UNA ACLARACIÓN MUY OPORTUNA

Ponemos en el conocimiento de nuestros amables lectores que todo el material que ofrecemos como posts en este blog ha sido extraído de la obra LOS FUNDAMENTOS DEL ESPIRITISMO, previa autorización de su autor nuestro distinguido amigo Prof. Jon Aizpurua.

No nos atreveríamos a divulgar este precioso e invaluable material doctrinario y de divulgación de la cultura espírita si no tuviésemos de antemano la autorización expresa de su autor, de lo contario incurriríamos en el plagio, actitud que nos despierta repugancia tan sólo con mencionar el término.

Hemos escogido esta obra, LOS FUNDAMENTOS DEL
ESPIRITISMO, porque estamos seguros que ella constituye la exposición más actualizada de los postulados doctrinarios expresados por el Codificador Allan Kardec, enmarcados en nuevo contexto paradigamático; el vigente en estos tiempos que corren.

En LOS FUNDAMENTOS DEL ESPIRITISMO el autor reinvidica el verdadero carácter de la Doctrina Espírita, como un sistema de pensamiento laico, racionalista, e iconoclasta, alejado de todo misticismo religioso, tal como fue codificada la Doctrina por el Maestro Allan Kardec en el siglo diecinueve.

Esta obra es eminentemente didáctica, porque está escrita en un estilo ágil y ameno, sin que por ello pierda consistencia en su brillante exposición de ideas, llegando a toda clase de público lector, desde el estudioso del Espiritismo hasta aquellas personas que se encuentran en la búsqueda de una filosofía racional que les ayude a pensar al mundo y a sí mismos.

René Dayre Abella
Nos adherimos a los postulados doctrinarios sustentados por la Confederación Espiritista Panamericana, que muestran a la Doctrina Espírita como un sistema de pensamiento filosófico laico, racionalista e iconoclasta. Alejado de todo misticismo religioso. Apoyamos la Carta de Puerto Rico, emanada del XIX Congreso de la CEPA en el pasado año 2008.

miércoles, 25 de noviembre de 2009

EL PARADIGMA ESPÍRITA

" El Espiritismo, haciéndonos conocer el mundo invisible que nos rodea y en medio del cual vivimos, las leyes que lo gobiernan, sus relaciones con el mundo visible, la naturaleza y el estado de los seres que lo habitan y, en consecuencia, el destino del hombre después de la muerte, es una auténtica revelación en el sentido científico de la palabra"
ALLAN KARDEC 

El mayor obstáculo para aceptar la realidad del espíritu no proviene de la carencia de pruebas, sino más bien de la creencia de que es imposible su existencia. Numerosos y eminentes investigadores psíquicos han llamado la atención sobre este fenómeno de orden psicológico y, con gran desconcierto por su parte, se han percatado de que ellos mismos lo reproducen.

El caso del profesor CHARLES RICHET, que como ya sabemos, fue un reputado fisiólogo galardonado con el premio Nobel, y que se distinguió como un agudo, escéptico y persistente investigador de los hechos supranormales y mediúmnicos, ilustra el clásico ejemplo de un comportamiento prejuiciado y altamente condicionado por las opiniones de sus colegas. Después de haber realizado una serie de meticulosas sesiones con la médium EUSAPIA PALADINO, escribió lo siguiente:
"Pero en este punto se hizo notar un curioso fenómeno psicológico. Noten que nos las habemos ahora con hechos observados pero que a pesar de todo, son absurdos, que están en contradicción con hechos de observación cotidiana y que son negados, no sólo por la ciencia, sino también por toda la humanidad; hechos que son rápidos y fugaces, que tienen lugar en la semioscuridad, y casi por sorpresa, sin más pruebas que el testimonio de nuestros sentidos, y que sabemos que éstos son a menudo falibles. Después de haber presenciado tales hechos, todo coadyuva a que dudemos de ellos. Ahora bien cuando estos hechos tienen lugar nos parecen ciertos y estamos dispuestos a proclamarlos, pero cuando recapacitamos, cuando todos nuestros amigos se ríen de nuestra credulidad, nos sentimos casi desarmados y empezamos a dudar. ¿No pudo haber sido todo una ilusión? ¿ No habré sido embaucado? Y entonces, cuando el momento del experimento se hace más remoto, ese experimento que antes parecía tan concluyente se hace cada vez más incierto, y acabamos por dejarnos persuadir de haber sido víctimas de un truco." (1)

(1) Traité de Métapsychique. Ob. cit. p. 651

La creencia en la imposibilidad de los fenómenos psíquicos de orden supranormal se forjó sobretodo como consecuencia de los éxitos obtenidos en el siglo XIX en las ciencias fisicoquímicas, tomando como base las leyes del movimiento establecidas por ISAAC NEWTON (1642-1727). Uno de los más destacados logros científicos del siglo fue la predicción de la existencia del planeta Neptuno, en base a sus efectos gravitatorios, antes de que fuera descubierto con los telescopios. La ciencia llegó a comprender una amplia variedad de fenómenos naturales al integrar en una teoría, aparentemente universal, del mundo físico un gran número de campos hasta entonces separados, tales como el calor, la luz, la electricidad y el magnetismo. Las atractivas ecuaciones expuestas por JAMES CLERK MAXWELL (1831-1879) proporcionaron la explicación acerca de la propagación del campo electromagnético que conduciría posteriormente a la invención de la radio.
En sus aplicaciones tecnológicas, el creciente uso que hacía el hombre de sus conocimientos en la construcción de puentes, buques, fábricas y ferrocarriles, demostró también la firme base de su dominio sobre la naturaleza. Ya para finales del siglo XIX, algunos científicos llegaron a decir que su único temor era que parecía haber pocas, por no decir ninguna, lagunas de ignorancia todavía por explorar...

