidad, no corresponde al término panteísmo, que es demasiado estrecho para contenerla, máxime cuando el mismo Geley, en la citada obra, se pregunta con la sabia prudencia del filósofo que no aventura juicios prematuros, si

           "¿somos una parte integrante, una parte exteriorizada o una creación pura de la divinidad...?"

y deja la solución al porvenir del espíritu. El término que, a nuestro juicio, corresponde al deísmo espiritista es el de "panenteísmo" que hemos adoptado en este trabajo y que hemos tomado de Krause, célebre filósofo alemán, que hizo honor a su siglo y a la filosofía espiritualista.

Este esclarecedor texto ha sido extraído para nuestro provecho como estudiantes de la filosofía espiritista de la obra "ESPIRITISMO DOCTRINA DE VANGUARDIA" de Manuel S. Porteiro.











domingo, 6 de junio de 2010

MÁS ALLÁ DE LA LUZ POR: PHM ATWATER

MÁS ALLÁ DE LA LUZ
por PMH Atwater

http://www.nderf.org/Spanish/beyond_light_pmh.htm

El siguiente material es un extracto de dos de los libros de P.M.H. Atwater
– “Más Allá de la Luz: Los Misterios y Revelaciones de las Experiencias
Cercanas a la Muerte” (Libros Avon, New York City, 1994) y “Vivimos para
Siempre: La Verdad Real Acerca de la Muerte A.R.E. Press, Virginia Beach,
VA, 2004). Está basado en comentarios realizados –en primera persona- por
más de 3.000 adultos que han experimentado estados cercanos a la muerte.
Para conocer más acerca de la investigación de P.M.H. Atwater, L.H.D. sobre
cercanía a la muerte, acceda a www.cinemind.com/atwater

QUÉ SE SIENTE MORIR

Cualquier dolor que deba sufrirse viene primero. Instintivamente se lucha
por vivir.

Eso es automático.

Es inconcebible para la mente conciente que pueda existir cualquier otra
realidad fuera de la materia terrestre circunscrita por el tiempo y el
espacio. Estamos acostumbrados a ello. Estamos entrenados, desde nuestro
nacimiento, para vivir y desarrollarnos en ella. Conocemos que somos
nosotros mismos por el estímulo externo que recibimos. La vida nos dice
quienes somos y lo aceptamos así. Eso, también, es automático y debe ser
esperado así.

El cuerpo se torna fláccido. El corazón se detiene. No fluye aire ni hacia
adentro ni hacia fuera.

Se pierde la vista, el sentimiento y el movimiento – aunque la habilidad de
escuchar es la última que se pierde. La identidad cesa. El “tú” que alguna
vez fuiste se convierte solo en una memoria.

No hay dolor en el momento de la muerte.

Sólo silencio apacible…calma…silencio.

Pero tú todavía existes.

Es fácil no respirar. De hecho, es más fácil, más cómodo e infinitamente más
natural no respirar que respirar. La mayor sorpresa para la mayoría de las
personas que están muriendo es darse cuenta que morir no finaliza la vida.
Venga oscuridad o venga luz; o algún tipo de evento, sea positivo o negativo
o algo en el medio, esperado o no, la mayor sorpresa de todas es darse
cuenta que tú eres todavía tú. Todavía puedes pensar, todavía puedes ver,
oír, moverte, razonar, preguntarte, sentir, preguntar y decir chistes – si
lo deseas.

Todavía estas vivo, muy vivo. Realmente, estás más vivo después de la muerte
que en cualquier momento desde que naciste. Sólo que la manera de todo esto
es diferente; diferente porque ya no vistes un cuerpo denso para filtrar y
amplificar las diferentes sensaciones que una vez viste como los únicos
indicadores válidos de lo que constituye la vida. Siempre te habían enseñado
que se debe vestir un cuerpo para vivir.

Si esperas morir cuando mueras, te decepcionarás. La única cosa que el
morir hace es ayudarte a soltar, a quitar el susurro y a descartar la
“chaqueta” que una vez vestiste (más comúnmente referida como el cuerpo).

Cuando mueres pierdes tu cuerpo. Eso es todo lo que pasa. Nada más se
pierde. Tú no eres tu cuerpo. Es sólo algo que usas por un momento, porque
vivir en el plano terrestre es infinitamente más significativo y más
involucrado si estás encerrado en sus trampas y sujeto a sus reglas.

LO QUE ES LA MUERTE

Hay un aumento de energía al momento de morir, un aumento en la velocidad,
como si repentinamente estuvieras vibrando más rápido que antes. Utilizando
un radio como analogía, este aumento de velocidad es comparable a haber
vivido toda tu vida en una cierta frecuencia de radio cuando repentinamente
alguien o algo viene y cambia el dial. Ese movimiento te cambia a otra
longitud de onda superior. La frecuencia original donde una vez exististe
esta todavía allí. No cambió. Todo es aún lo mismo que era antes. Sólo tú
cambiaste, solo tú aceleraste para permitir la entrada hacia la próxima
frecuencia de radio en el dial.

Como sucede con todos los radios y las estaciones de radio, pueden
presentarse distorsiones de las señales de transmisión debido a patrones de
interferencia. Estos pueden permitir o forzar a las frecuencias a coexistir
o a mezclarse por períodos de tiempo. Normalmente, la mayoría de los cambios
en el dial son rápidos y eficientes pero, ocasionalmente, uno puede
encontrar interferencia quizá de una emoción fuerte, de un sentido del deber
o de una necesidad de cumplir con un voto o mantener una promesa. Esta
interferencia puede permitir la coexistencia de frecuencias por unos pocos
segundos, días o aún años (quizá eso explica los fantasmas o aparecidos);
pero más tarde o más temprano, eventualmente, cada frecuencia dada de
vibración, perseguirá o será empujada hacia donde pertenece.

Tú encajas en tu punto particular del dial debido a tu velocidad de
vibración. No puedes coexistir para siempre en donde no perteneces. ¿Quién
puede decir cuántos puntos hay en el dial o cuántas frecuencias hay para
habitar? Nadie lo sabe. Al morir cambias frecuencias. Cambias sobre otra
longitud de onda en la vida. Todavía eres un punto en el dial pero te
mueves un grado hacia arriba o hacia abajo.

Tú no mueres cuando mueres. Tú cambias tu conciencia y tu velocidad de
vibración.

Eso es todo lo que la muerte es…un cambio.

Aunque tiene derechos registrados, la Dra. Atwater concede permiso para que
este material sea copiado – siempre y cuando se den los créditos apropiados,
se informe los libros de donde procede y su sitio web sea mencionado.
Gracias por su cortesía. PMH