En este clima de opinión, las personas más informadas creían que espacio, tiempo, masa, átomo, energía y otras nociones eran ya diáfanas y estaban ya bajo el pleno control de la ciencia. En último extremo, todo cuerpo estaba formado por unos átomos duros, similares a las bolas de billar.
Correspondía describir sus coordenadas espaciales y, al introducir el tiempo newtoniano, su velocidad podía expresarse con toda exactitud. La materia era indestructible; su forma podía cambiar de sólido a líquido o a gas, pero nunca podía desaparecer, también la energía era indestructible, aunque también ella podía cambiar la forma.

Parecía también como si las funciones vitales de las plantas y de los animales pudieran reducirse en último término a procesos físicos y químicos. Y también el hombre empezaba a ser comprendido dentro de esos parámetros reduccionistas. Los fisiólogos y los neurólogos afirmaban la relación directa entre la mente y el cerebro. Las deficiencias en la personalidad o en las funciones mentales causadas por lesiones cerebrales de diversas clases llevaron a creer incluso que el concepto de "mente" era superfluo. Cada vez más los investigadores se adherían al "epifenomenalismo", es decir, a la tesis que afirma que los procesos mentales eran apenas un efecto secundario de la actividad del cerebro, de modo que bastaba con entender la fisiología cerebral para comprender las funciones psíquicas o mentales.
Y por lo que se refiere al espíritu, se rechazaba ese concepto tildándolo de anacrónico o anticientífico. Formalmente, se continuaba acatando la tradición religiosa en cuanto a la existencia del alma, pero la muerte era considerada como la extinción definitiva de la vida.

No es de extrañarse, entonces, que un ambiente de euforia materialista, los supuestos fenómenos estudiados por los espiritistas e investigadores psíquicos no encontraran lugar ni atención. Telepatía, clarividencia, precognición, psicocinesia, y otras expresiones de la paranormalidad resultaban inexplicables de acuerdo con el modelo del mundo vigente durante el siglo XIX. ¿Y qué decir de espíritus, comunicaciones a través de los médiums o reencarnación? Todas esa cosas eran imposibles según el saber oficial, y en su gran mayoría los científicos las ignoraban o las desdeñaban con generalizaciones en las que alegaban informes erróneos o fraudes, o bien las atribuían a la credulidad humana.

Esa atmósfera escéptica y condenatoria va a mantenerse durante varias décadas y comienza a experimentar cambios significativos siguiendo un proceso acumulativo y sin solución de continuidad a lo largo del siglo veinte, que fue conduciendo a la ciencia a liberarse de la tutela mecanicista. Como bien ha comentado FRITJOF CAPRA, investigador de la Universidad de Berkeley, California, en El Punto de Mutación:
"Una de las principales lecciones que los físicos tuvieron que aprender en este siglo fue el hecho de que todos los conceptos y teorías que usamos para describir la naturaleza son limitados".

El nuevo clima de opinión se debe, en buena parte, a la convicción de que la imagen del Universo que reinaba en el siglo XIX ya no es válida. Y es, precisamente, desde el mundo de la física de donde provienen las transformaciones más radicales. En 1900, el físico alemán MAX PLANCK (1858-1947) formuló la hipótesis sobre la discontinuaidad de la energía, creando la teoría cuántica y fundando así la física moderna. Un quantum es la unidad fundamental e indivisible de la energía. Poco tiempo después, ALBERT EINSTEIN (1879-1955) enunció la teoría de la relatividad que modifica las leyes de la mecánica newtoniana e introduce la equivalencia entre masa y energía. Las entidades del Universo subatómico eluden los conceptos cotidianos y están relacionados entre sí por una red de probabilidades matemáticas, cuyas reglas se adecúan a las leyes de la relatividad y de la cuántica. Los físicos del siglo XX han demolido la antigua estructura y en su lugar han pensado un modelo que ya no es tridimensional y que está dotado de propiedades tan increíbles, que a su lado el campo de lo paranormal se reconoce como algo habitual.

El pricipio de complementariedad se impuso a los físcos teóricos como una consecuencia directa de la naturaleza dual de las partículas subatómicas: a veces se comportan como partículas, a veces como ondas, y de este principio se derivan importantes secuelas en el campo de lo paranormal. El pricipio de Incertidumbre presentado en 1927 por el físico WERNER HEISENBERG (1901-1976), señala que en el nivel de las partículas elementales no es posible medir simultánea y exactamente la posición y la velocidad de una partícula, o sea, cuando las magnitudes con que se trabaja son del orden de los quanta, se pierde el determinismo clásico. El principio de la no localización informa que se producen nexos entre partículas o acontecimientos separados por grandes distancias, de un modo instantáneo sin que esté actuando un sistema intermediario. Está claro que los más diversos fenómenos psíquicos encuentran ubicación en la física relativista y cuántica.

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